Visitas a las tres
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El idilio doméstico duró hasta la noche en que dos ladrones de poca monta cometieron el error fatal de trepar por los balcones de la calle Defensa creyendo que el segundo piso estaba deshabitado. Eran las tres y media de la madrugada de un martes lluvioso y frío. Yo estaba durmiendo profundamente después de terminar una ilustración cuando el crujido metálico de la baranda de hierro forjado me despertó con el corazón en la boca.
Me asomé al pasillo en calzoncillos y vi a dos tipos con camperas deportivas y gorras con visera forzando la cerradura de la puerta ventana que daba al balcón principal. Uno de ellos sostenía una palanqueta oxidada; el otro, una navaja automática de resorte que brillaba con reflejos celestes.
—Quedate quieto y no grites, pibe —susurró el de la navaja, entrando con pasos sigilosos sobre el piso de pinotea—. Danos las computadoras portátiles, la plata en efectivo y no te va a pasar nada malo.
La lluvia de verano golpeaba con fuerza contra los vidrios repartidos del balcón, llenando la sala con el olor a tierra mojada y a hollín de chimenea vieja. La silueta de los dos muchachos se recortaba contra la luz de los faroles de sodio de la calle Defensa, empapados hasta los huesos y respirando con la agitación de quien sabe que está cometiendo una estupidez irreparable en territorio ajeno.
Antes de que yo pudiera levantar las manos en señal de rendición, el aire del salón se volvió helado como el fondo de una cripta abandonada bajo tierra. Las bombillas eléctricas del departamento parpadearon dos veces y se apagaron por completo con un chasquido seco, dejando el ambiente sumido en la penumbra espesa que entraba desde los faroles amarillos de la calle.
De la sombra del rincón, donde colgaba un tapiz flamenco del siglo diecisiete, emergió Valente. No caminaba: parecía deslizarse a dos centímetros del piso de madera, sin hacer crujir una sola tabla. Llevaba su camisa de lino blanco desabotonada en el cuello, los ojos inyectados en una luminiscencia carmesí que brillaba en la oscuridad como brasas encendidas y los colmillos completamente extendidos, tan blancos y afilados como colmillos de lobo ártico.
—Caballeros —dijo Valente, y su voz no sonó humana: resonó simultáneamente desde las cuatro esquinas de la habitación, profunda y pesada como el tañido de una campana de hierro—. Han ingresado a este domicilio sin la debida presentación epistolar y pisoteando una alfombra traída de Esmirna en 1888.
El ladrón de la palanqueta soltó la herramienta, que cayó al suelo con un golpe seco. Miró hacia abajo buscando la sombra de Valente bajo el haz de luz de la ventana, no vio nada más que el suelo vacío, y sus rodillas empezaron a temblar con un castañeteo rítmico incontrolable.
—¿Qué carajo sos, loco? —balbuceó el de la navaja, retrocediendo hacia la baranda con los ojos desorbitados por el espanto.
—Soy el copropietario de esta unidad funcional —respondió Valente, apareciendo instantáneamente a tres centímetros de la cara del muchacho sin que nadie lo viera moverse—. Y tengo un apetito formidable que el jugo de remolacha embotellado no logra saciar desde el gobierno de Nicolás Avellaneda.
Valente no los tocó. Simplemente abrió la boca, dejó escapar un siseo que heló las gotas de lluvia suspendidas en el aire del balcón y mostró las garras de sus manos pálidas.
Los dos intrusos no bajaron por la escalera: saltaron directamente desde el balcón hacia el capó de un taxi que pasaba por la calle Defensa, soltando alaridos de pánico que despertaron a toda la cuadra hasta Parque Lezama.
Valente se sacudió una mota de polvo imaginaria de la manga, recogió la palanqueta oxidada del suelo y me la entregó con una sonrisa cordial.
—Buena herramienta de forja, Julián. Guárdela en la cocina; puede servir para abrir los frascos de mermelada difíciles. Los cerrojos modernos son frágiles, pero la dignidad territorial de una casona no se negocia con asaltantes de poca monta.
Valente se inclinó con cortesía ceremoniosa, recogió la navaja automática que el ladrón había dejado caer sobre las tablas y presionó el botón de resorte para retraer la hoja de acero. La examinó a la luz del relámpago con el desdén refinado de un coleccionista de antigüedades frente a una baratija de feria.
Me quedé de pie en el pasillo sosteniendo la palanqueta oxidada con ambas manos, mientras la respiración se me iba normalizando al compás del tic-tac pausado del reloj del salón. Cualquier otro inquilino de la ciudad hubiera llamado a la policía presa del pánico; yo tenía la tranquilidad inquebrantable de saber que ningún ladrón de barrio volvería a acercarse a nuestras ventanas en lo que le quedaba de vida.
Escuchamos el frenazo del taxi en la esquina de San Lorenzo y los insultos del conductor cuando los dos ladrones cayeron sobre el guardabarros delantero antes de salir corriendo hacia el parque como alma que lleva el diablo. En el salón reinaba de nuevo ese silencio espeso y majestuoso que solo los techos de cuatro metros de altura y las paredes de sesenta centímetros de ladrillo macizo son capaces de resguardar.
Lo que no sabíamos era que los dos ladrones no iban a quedarse callados. Y que a la mañana siguiente, en todos los cafés de San Telmo, alguien iba a preguntar quién vivía en el segundo piso de la calle Defensa.
Fin del Episodio 4 · de 5
Visitas a las tres
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