Gravedad invertida y café amargo
~6 min · 1249 palabras
Despertar con la nuca encajada contra la chapa oxidada de una marquesina ya era un mal presagio para un martes, pero descubrir que los charcos del asfalto subían en vez de bajar resultaba una impertinencia innecesaria.
Amalia parpadeó tres veces para despejar la neblina del sueño. No sirvió de nada. Frente a sus botas gastadas, una pompa de agua sucia se despegó de una grieta del bordillo, flotó un segundo suspendida en el aire como una canica de vidrio y salió disparada hacia arriba, directa a las nubes color panza de burro que aplastaban el cielo de la barriada de Canteras. A los pocos segundos sonó un chasquido metálico seco contra el tejadillo de zinc sobre su cabeza. Y luego otro. Y otro más.
El agua no caía: golpeaba la chapa desde abajo, en un tamborileo terco que le vibraba en los empastes.
—Fantástico —murmuró al aire vacío—. La física se ha cogido el día de asuntos propios.
Se pasó la palma de la mano por los ojos con fuerza, intentando averiguar cómo demonios había terminado en ese descampado junto a las vías periféricas. Llevaba puesta la cazadora vaquera dos tallas más grande que le había birlado a su hermano el invierno anterior —y que, por supuesto, jamás pensaba devolverle—, con los puños deshilachados oliendo a tabaco ajeno y a la humedad fría de primera hora.
Metió la mano derecha en el bolsillo buscando el abono de transportes y sus dedos tropezaron con la pantalla fría del teléfono. La pantalla tenía una grieta nueva que no recordaba haberle hecho. En la bandeja de salida descansaba el borrador de un mensaje que no recordaba haber escrito a las cuatro de la madrugada:
«Óliver: si vas a marcharte otra vez sin avisar, al menos deja las llaves del portal en el buzón. Y devuélveme el libro de poemas, imbécil, que tenía notas mías en los márgenes.»
Borró el texto con un toque de pulgar antes de tener tiempo de avergonzarse.
Una chica con un mínimo de dignidad no le reclama libros a un fantasma a las siete de la mañana, ni mira hacia arriba para comprobar si la gravedad sigue averiada. Amalia hizo las dos cosas. Lo del pánico lo dejó para después del café.
Se sacudió la humedad de las rodillas, se ajustó la bufanda de lana basta al cuello y echó a andar hacia la boca de la estación de Canteras, esquivando las gotas rebeldes que ascendían del suelo como diminutos perdigones invertidos.
El vestíbulo subterráneo olía a lo que huelen siempre los túneles olvidados de la red sur: a ozono recalentado por zapatas de freno viejas, a cemento húmedo que no ha visto la luz natural desde los años setenta y al tufo inconfundible del café de máquina recalentado en vaso de papel encerado.
Uno de los tubos fluorescentes del techo parpadeaba con un zumbido agónico, proyectando una luz amarillenta y sincopada sobre los tornos de acceso. Al fondo, apoyado contra la cabina de control con la indolencia de quien cobra por mirar el techo, estaba Guillén Alvear.
Guillén llevaba el uniforme gris marengo del Consorcio con una pulcritud que daba grima. El cuello de la camisa tan tieso que parecía de cartón piedra, la raya del pantalón afilada como un cuchillo de cocina y en la mano un termo plateado lleno de pegatinas desteñidas de marcas de electrodomésticos.
—Llega tarde, Varela —dijo Guillén sin levantar la mirada del registro de papel sobre el mostrador.
—La calle está lloviendo hacia el cielo, Guillén. Perdona si me he entretenido esquivando charcos voladores.
—Eso no exime del fichaje. En las actas de vía consta como retraso ordinario por causas atmosféricas. Quince minutos menos en el cómputo mensual.
—Eres un encanto. De verdad. Algún día escribirán canciones sobre tu generosidad burocrática.
Guillén dio un sorbo minucioso a su termo. El líquido era espeso, negro como pez y desprendía un hedor agrio que a Amalia le revolvió el estómago.
—La máquina del andén dos vuelve a tragarse las monedas de cincuenta céntimos —comentó él con una calma exasperante—. Da igual las veces que venga el técnico de mantenimiento. Le da una patada al cajetín, suelta un taco y se va a almorzar.
—Fascinante informe técnico. ¿Puedo pasar ya o necesitas que te firme una instancia por triplicado?
—Pase, pase. Pero tenga cuidado en el andén sur. El cambio de agujas hace cosas raras con el aire desde las seis.
Amalia empujó el torno de hierro con la cadera, sintiendo el golpe sordo del metal gastado contra el muslo.
—Guillén.
—¿Qué?
—Cámbiate a las infusiones. Ese brebaje te va a perforar el duodeno.
—Es achicoria con torrefacto —replicó él, pasando una hoja con desdén—. Mantiene despierto a un muerto.
El andén de Canteras estaba desierto.
La penumbra solo se rompía por el rectángulo azul añil del cartel de la salida de socorro y por las intermitencias del fluorescente sobre el banco de pana marrón, raído en los bordes por miles de traseros impacientes. A lo lejos, en las entrañas del túnel, un convoy invisible chillaba sobre los raíles curvados con un estrépito metálico que rebotaba en el hormigón agrietado.
Amalia se apoyó en el pasamanos de acero, notando el frío industrial calándole a través de los guantes sin dedos.
Se quedó mirando la vía central. Había algo profundamente desolador en las estaciones subterráneas a esa hora: ese silencio espeso que precede a la marea humana, cuando la ciudad todavía no ha terminado de despertarse pero ya está cansada.
Pensó en su casa. En la cafetera italiana con el asa suelta que chisporroteaba en el fogón pequeño. En cómo Óliver solía dejar siempre media taza enfriándose sobre la encimera antes de desaparecer durante semanas sin dar explicaciones, como si su presencia en el mundo fuera solo una visita de cortesía y—
Una ráfaga de aire tibio y cargado de polvo empujó su flequillo hacia atrás.
El tren no entraba todavía, pero del túnel de enfrente, por la pasarela de servicio que cruzaba sobre los rieles, apareció una silueta solitaria.
Caminaba con las manos metidas en los bolsillos de un abrigo de paño oscuro, arrastrando las suelas de goma con esa pereza calculada que Amalia habría reconocido a oscuras en mitad de un bombardeo. Llevaba una bufanda gris de lana deshilachada enroscada dos veces al cuello.
Óliver.
El corazón le dio un vuelco estúpido en el pecho, uno de esos sobresaltos que te dejan sin aire y te hacen sentir ridícula de inmediato. Bajó la vista hacia sus propias botas, comprobó que los cordones estaban desatados y fingió una repentina y absorbente fascinación por la mugre del suelo.
No iba a mirarlo a los ojos. No iba a preguntarle dónde había estado los últimos tres meses. Y desde luego no iba a decirle que seguía esperando.
Los pasos de él resonaron sobre el cemento pulido del andén. Se detuvo a menos de un metro.
Amalia levantó la cabeza despacio, con la guardia en alto, preparándose para la disculpa a medias, para la sonrisa de medio lado, para la excusa absurda sobre trenes que no salían o relojes que se detenían.
Óliver la miró fijamente. No había tensión en su mandíbula. No había culpa en sus ojos claros. Solo una cortesía neutra, pulcra y absolutamente vacía.
El olvido ajeno es una bofetada educada: no deja marca visible, pero te sienta de golpe en el suelo.
—Perdona —dijo él, sacando una mano del bolsillo para señalarse los labios secos—. ¿Tienes fuego?
Fin del Episodio 1 · de 6
Gravedad invertida y café amargo
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