Me casé con el duque maldito·Episodio 08

Una tarde junto al fuego

~5 min · 1093 palabras

Afuera, la ventisca del norte aullaba con la furia de una manada de lobos hambrientos, sepultando las aspilleras bajo tres varas de nieve fresca.

En la gran sala de armas, donde los braseros comunales apenas lograban entibiar el aire a dos pasos de las piedras, desplegué un tablero de tablas reales de madera de peral sobre un cajón de arquería volcado.

Severin bajó las escaleras envuelto en su capa gris de wolframio, deteniéndose a mirarme como si hubiera montado un campamento gitano en medio de su fortaleza.

—Ese tablero perteneció a mi bisabuelo —dijo, con las manos cruzadas a la espalda—. Las fichas de marfil son quebradizas.

—Pues usemos cantos rodados del patio si le tiene miedo a perder sus reliquias, milord —respondí, acomodando las piezas blancas con un desparpajo calculado—. O siéntese y demuéstreme que los capitanes de frontera saben hacer algo más que ordenar inspecciones de almenas.

Severin enarcó una ceja oscura. Por un instante creí que se daría vuelta y volvería a encerrarse en su despacho, pero el desafío pudo más que su orgullo taciturno. Se despojó de la espada, tomó asiento en un banquillo de roble frente a mí y sacó los dados de hueso.

Reírse de uno mismo es el primer desarme en una guerra que nadie eligió declarar.

Durante una hora la partida fue una batalla de posiciones silenciosa y tensa. Él jugaba con la frialdad implacable de un general en retirada; yo arriesgaba fichas con esa temeridad insolente que da no tener nada que perder.

En el turno dieciséis, calculó mal un salto de flanco para bloquear mis damas. Al tirar los dados, una tirada doble de ases lo dejó completamente expuesto a mi captura.

Severin se quedó mirando las piezas inmóvil durante tres segundos. Luego, ante el asombro atónito de dos centinelas apostados junto al rastrillo, soltó una carcajada abierta, sonora y profunda que retumbó en las vigas del techo como un trueno de verano.

Los lebreles de caza que dormitaban junto a las brasas levantaron las orejas sobresaltados.

—Me ha vencido con una maniobra de arriero tramposo, Astrid —dijo él, limpiándose una lágrima de risa con el dorso enguantado.

—Se llama estrategia de supervivencia, señor duque. Y la próxima partida le costará una jarra de sidra caliente.

◇

La aldea baja de Escarcha no era más que una hilera de cabañas de madera achaparradas bajo la falda norte de la montaña, donde el humo de las chimeneas salía ralo y blanco por la escasez de leña seca.

Severin se había opuesto con vehemencia a que bajáramos, pero la noticia de que tres familias de carboneros estaban atrapadas por el hielo me dio la excusa perfecta para cargar el trineo ducal con cuatro fardos de cecina, harina de centeno y mantas de lana.

—No conocen la piedad, Astrid —me advirtió él antes de montar en el pescante del trineo con la guardia armada—. Llevan doce años culpándome de cada granizo que marchita sus centenos y de cada vaca que pare muerta en las cañadas. Para ellos, mi presencia es una plaga.

—Para ellos el frío es una plaga, Severin. Y el pan no entiende de supersticiones.

El hambre en la nieve vuelve monstruos a los gobernantes y mártires a los mendigos.

Al llegar a la plaza del mercado helado, el recibimiento fue un muro de miradas hoscas y puños crispados sobre mangos de azadas y horquillas de heno. Los campesinos salieron de los cobertizos embozados en pieles sucias de cabra, rodeando el trineo con un murmullo hostil que crecía como la crecida de un torrente.

—¡Vienen a burlarse con sobras! —gritó un leñador tuerto en la primera fila, levantando un hacha de monte oxidada—. ¡El duque demonio nos quema las tierras y ahora nos manda a su novia del sur para comprar nuestro silencio!

—¡Que se vuelva a su fortaleza maldita antes de que la peste nos mate a todos! —coreó una mujer con dos niños descalzos envueltos en trapos.

La escolta desenvainó las espadas con un chasquido amenazador. Severin se puso de pie en el pescante con los hombros tensos y la mano derecha en el pomo de su daga, listo para ordenar la carga antes de que la multitud se abalanzara sobre los caballos.

◇

La tensión en la plaza helada estaba a un solo grito de convertirse en carnicería.

Los aldeanos cerraron el círculo alrededor de los caballos de tiro, que relinchaban asustados golpeando los cascos contra las piedras escarchadas. Los ballesteros de la guardia levantaron las armas, apuntando directamente al pecho del leñador tuerto.

—¡Atrás, escoria! —rugió el oficial de escolta—. ¡Un paso más y abrimos fuego!

—¡No disparen! —grité con toda la fuerza de mis pulmones.

Severin saltó del pescante para interponerse entre la multitud y mi asiento, cubriéndome con su cuerpo macizo envuelto en cota de malla y cuero de lobo. La desesperación en su mirada era evidente: sabía que si desenvainaba o tocaba a un solo colono sin guantes, la maldición reduciría a cenizas vivas a quien se le cruzara en el camino.

—Subid al trineo, Astrid —me ordenó con un hilo de voz angustiada—. ¡Subid y marchaos ahora mismo!

No le hice caso.

El valor no consiste en no arder, sino en demostrar que el fuego no es contagioso.

Me desabroché los lazos de mis guantes de lana y los dejé caer sobre la nieve pisoteada. Bajé del carruaje con la cabeza erguida, caminando sobre el hielo con paso firme hasta situarme al lado del duque, justo frente a las horquillas temblorosas de los campesinos.

Nadie respiraba. Trescientas personas me miraban como si fuera una posesa caminando hacia la hoguera.

Despacio, a la vista de cada leñador, de cada mujer y de cada arquero de la guardia, levanté mi mano derecha completamente desnuda y la apoyé con firmeza sobre el hombro de Severin, directamente sobre la cota de malla que cubría su cuello.

Un murmullo de espanto recorrió a la turba. Varios se persignaron; otros dieron dos pasos atrás esperando ver brotar las llamas negras de la corrupción ducal.

Pero no hubo fuego. No hubo ceniza.

Mi piel se mantuvo blanca, viva e intacta, reposando sobre el cuerpo del hombre temido por todo el norte con una serenidad absoluta.

—Vuestro señor no es un demonio —dije con voz clara, que resonó en el valle como el toque de una campana limpia—. Y yo no soy ningún tributo de sangre. Descarguen los sacos de harina y repartan la cecina a partes iguales. En este bastión nadie se muere de hambre mientras yo siga viva.

Fin del Episodio 8 · de 10

Una tarde junto al fuego

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