Contrato a noventa años
~4 min · 822 palabras
A la mañana siguiente del incidente con los ladrones en el balcón, el barrio de San Telmo amaneció con un murmullo eléctrico que recorría los adoquines húmedos. En el café La Poesía no se hablaba de otra cosa entre los parroquianos que de los dos delincuentes que habían corrido descalzos por la calle Balcarce gritando a los cuatro vientos que en el número 400 vivía el mismísimo conde Drácula con acento porteño. Doña Nélida me interceptó en la puerta cancel del edificio mientras yo salía a comprar medialunas de manteca a la panadería de la esquina.
—Julián —me susurró la anciana, mirándome con ojos inquisidores por encima del marco grueso de sus lentes de carey—. La policía de la comisaría vecinal estuvo preguntando por ruidos extraños anoche. Dicen que dos muchachos juraron haber visto un espectro sin sombra en su balcón.
El aire fresco de la mañana traía el aroma a café recién molido y a pan caliente de las panaderías de San Telmo, mientras los adoquines centenarios brillaban bajo los primeros rayos del sol como si hubieran sido lavados con agua de azahar. Los mozos de La Poesía acomodaban las mesas de madera en la vereda con ese andar cansino y noble de los cafés que han visto pasar un siglo de revoluciones, tangos y desamores.
—Doña Nélida, usted sabe cómo son los adictos de la plaza —le respondí con una cara de póquer que me hubiera ganado un premio en Las Vegas—. Mezclan pegamento con vino barato y ven extraterrestres en el monumento a Pedro de Mendoza. Mi compañero es un caballero enfermo que duerme de día. Si quiere suba a verlo, pero prepárese para que le hable durante tres horas sobre la lírica de Góngora.
La anciana arrugó la nariz con desagrado, murmuró una disculpa evasiva y se refugió en la penumbra de la portería.
Subí las escaleras de pinotea hacia el departamento con la bolsa de papel madera tibia en la mano. Valente estaba sentado en la sala principal, con las cortinas de terciopelo apenas abiertas dos centímetros por donde entraba un rayo fino de luz solar que él esquivaba con maestría milimétrica. Estaba puliendo el áncora de un reloj de mesa suizo con una lupa de joyero sujeta al ojo derecho.
—Le traje medialunas de manteca, Valente. Sé que no come harinas, pero el olor a manteca quemada suele mejorar el humor de los vivos.
—Agradezco el gesto, estimado Julián —dijo, levantando la vista de los engranajes dorados con un brillo reflexivo—. Estaba pensando en lo ocurrido anoche. Mi arrebato teatral con esos jóvenes descarriados fue quizás excesivo. Si la notoriedad pública se vuelve insostenible, comprendo que usted prefiera buscar un alojamiento menos... crepuscular.
Me senté en el sillón frente a él, mordí una medialuna crujiente y miré la biblioteca de roble, el piso encerado y la tranquilidad absoluta de un hogar donde nadie ponía reggaetón a las dos de la mañana ni me cobraba el alquiler con aumentos por inflación trimestral.
—Valente, viví tres años en un monoambiente en Almagro donde el vecino de arriba tocaba la batería a las tres de la tarde y las cucarachas tenían nombres propios —le dije con total sinceridad—. Sos educado, limpiás la bacha, me defendés de los chorros y no usás ajo en la comida. Para mí sos el mejor compañero de piso de la historia de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires.
Valente me miró fijamente. Por primera vez en dos meses de convivencia, vi asomar en sus ojos centenarios una chispa de emoción genuina, despojada de su habitual ironía cortesana.
—En ese caso, estimado Julián —dijo, sirviendo una taza de café negro para mí y un dedal de su botella de acero para él—, permítame enseñarle cómo se redacta un contrato de renovación de locación por noventa y nueve años. El escribano es bisnieto de un conocido mío de Caseros y no hace preguntas indiscretas sobre la fecha de defunción de los firmantes. Convivir con los vivos exige paciencia, pero cuando se encuentra a un caballero razonable, el tiempo es lo único que sobra.
Valente asintió con una inclinación suave de cabeza y volvió a sumergirse en los engranajes dorados de su reloj suizo, mientras la luz del día acariciaba el borde de su taza vacía.
Tomé un sorbo de café negro. El sol de la mañana entraba en diagonal por el ventanal y dibujaba en las baldosas una sola sombra, la mía, al lado de dos tazas. Hace un mes eso me habría mandado escaleras abajo con la valija a medio cerrar. Ahora solo pensé que el viernes tocaba pagar las expensas y que, de los dos, el que sabía regatear con el portero era él. Desde la cocina, sin levantar la vista del reloj, Valente me preguntó si había visto a cuánto estaba el dólar. Le dije que sí. Me contestó que en 1890 había sido peor, y que tampoco entonces nadie le había creído.
Fin del Episodio 5 · de 5
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