El mundo sin bombillas
~3 min · 545 palabras
El olor a gas de hulla y a estiércol de caballo fue lo primero que le perforó la nariz.
Amalia abrió los ojos sobre un montón de sacos de arpillera húmedos en un zaguán estrecho. No había zumbido de transformadores eléctricos. No había semáforos titilando en la esquina. La ciudad entera respiraba con un rumor sordo de poleas de bronce, engranajes de relojería y el goteo constante de las tuberías de condensación que recorrían las fachadas victorianas de ladrillo rojo.
Se miró las manos: llevaba mitones de lana cruda y un vestido de paño pesado con botonadura de hueso que le apretaba las costillas como un corsé ortopédico.
—Universo dos —anotó mentalmente con resignación—. O el tres. Ya perdí la cuenta de cuántos inventores fracasaron antes de inventar el filamento de tungsteno.
Salió a la calle mientras la niebla de la tarde descendía sobre el muelle fluvial. A lo largo de la acera empedrada avanzaba una figura delgada con una pértiga de latón al hombro.
Llevaba una chaqueta de pana marrón con coderas de cuero gastado y una gorra de paño calada hasta las cejas. Cada diez pasos, el muchacho levantaba la pértiga, enganchaba la llave de paso del farol de hierro forjado y accionaba el pedernal con un chasquido metálico. Una llamarada azulada se convertía al instante en una mariposa amarilla encerrada tras los vidrios biselados.
Óliver.
Tenía la misma nariz recta con el puente ligeramente torcido por una caída de bicicleta en sexto de primaria, la misma peca en el lóbulo de la oreja izquierda y esa forma de ladear la cabeza cuando calculaba mentalmente si le alcanzaba la plata para el tabaco.
Amalia se plantó bajo el farol número catorce con los brazos cruzados para que no se le notara el temblor de los dedos.
—Buenas tardes, oficial de alumbrado —dijo ella en voz alta.
Óliver bajó la pértiga con agilidad de equilibrista. Se volvió hacia ella, pestañeó dos veces tras el vapor tibio que exhalaba su boca y le dedicó una sonrisa de medio lado, amable y distante.
—Buenas tardes, señorita. No le conviene quedarse parada en esta esquina; las calderas de la fábrica de hilados purgan vapor a las seis y el hollín arruina las enaguas limpias.
—No me preocupa el hollín, Óliver. Me preocupa que siempre tengas las manos frías.
El muchacho se detuvo en seco. La miró de arriba abajo con una mezcla de sorpresa y recelo provinciano.
—¿Nos conocemos de las asambleas del gremio de caldereros? No recuerdo haberla visto en la taberna del puente.
—Nos conocemos de un andén de metro donde la lluvia subía hacia las nubes —respondió Amalia, tragando el nudo amargo que le taponaba la garganta—. Pero allá tampoco te acordabas de haber dejado las llaves en el buzón.
Óliver metió una mano enguantada en el bolsillo de la pana y sacó una castaña asada envuelta en papel de periódico. La partió en dos con los pulgares y le tendió la mitad humeante.
—No sé qué es un metro, señorita. Pero si tiene hambre, la castaña está dulce.
Amalia tomó la castaña. El calor de la cáscara le quemó la punta de los dedos mientras la niebla de gas envolvía la calle, recordándole la regla implacable del viaje: cada salto borra el pizarrón.
Fin del Episodio 2 · de 6
El mundo sin bombillas
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