La burocracia inmortal
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La convivencia con un no-muerto en el siglo veintiuno tiene ventajas prácticas que ninguna inmobiliaria de Palermo Soho se atrevería a promocionar en sus folletos de diseño. Valente era, con abrumadora diferencia, el compañero de departamento más limpio y silencioso que había tenido en toda mi vida. No generaba basura orgánica, no dejaba platos con restos de salsa de tomate en la bacha de la cocina, no traía visitas ruidosas a las cuatro de la mañana y su único rastro en la heladera era una botella térmica de acero inoxidable de la que bebía periódicamente un líquido espeso y granate que él insistía en llamar 'extracto concentrado de remolacha de la huerta orgánica'.
—Tiene mucho hierro biodisponible, Julián —me explicó una madrugada a las tres, mientras yo recalentaba una porción de pizza fría de muzzarella en el microondas—. La anemia es un enemigo silencioso que la juventud moderna desestima con imprudencia culinaria.
—Valente, la botella térmica tiene una etiqueta adhesiva que dice 'Banco Central de Sangre - Hospital Fiorito de Avellaneda' tachada con marcador indeleble negro —le señalé, apuntando con el dedo al código de barras gastado por el uso.
Valente suspiró con teatralidad operística, apoyó los codos en la mesa de madera y entrelazó sus diez dedos pálidos y afilados.
De día, mientras yo dibujaba portadas para editoriales de saldo en mi computadora portátil, Valente descansaba en la penumbra absoluta de una habitación interior sin ventanas. Al caer la tarde, bajaba al taller del sótano para restaurar escapes de relojes suizos del siglo dieciocho bajo la luz amarilla de tres lámparas de querosén. Trabajaba con pinzas de relojero finísimas, sin que sus manos temblaran jamás una sola micra, devolviéndole el pulso a maquinarias que habían pertenecido a familias patricias desaparecidas hace un siglo.
—La administración hospitalaria de la provincia tiene serios problemas con el reciclaje de envases plásticos. Un viejo amigo mío que trabaja en el servicio de patología me facilita recipientes estériles de descarte. No me mire con esa expresión de reproche calvinista; el plasma se adquiere de manera perfectamente legal mediante un convenio de excedentes por caducidad técnica. Jamás mordería a un vecino de San Telmo. El olor a fritura de bodegón y el estrés financiero crónico alteran el pH de las arterias carótidas de un modo espantoso que ningún paladar refinado podría tolerar.
A la tercera semana descubrí el verdadero motivo por el cual el alquiler mensual era tan ridículamente barato: la burocracia impositiva de la AFIP.
A las dos de la mañana, Valente golpeó la puerta de mi habitación con los nudillos enguantados en cuero fino. Llevaba en brazos una pila de carpetas de cartón amarillo atadas con piolín de carnicero que medían casi un metro de altura y despedían un fuerte olor a alcanfor y sótano húmedo.
—Necesito con urgencia de su pericia gráfica, estimado Julián —dijo, depositando la pesada montaña sobre mi tablero de dibujo digital—. El Registro de la Propiedad Inmueble de la Ciudad ha digitalizado todos sus archivos catastrales y me exige acreditar la continuidad dominial de esta finca desde la epidemia de fiebre amarilla de 1871. Según esos funcionarios desalmados, no resulta jurídicamente plausible que el mismo 'Don Valente de la Serna' figure como titular vivo durante ciento cincuenta y cinco años fiscales consecutivos.
—¿Y qué querés que haga yo?
—Usted es ilustrador profesional. Maneja ese artefacto moderno llamado Photoshop con notable soltura de copista renacentista. Necesito que genere certificados de defunción y partidas de nacimiento falsas para tres generaciones intermedias de supuestos sobrinos herederos que casualmente se llamaban exactamente igual que yo.
Me quedé mirándolo durante un minuto. Luego miré el saldo disponible en mi cuenta bancaria en la pantalla del celular: cuatro mil quinientos pesos y una intimación de corte del servicio de internet.
—Me vas a tener que enseñar cómo envejecer papel de hilo con café amargo y encendedor —dije, encendiendo la computadora.
—Tengo un método superior con té negro de Ceilán y ceniza de pipa que aprendí en París durante el Segundo Imperio —sonrió Valente, dejando al descubierto dos colmillos discretos pero afilados como agujas de coser lona—. Manos a la obra, mi joven copista. La inmortalidad es gratis; la personería jurídica, no. Sin un árbol genealógico verosímil, la municipalidad nos subasta la finca antes del próximo solsticio de invierno.
Nos quedamos en silencio mirando el amanecer teñir las cornisas de la calle Defensa a través de una rendija del terciopelo. Para un ilustrador freelance acostumbrado a lidiar con clientes histéricos que pedían cambios a las tres de la mañana, colaborar con un aristócrata del siglo diecinueve que valoraba la pulcritud y el rigor documental era un bálsamo de paz mental incomparable.
Esa noche aprendí que para imitar la caligrafía judicial de 1895 se requiere una pluma de ganso cortada en bisel y una mezcla exacta de hollín de chimenea con goma arábiga. Valente me dictaba los nombres de jueces de paz y escribanos públicos fallecidos con la familiaridad de quien recuerda a sus compañeros de banco de la escuela primaria.
Fin del Episodio 2 · de 5
La burocracia inmortal
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