El deshielo de las almenas
~10 min · 1976 palabras
A medianoche, el viento cambió de rumbo.
No bajaba de los glaciares del norte como una guadaña blanca; subía desde los valles del sur cargado de un calor húmedo que olía a tierra labrada y a hojas de abeto desheladas. En los aleros de la torre del homenaje, los carámbanos de hielo comenzaron a romperse con estallidos cristalinos que sonaban como disparos de ballesta.
Astrid subió la escalera de caracol envuelta en un mantón de lana merina. En la terraza almenada, Severin contemplaba el mar de nubes plateadas por la luna llena.
Estaba apoyado en el parapeto de piedra sin guanteletes, sin cota de malla y con la camisa de lino abierta en el cuello. El viento del deshielo le agitaba el pelo oscuro.
—No deberías estar aquí arriba descalza, Astrid —dijo el duque sin girarse, reconociendo el roce de sus pasos en los escalones de granito.
—Llevo zapatillas de paño con suela de corcho —respondió ella, deteniéndose a dos pasos de distancia—. Y el frío de esta noche es más suave que las palabras de vuestra tía en la cena.
Severin dejó escapar una risa breve y ronca.
—Walpurga ya mandó a su criado de confianza con un recado urgente para el conde de Westfalia. Cree que el emperador va a marchar sobre Eisengard para pacificar el feudo.
—¿Y tienes miedo de que vengan?
El duque se volvió despacio. La luz de la luna iluminaba la cicatriz que le cruzaba la ceja izquierda, suavizando las líneas duras de su mandíbula.
—Tenía miedo cuando el fuego negro me consumía la carne cada vez que intentaba acariciar a un caballo o beber una copa de vino —dijo, bajando la vista hacia sus propias palmas abiertas—. Tenía miedo de despertar una mañana y descubrir que ya no me quedaba alma humana bajo las placas de hierro. Pero de los ejércitos del emperador no tengo miedo. Mis antepasados resistieron tres asedios en este risco sin pedir ayuda a nadie.
Astrid dio un paso adelante. Estiró la mano derecha y la apoyó con firmeza sobre la palma abierta de Severin.
El contacto fue instantáneo. La piel de él estaba tibia, áspera por el trabajo con las armas, pero viva y serena. Ningún humo brotó de la juntura de sus dedos; por el contrario, una onda de calor suave y reconfortante subió por el antebrazo de Astrid, como si una taza de té con miel se derramara por sus venas.
Severin cerró los dedos despacio, entrelazando los suyos con los de ella.
Su respiración se entrecortó. Miró sus manos unidas como si contemplara el milagro más inconcebible de la creación.
—No te quema —susurró el duque, con la voz quebrada por una emoción que pugnaba por salir—. ¿Por qué no te quema, Astrid?
—Porque el fuego que llevas adentro no era un castigo divino, Severin —respondió ella, mirándolo directamente a los ojos oscuros—. Era un rescoldo que nadie se había atrevido a tocar sin miedo. Y lo que no se teme, no necesita devorar para defenderse.
Severin levantó la otra mano y le acarició la mejilla con el dorso de los dedos descalzos. La piel de Astrid sintió la aspereza de sus cicatrices, pero también la infinita ternura de un hombre que recupera el mundo después de un siglo de destierro.
—Quédate conmigo —pidió él en un susurro contra sus labios—. No en calidad de duquesa de conveniencia. No por el pacto de tu padre. Quédate conmigo porque esta fortaleza no tiene sentido si tú no caminas por sus pasillos.
—No me voy a ir a ninguna parte, mi señor de la ceniza —sonrió ella, apoyando la frente contra su pecho—. Tenemos un castillo entero que limpiar de frailes y de espías.
Detrás del tapiz del ciervo herido en el gabinete de armas no había una pared sólida de piedra caliza.
Había un pasaje estrecho de sillares toscos sellado con una puerta de hierro forjado que requería siete giros de llave. Astrid sostenía la lámpara de aceite mientras Severin forzaba el último cerrojo con una palanca de acero templado. El óxido cedió con un gemido agudo que resonó por el hueco del tiro de aire.
—Nadie ha bajado aquí desde que enterraron a mi tío Konrad —advirtió Severin, mirando la escalera tallada directamente en la roca madre que descendía en pendiente pronunciada hacia la oscuridad.
—Las cosas que se encierran con siete llaves suelen ser las únicas que vale la pena entender —respondió ella, levantando la falda para no tropezar con los peldaños cubiertos de salitre.
Descendieron durante casi diez minutos. La temperatura, en lugar de bajar con la profundidad, aumentaba a cada paso. El aire se volvía denso, cargado de azufre, resina de pino fósil y un olor acre que Astrid reconoció de inmediato: la misma emanación que durante años había brotado de los guanteletes del duque.
Llegaron a una cripta circular abovedada bajo los cimientos del castillo. En el centro de la sala no había tumbas ni relicarios; se erigía un hogar monumental de basalto negro sobre el cual reposaba una piedra meteórica del tamaño de un buey, pulida como un espejo y atravesada por vetas de un rojo incandescente que palpitaba con un latido sordo y subterráneo.
—La Forja de Sangre —susurró Severin, deteniéndose en el umbral de la cámara—. Mi tío Konrad no era un guerrero santo. Hizo fundir esta roca con la sangre de los setenta prisioneros de guerra del asedio de San Galo para conseguir armas que no se mellaran jamás.
Astrid se acercó a la piedra meteórica sin vacilar. El resplandor carmesí iluminaba los bajorrelieves esculpidos en la base del hogar: no eran símbolos demoníacos ni conjuros paganos; eran fórmulas alquímicas y contratos comerciales de fundición entre la casa ducal y los maestros herreros de Núremberg.
—No es una maldición de Dios, Severin —dijo Astrid, pasando los dedos por los surcos del metal frío alrededor de la roca—. Es una trampa metalúrgica. Konrad absorbió los vapores de este núcleo volcánico para templar su armadura personal. Cuando murió, el calor acumulado en las venas del metal pasó a su heredero más cercano.
Severin miró la piedra palpitante y luego miró sus propias manos.
—¿Me estás diciendo que viví seis años en un infierno de soledad por culpa de la codicia de un herrero loco?
—Te estoy diciendo que la culpa no nació en tu alma —dijo Astrid, tomando la mano de Severin y colocándola directamente sobre el corazón incandescente de la piedra meteórica—. Y lo que se forjó con codicia humana, se apaga con la voluntad de quien ya no necesita la violencia para sostener su casa.
En el instante en que las manos unidas de Astrid y Severin tocaron el meteorito, la piedra emitió un chasquido agudo, como una copa de cristal que se quiebra en agua helada.
Las vetas rojas comenzaron a palidecer, tornándose de un gris pizarra opaco y tranquilo. El calor sofocante de la cripta se disipó en una corriente de aire fresco que subió por los tiros de ventilación.
Desde la escalera lejana, el sonido de botas apresuradas y gritos de alarma rompió el silencio de las profundidades.
—¡Milord! —resonó la voz del capitán de la guardia desde arriba—. ¡La baronesa ha abierto la poterna del río! ¡Los caballeros de la Inquisición están en el patio de armas!
La campana de hierro de la torre del vigía tañía a rebato, derramando sobre el valle un sonido bronco y metálico que despertaba a los campesinos en sus chozas.
En el Gran Salón de Eisengard, veinte soldados con corazas pavonadas y sobrevestas blancas de la milicia cardenalicia ocupaban los accesos. Al frente estaba fray Bernardo, sosteniendo una cruz de plata maciza con astil de combate, acompañado por la baronesa Walpurga, que sonreía con una mueca triunfal mientras sostenía el manojo de llaves maestras de la poterna del río.
—¡En nombre de la Santa Sede y de la Corona imperial! —gritó el prelado a los sirvientes arrinconados contra las chimeneas—. Queda intervenido este castillo por delito de nigromancia y herejía manifiesta.
Las dos hojas de roble de la escalera señorial se abrieron de par en par con un golpe seco.
Severin y Astrid bajaron los peldaños juntos, al mismo paso, sin prisa y sin escolta armada.
El duque no llevaba armadura. Vestía un jubón negro ceñido con hebillas de plata y llevaba el pelo peinado hacia atrás, dejando al descubierto una mirada de una calma tan implacable que tres soldados de la primera fila bajaron inconscientemente las puntas de sus alabardas.
A su lado, Astrid sostenía la cola de su vestido con una mano y mantenía la otra firmemente entrelazada con la mano izquierda de su esposo.
—Bienvenido de nuevo a mi mesa, fray Bernardo —dijo Severin, y su voz no necesitó elevarse para llenar cada rincón de la inmensa estancia abovedada—. Veo que para bendecir mis graneros ha tenido que traer hombres con ballestas de repetición.
—¡Ríndase, duque maldito! —exclamó Walpurga, dando un paso adelante con el dedo índice tembloroso señalando a la pareja—. ¡Los guardias del tribunal han venido a liberar a esta provincia del monstruo de fuego!
Severin bajó el último peldaño y se plantó en medio de la alfombra señorial, a cinco pasos de las armas desenvainadas.
—¿De qué monstruo habla, tía? —preguntó el duque con una sonrisa tranquila.
Levantó ambas manos vacías a la altura del pecho. Las palmas estaban limpias, serenas, sin una brizna de humo negro ni un destello de calor destructor. Eran las manos de un hombre libre, templadas por la verdad y por el tacto de la mujer que no le había tenido miedo.
Fray Bernardo tragó saliva con dificultad. Miró las manos del duque, miró la compostura regia de Astrid y luego miró a Walpurga, cuya cara empezaba a descomponerse en una máscara de incredulidad.
—¿Dónde... dónde está el maleficio del fuego negro? —titubeó el inquisidor, bajando el crucifijo de plata.
—El fuego negro ardió mientras esta fortaleza estuvo gobernada por el rencor y las mentiras familiares —respondió Astrid, y su voz resonó con la autoridad incontestable de una soberana del norte—. Pero la Forja de Konrad se ha enfriado para siempre. Eisengard ya no paga diezmos a quienes trafican con el miedo de sus gentes.
Desde el patio de armas, un murmullo creciente de voces campesinas comenzó a filtrarse por las ventanas ojivales. Cincuenta aldeanos de la aldea baja, armados con horquillas, mayales y antorchas encendidas, ocupaban el rastrillo exterior, bloqueando la retirada de los jinetes de la Inquisición.
El sargento de los milicianos cardenalicios miró a su alrededor, guardó la daga en la vaina y dio un paso atrás.
—Monseñor —susurró el militar al oído del fraile—. No tenemos mandato legal para combatir a una población armada que defiende a su señor natural. Nos retiramos.
Walpurga intentó aferrarse a la capa del prelado, pero el inquisidor se apartó con brusquedad, saliendo hacia el patio con la cabeza gacha y el paso apresurado de los que huyen de un juicio que no pueden ganar.
Severin miró a su tía con una serenidad desarmante.
—Hay un carruaje preparado en la caballeriza con tus cofres personales, tía —dijo el duque sin cólera—. Tienes hasta el anochecer para cruzar el paso hacia las tierras de tu familia. Si mañana a la salida del sol tus caballos siguen en mi valle, te juzgará la asamblea de los aldeanos a los que les mezquinaste el pan.
La mujer retrocedió hacia la penumbra del zaguán, vencida y muda de rabia, y desapareció tras la puerta de servicio.
Severin se giró hacia Astrid. En el salón en silencio, frente a los sirvientes que empezaban a vitorear con lágrimas en los ojos, el duque se arrodilló sobre una sola pierna y besó el dorso de la mano de su duquesa.
—Mi casa es tuya, Astrid —dijo con la voz firme y clara—. Por siempre.
Fin del Episodio 10 · de 10
El deshielo de las almenas
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