Mi compañero no proyecta sombra·Episodio 03

El protocolo de Pavón

~5 min · 907 palabras

Falsificar la genealogía de una dinastía de vampiros patricios en San Telmo resultó ser un trabajo artesanal fascinante que superó con creces cualquier encargo publicitario de mi carrera freelance. Durante dos semanas intensas, mientras la ciudad dormía bajo el calor pesado y pegajoso de febrero, transformamos el comedor señorial en un taller de falsificación notarial de principios del siglo veinte. Descubrí que Valente no solo recordaba cada detalle de la peste de 1871, sino que guardaba un rencor personal ardiente contra Domingo Faustino Sarmiento por haber clausurado un salón literario donde él solía tomar el té con damas de la alta sociedad porteña.

—Sarmiento era un hombre de una pedantería insufrible —rezongaba Valente mientras secaba con un secador de pelo un acta de defunción fechada en 1934 que acabábamos de imprimir en papel canson texturado—. Todo el tiempo insistiendo con la educación pública y los gorriones de Palermo, pero incapaz de apreciar una elegía en verso alejandrino.

Los vecinos del edificio formaban un mosaico típicamente porteño de soledades compartidas: en el tercer piso vivía una soprano retirada del Teatro Colón que cantaba arias de Puccini a las dos de la tarde para ahuyentar a las palomas; en el primero, un arquitecto naval jubilado que acumulaba azulejos franceses en el pasillo común y juraba que el Río de la Plata volvería a inundar la calle Defensa antes del año 2030.

El problema real estalló el viernes siguiente, cuando la administradora del consorcio, Doña Nélida —una señora de setenta y ocho años con permanente violeta, bastón de madera y un sentido del olfato canino para detectar irregularidades edilicias—, convocó a una reunión extraordinaria de consorcio a las once de la mañana en el palier de entrada.

—A las once de la mañana, Julián —repitió Valente, sentado en el sillón de terciopelo con una expresión de horror genuino que le congelaba los rasgos—. ¿Acaso esa mujer ignora que a esa hora el sol cae a plomo sobre el asfalto como una lluvia de fósforo blanco? Es una provocación deliberada de la mafia de las expensas.

—Dice la nota que si el propietario del segundo piso no asiste en persona con el DNI físico en mano, nos cortan el gas común y mandan una inspección judicial por sospecha de usurpación —le expliqué, mostrándole el papel pegado debajo de la puerta.

Valente se puso de pie, dio dos pasos silenciosos por la alfombra persa y se miró en el espejo dorado del salón, que reflejaba únicamente la biblioteca vacía y mi propia cara de angustia.

—No hay escapatoria —sentenció con gravedad trágica—. Tendré que recurrir al protocolo de camuflaje diurno que utilicé durante el bombardeo de Pavón en 1861.

El 'protocolo de camuflaje' consistió en un sobretodo militar de paño inglés grueso hasta los tobillos, un sombrero de ala ancha de fieltro negro, lentes oscuros de soldador comprados en una ferretería de la calle Perú y dos frascos enteros de protector solar factor cien untados en cada centímetro de su piel visible. Parecía una mezcla entre un espía soviético de la Guerra Fría y un apicultor depresivo.

Bajamos las escaleras a las once menos diez. En el palier del edificio, los vecinos de los seis departamentos nos miraban con un silencio tenso y cargado de murmullos.

—Buenas tardes —dijo Doña Nélida, ajustándose los anteojos de carey con suspicacia asesina—. Asumo que usted es el famoso heredero de la familia De la Serna. Rara la hora para salir vestido como si fuéramos a la Antártida, joven.

—Sufro de xerodermia pigmentosa severa, señora —respondió Valente con una voz cavernosa que resonó en el hueco del ascensor como un órgano de iglesia—. Un solo rayo ultravioleta descompone mis tejidos epidérmicos en una masa sanguinolenta y purulenta que requeriría la intervención de la policía sanitaria.

Doña Nélida dio medio paso atrás, se persignó disimuladamente y no volvió a pedirle el documento en toda la reunión. Firmó el acta de asistencia con mano temblorosa y dio por concluida la asamblea en tiempo récord, permitiéndonos regresar a las sombras del segundo piso sin que un solo rayo solar tocara la frente de mi compañero.

Doña Nélida miró a Valente una última vez por encima de sus lentes, visiblemente desconcertada por la rigidez marmórea de sus facciones y el frío polar que emanaba de su sobretodo. En su mente de administradora municipal, cualquier patología médica con nombre latino era suficiente excusa para archivar un expediente sin hacer preguntas que pudieran involucrar a la defensoría del pueblo.

Al regresar al departamento nos quitamos las capas de abrigo con una risa silenciosa y cómplice que resonó en el pasillo de pinotea. Doña Nélida tardaría al menos seis meses en reunir el valor necesario para volver a tocar el timbre de nuestra puerta, lo que nos garantizaba medio año de gracia fiscal absoluta.

Cuando cruzamos de nuevo el portal de hierro hacia el zaguán en penumbra, Valente se quitó los lentes de soldador con un suspiro de alivio infinito y se sacudió el polvo del sobretodo. Habíamos derrotado a la maquinaria burocrática del consorcio sin disparar un tiro ni levantar una ceja, salvando nuestro alquiler por otros doce meses de pacífica convivencia nocturna.

Valente se detuvo en el primer escalón y miró la claraboya, donde empezaba a clarear. —Doce meses —repitió, como quien hace una cuenta—. Hacía mucho que no tenía un año entero por delante. No duró. Una madrugada, a las tres y media, alguien empezó a trepar por nuestro balcón.

Fin del Episodio 3 · de 5

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Siguiente Episodio 4~4 minVisitas a las tres“Han ingresado a este domicilio sin la debida presentación epistolar y pisoteando una alfombra traída de Esmirna en 1888.”Seguir leyendo
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