Me casé con el duque maldito·Episodio 09

El pan del milagro

~6 min · 1190 palabras

El barro congelado de la plaza del mercado guardó la huella de cincuenta aldeanos arrodillados sobre la nieve sucia.

Nadie se atrevía a respirar fuerte. Las mujeres mayores apretaban sus escapularios de lana contra el pecho; los leñadores sostenían las hachas caídas hacia el suelo, con las cabezas gachas como si una procesión de santos hubiera cruzado la empalizada de Eisengard. Sobre el pescante del trineo, la mano desnuda de Astrid seguía apoyada en el hombro acorazado de Severin.

No salía humo negro de las junturas del metal. Solo un vapor tenue, casi azulado, con un suave aroma a corteza de abedul tostada.

—Levántense —ordenó Severin. La voz del duque era áspera, pero le faltaba ese eco metálico y cavernoso que hacía temblar los vidrios de la vicaría—. Vuelvan a sus casas y repartan la leña entre los ancianos. Nadie morirá de frío en este feudo mientras mis graneros tengan centeno.

Dio media vuelta sobre sus talones, haciendo crujir los espolones de hierro, y subió al carruaje de viaje sin mirar atrás.

Durante el ascenso por las doce curvas del desfiladero, ninguno de los dos pronunció palabra. Dentro de la cabina forrada en terciopelo gris, el frío del exterior parecía incapaz de atravesar los cristales. Astrid miraba las manos enguantadas del duque, que descansaban rígidas sobre sus rodillas.

Al cruzar el rastrillo del patio de armas, la baronesa Walpurga los esperaba bajo el pórtico con los labios apretados en una línea blanca. Detrás de ella, dos frailes de la orden carmelita observaban con pluma y tintero en mano, listos para consignar cualquier anomalía en sus cuadernos de actas.

—Dicen en el pueblo que la señora ha tocado la carne maldita —dijo Walpurga con voz agria, sin hacer la genuflexión de ordenanza—. Los hermanos temen que el sacrilegio contamine las aguas del aljibe.

Severin no le contestó. Descendió del estribo, ignoró a los monjes y entró a paso vivo en las cocinas del piso inferior, seguido de cerca por Astrid.

Los pinches y la cocinera mayor se apartaron contra los hornos de ladrillo, temblando ante la imponente figura acorazada del señor de Eisengard. Sobre la mesa de amasar de roble blanco descansaba una hogaza redonda de pan de centeno recién horneada, humeante y dorada.

Severin se desabrochó lentamente las correas del guantelete izquierdo. El cuero reforzado con láminas de acero cayó sobre el suelo de losas con un golpe sordo.

Su mano desnuda estaba pálida, con los nudillos marcados por viejas cicatrices de guerra y las venas azuladas latiendo bajo una piel casi transparente. No había tizne negro en la palma. No había ascuas reptando entre sus dedos.

Severin alargó la mano temblorosa hacia la hogaza.

Astrid contuvo la respiración. La cocinera cerró los ojos, esperando la habitual detonación de ceniza negra que desintegraba cualquier alimento cocinado que tocara la piel del duque.

Los dedos de Severin se cerraron sobre la corteza caliente.

El pan no ardió. No hubo humo ni chispa. La corteza crujió suavemente bajo la presión de sus dedos, liberando un aroma dulce a grano maduro y levadura fresca.

Severin desgajó un pedazo de miga esponjosa y se lo llevó a la boca con lentitud casi reverente. Masticó despacio, con los ojos fijos en la ventana enrejada que daba al abismo blanco.

Una lágrima solitaria y pesada le rodó por la mejilla izquierda, perdiéndose en la barba corta.

—Tiene sabor a trigo —susurró el hombre que todos llamaban la Bestia de Eisengard—. Solo a trigo.

◇

Tres corceles negros con gualdrapas de terciopelo morado llegaron al mediodía con los belfos cubiertos de espuma helada.

El jinete principal desmontó sin sacudirse la nieve de la capa episcopal. Era fray Bernardo de Ravena, un canónigo de facciones afiladas y ojos hundidos que llevaba en el pecho el pectoral de plata con el ojo llameante del Santo Oficio.

Walpurga lo recibió en la antesala del Gran Salón con una inclinación servil que jamás le había dispensado a la nueva duquesa.

—La paz sea con esta casa herida —dijo el prelado, sacando del pectoral un cilindro de plomo sellado con las armas del Cardenal Vicario—. Traigo una provisión de la Santa Sede. El rumor del prodigio de la aldea baja ha llegado a oídos del tribunal metropolitano.

Severin entró al salón por la puerta privada de la torre, vestido con una túnica de paño oscuro ribeteada en piel de lobo. Ya no llevaba los guantes de hierro dentro del castillo; sus manos desnudas colgaban a los lados del cuerpo, serenas y libres de humo.

Astrid caminaba medio paso detrás de él, con la barbilla en alto y un vestido de lana verde oscura que destacaba la blancura de su tez.

—En Eisengard las cartas se leen de pie, canónigo —dijo Severin sin invitarlo a sentarse—. Despliegue su pergamino y diga qué quiere la curia de mis tierras.

Fray Bernardo rompió el sello de plomo con una navajita de marfil y leyó con voz atiplada:

—'Habiendo llegado a noticia de este Santo Tribunal que la noble Astrid de Montmirail ha manifestado facultades taumatúrgicas sobre el maleficio ignífero que pesa sobre el Ducado de Eisengard, se ordena su inmediata comparecencia en el palacio arzobispal de Ravena para ser sometida al examen de discernimiento de espíritus. En caso de desacato, el feudo incurrirá en entredicho mayor.'

Walpurga dio un paso al frente, con las manos entrelazadas sobre el vientre.

—Es el deber de todo buen cristiano someterse al juicio de la Santa Madre Iglesia, sobrino —intervino la baronesa con falsa piedad—. La niña no debe temer si su alma está limpia de pactos oscuros.

Astrid sintió una punzada de frío en el estómago. Sabía perfectamente lo que significaba un 'examen de discernimiento' en las mazmorras de Ravena: celdas sin luz, interrogatorios con hierros al rojo vivo y confesiones arrancadas por la fuerza para justificar la expropiación de su dote.

Dio un paso hacia el inquisidor, pero el brazo de Severin se interpuso con suavidad.

—Entrégueme el pliego —ordenó el duque.

Fray Bernardo le tendió el pergamino con recelo, cuidando de no rozar los dedos del señor norteño.

Severin tomó el documento entre sus manos. Sus ojos grises se clavaron en la mirada del fraile con una intensidad que hizo retroceder al enviado un paso entero.

—La Casa de Eisengard no reconoce tribunales extranjeros sobre la persona de su duquesa —dijo Severin con una calma glacial.

En la palma de su mano izquierda, una chispa blanca, pura y sin ceniza, brotó del centro de su piel. No era el fuego negro y pestilente de la maldición; era una llamarada dorada que devoró el pergamino en tres segundos, dejando caer sobre la alfombra de pieles un puñado de polvo impalpable.

El inquisidor se persignó tres veces con ademanes frenéticos, retrocediendo hacia la salida.

—¡Sacrilegio! —balbuceó el fraile—. ¡Esto es desacato directo al Santo Padre! ¡El entredicho caerá sobre vuestras cabezas!

—Dígale a su cardenal que si envía soldados a este valle, el hielo de mis cumbres se encargará de abrigarlos —sentenció Severin, señalando las puertas abiertas—. Y si vuelve a pronunciar el nombre de mi esposa en tono de amenaza, no se irá a caballo.

Fin del Episodio 9 · de 10

El pan del milagro

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