Las tres condiciones
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En la Ciudad de Buenos Aires es infinitamente más fácil conseguir que un taxista te dé cambio exacto de un billete de diez mil pesos que encontrar un departamento de dos ambientes en San Telmo que no cueste tres sueldos mínimos en dólares billete. Las inmobiliarias te piden recibo de sueldo con garantía propietaria en Capital Federal, depósito en moneda extranjera, seguro de caución y un certificado de buena conducta firmado por el Papa. Por eso, cuando vi el aviso amarillento pegado con cinta de embalar en la vidriera de una librería de viejo sobre la calle Defensa —'Se busca caballero tranquilo para compartir piso señorial. Luz incluida. Expensas cubiertas. Horario nocturno'—, no me detuve a sospechar de la caligrafía en tinta china ni del papel con membrete que parecía impreso en 1910.
El departamento ocupaba el segundo piso por escalera de una casona de techos de cuatro metros de altura, piso de pinotea que crujía con la dignidad melancólica de un tango de Troilo y ventanales franceses cubiertos por tres capas de terciopelo bordó tan pesado que parecía absorber por completo el zumbido de los colectivos de la línea 29 que bajaban por la avenida San Juan hacia el bajo. En los descansos de mármol del zaguán todavía se conservaban molduras de yeso con rostros de querubines y una baranda de hierro forjado que olía a herrumbre noble y lluvia vieja.
Valente me abrió la puerta exactamente a las once de la noche. Tenía unos veinticinco años en apariencia, una palidez de mármol de Carrara recién pulido, pómulos afilados como cuchillos de carnicero y un chaleco de terciopelo negro con botones de nácar que olía a lavanda seca y cera virgen de abejas. Sus pupilas tardaron dos segundos enteros en reaccionar a la luz de mi teléfono celular, dilatándose con una lentitud que me erizó los pelos de los antebrazos.
—Usted debe ser Julián —dijo, con una voz aterciopelada y una cadencia solemne que sonaba a locutor de radio de la década del cuarenta—. Pase, por favor. Disculpe la penumbra. Mis ojos toleran con dificultad la insolencia del alumbrado público moderno.
La habitación que me ofreció era inmensa: tenía una biblioteca de roble vacía que cubría toda una pared, una cama matrimonial de hierro forjado con dosel y una ventana alta que daba a un patio interno lleno de helechos colgantes y estatuas de ángeles decapitados por el tiempo. El precio mensual era menos de lo que yo gastaba en delivery de empanadas de carne cortada a cuchillo en una semana laboral mala.
—Hay tres condiciones de convivencia no negociables —advirtió Valente, sirviéndome una copa de vino Malbec en un cáliz de plata maciza que pesaba medio kilo—. Primero: las cortinas de la sala no se abren jamás antes de las siete de la tarde. Segundo: la alacena es territorio libre, salvo por el ajo, cuya presencia en este hogar considero una ofensa culinaria y una agresión química intolerable. Y tercero: trabajo en el taller de relojería del sótano entre la medianoche y las cinco de la mañana. Se ruega no interrumpir salvo caso de cataclismo municipal.
Desde el patio interno subía un aire fresco cargado de humedad vegetal, helechos mojados y el aroma distante a café tostado que soplaba desde los bares de la plaza Dorrego. En el comedor señorial, un reloj de péndulo inglés marcaba los segundos con una lentitud solemne que parecía desafiar las urgencias del tránsito porteño.
—Acepto —dije sin dudarlo un segundo, sacando el fajo de billetes de la seña del bolsillo. No me importaba si era un aristócrata excéntrico, un hipster millonario o un gótico trasnochado; por esa plata estaba dispuesto a convivir con el fantasma de Bartolomé Mitre y cebarle mate amargo todas las mañanas.
Nos dimos la mano. Su piel estaba tan helada como una lata de cerveza recién sacada del congelador, sin el más leve temblor de pulso sanguíneo en la muñeca. Cuando cruzamos el pasillo rumbo a la salida para despedirnos bajo la luz mortecina del farol de la entrada, me di cuenta de un detalle anatómico desconcertante que me cortó la respiración:
Mi silueta se proyectaba larga y oscura sobre la pared de ladrillo visto. La de Valente, en cambio, no existía. El haz de luz amarilla atravesaba su cuerpo como si estuviera hecho de vidrio ahumado, proyectando únicamente en la pared el brillo tenue de los botones de nácar de su chaleco.
—Que descanse, estimado cofrade —dijo Valente con una leve reverencia cortesana—. Mañana le enseño a lidiar con el portero eléctrico, que data de la presidencia de Alvear y tiene el hábito de electrocutar a los testigos de Jehová que tocan el timbre a deshora.
Cerró la puerta sin hacer el más mínimo ruido, dejándome solo en el descanso de la escalera con la llave de hierro forjado en la mano, un contrato verbal firmado en el aire y la certeza absoluta de que el mercado inmobiliario porteño finalmente había cruzado la frontera de lo sobrenatural.
Fin del Episodio 1 · de 5
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