La confesión a medias
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Severin cerró la pesada puerta de roble de su gabinete privado con un cerrojazo que sonó como el disparo de un cañón.
No se quitó la capa empapada de nieve. Se quedó de pie en el centro de la estancia, respirando con una agitación que nunca antes le había visto, con las manos cerradas en puños apretados detrás de la espalda.
Yo permanecía junto a la mesa de nogal, frotándome el antebrazo desnudo donde la ceniza de la manga quemada aún manchaba mi piel de tizne negro.
—El centinela de la torre ha sido relevado y confinado al cuartel bajo juramento de silencio —dijo Severin, con una voz que vibraba con una mezcla peligrosa de incredulidad y furia contenida—. Pero antes del anochecer, Walpurga y la mitad de la servidumbre sabrán que mi mano desnuda tocó vuestra piel y no os convertisteis en un montón de carne quemada.
—Fue un accidente, Severin. Me caía al barranco.
—¡No me importa el accidente! —estalló él, dando dos zancadas hacia mí hasta que pude sentir el calor sofocante que emanaba de su figura—. ¿Qué clase de artilugio lleváis oculto? ¿Es un ungüento de los boticarios moriscos? ¿Un talismán de sangre de dragón cosido bajo la piel?
—No llevo nada.
—¡Mentís! —rugió, inclinándose sobre mí con los ojos encendidos de una cólera que parecía más pánico que odio—. Todo lo que toco arde. Las copas de plata se quiebran, los caballos mueren si los acaricio sin montura, las ramas de los robles se pudren al rozar mis hombros. ¡Llevo doce años viviendo como una alimaña apestada en este bastión! ¡Decidme qué sois!
No hay misterio más temido que la propia salvación cuando uno ya se ha resignado al castigo.
Me quedé muy quieta. No retrocedí ni medio paso frente a su furia. Miré su rostro atormentado, la mandíbula tensa, las ojeras marcadas por noches de insomnio y soledad absoluta.
Despacio, sin prisas que pudieran alarmarlo, levanté mi mano derecha ilesa.
—No soy una bruja, Severin —dije con una calma que me sorprendió a mí misma—. Y no tengo ningún talismán. Solo sé que vine a este castillo creyendo que me vendía a un monstruo para pagar las deudas de mi madre, y en vez de eso encontré a un hombre que se quemó la piel para no dejarme caer al vacío.
Antes de que él pudiera apartarse o ponerse en guardia, alargué los dedos y tomé su mano derecha desnuda entre las mías.
Severin contuvo el aliento con un estremecimiento violento, como si le hubieran atravesado el pecho con una hoja de hielo.
Nuestra piel se tocó: palma contra palma, calor contra calor. No hubo chispas, no hubo ceniza, no hubo dolor. Solo un pulso sereno y profundo que corrió entre los dos, disipando el frío del gabinete como la primera lumbre de la primavera.
—No quema, Severin —susurré, apretando sus dedos entre los míos—. Miradme. No me marchito.
El silencio en Bastión de Escarcha después de aquella noche en el gabinete privado ya no era el mismo silencio.
Antes pesaba como la bóveda de plomo de una catedral en ruinas; ahora tenía la gravedad limpia de una tregua firmada sin testigos. Ninguno de los dos volvió a mencionar lo ocurrido en las almenas ni el calor de las palmas unidas frente a la chimenea.
Por las mañanas compartíamos el pan de cebada tostado sobre la chapa y el té áspero de pino sin necesidad de fingir discursos para la servidumbre. Severin leía los informes de las atalayas con los guantes de ciervo calzados y yo zurcía con paciencia las bastillas gastadas de mis sayas de invierno.
Los gestos pequeños en una fortaleza de piedra equivalen a juramentos en palacio.
Al tercer día del mes de las heladas, subí a mi alcoba tras supervisar la colada en los lavaderos bajos. Sobre la mesilla de noche, justo al lado de mi dedal de latón abollado, encontré un envoltorio menudo de papel de estraza atado con un hilo de cáñamo encerado.
Lo abrí con cuidado.
Adentro descansaba una aguja de plata maciza de cabo romo, labrada con una espiral minúscula en el ojo que permitía pasar torzal de seda gruesa sin deshilacharlo.
No había nota. No había blasón ducal ni dedicatoria pomposa.
Pero en la punta del metal plateado se apreciaba una ligerísima sombra gris, una caricia de tizne apenas visible que delataba quién había sostenido la aguja antes de envolverla para que sus dedos malditos no la redujeran a polvo.
Apreté la aguja entre las yemas frías y sonreí por primera vez en tres semanas con verdadera ligereza.
En un castillo sin sol, las paredes de mampostería no solo transmiten la humedad: conducen los susurros como tubos acústicos de bronce.
Regresaba del ala de las despensas por el corredor ciego que discurre tras la galería de retratos cuando el murmullo áspero de Walpurga me obligó a detenerme detrás de un tapiz de caza descolorido.
—Visteis la manga chamuscada, muchacho —decía la intendente con una frialdad implacable—. No me mintáis si queréis conservar la ración de tocino en las semanas de temporal.
—Juraría que el paño se quemó con la lumbre de la linterna de señales, ama Holm —respondió la voz temblorosa del joven centinela de la torre norte—. Hacía viento... resbaló y milord la agarró por la capa.
—El paño de lana de monte no estalla en ceniza negra por una chispa de sebo, imbécil. El duque se arrancó el guante. Y ella no gritó.
La devoción mal entendida no se distingue en nada de la vigilancia carcelaria.
Me pegué a la piedra fría conteniendo el aliento. Entre la trama abierta del tapiz pude vislumbrar a la vieja intendente, vestida con su eterno luto de paño rígido, sosteniendo una cédula sellada con lacre de pez negra.
—Si esa mujer del sur ha traído hechicería para domeñar el castigo de Dios que pesa sobre este linaje, la inquisición de Zaragoza sabrá purgar el mal antes de que la nieve tape el puerto —sentenció Walpurga—. Vigilad el correo de la señora. Cualquier despacho que entre o salga de sus manos debe pasar por mi mesa antes de que lo vea el mayoral.
El centinela asintió con una reverencia torpe y se retiró con paso presuroso.
Me quedé quieta en la penumbra del pasadizo hasta que el eco de las llaves de Walpurga se extinguió en el tramo de las escaleras. Mi carta de los acreedores seguía oculta en el misal, pero el cerco sobre el bastión se estaba cerrando desde adentro.
Fin del Episodio 7 · de 10
La confesión a medias
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