Me casé con el duque maldito·Episodio 06

Té de agujas de pino

~6 min · 1260 palabras

El protocolo matrimonial de las marcas del norte exigía que los señores compartieran la mesa del desayuno al menos tres veces por semana, bajo la mirada escrutadora de los oficiales de la guardia y la servidumbre mayor.

El comedor de invierno era un salón pequeño, caldeado apenas por un hogar donde ardían tocones de alerce verde que chisporroteaban con más humo que lumbre.

Severin ocupaba la cabecera, con los codos apoyados en los brazos del sillón de nogal y una jarra de cerveza agria intocada frente a él. Lucía ese semblante huraño de los que preferirían estar cavando trincheras antes que compartir espacio con una esposa impuesta.

Me senté a su derecha. Frente a mí descansaba una tetera de hierro colado con agua hirviendo y un cuenco de agujas de pino secas mezcladas con corteza de abedul.

—El cocinero de este bastión cree que los estómagos humanos son iguales a los de los bueyes de carga —comenté, vertiendo las agujas en el agua humeante con deliberada parsimonia.

Severin no levantó la vista de la mesa.

—El cocinero fue artillero en las guerras de la frontera. Para él, cualquier alimento que no provoque disentería inmediata califica como banquete imperial.

Solté una risa suave mientras revolvía la infusión con una cucharilla de estaño.

—Pues vuestro heroico artillero ha logrado que este té huela exactamente igual a la resina que usan los zapateros para pegar las suelas.

A veces una queja compartida une más que una promesa ante el altar.

Severin giró la cabeza con lentitud, mirándome a través de sus pestañas espesas. Por una fracción de segundo, la máscara de hielo de su semblante se quebró: la comisura izquierda de sus labios se contrajo hacia arriba en una media sonrisa seca, diminuta y casi imperceptible, pero indudablemente humana.

—Tiene usted una lengua peligrosa para haber crecido en una casa arruinada del sur, Astrid.

—El hambre agudiza el ingenio, señor duque. Y la falta de dinero enseña a distinguir muy rápido entre la comida mala y el veneno verdadero.

El duque estiró el brazo y, con el guante negro de ciervo cubriéndole los dedos, acercó su taza de peltre a la tetera.

—Sírvalo entonces. Si sobrevivo al té de resina, tal vez considere rebajar la vigilancia de la intendente sobre sus paseos por la muralla.

◇

El correo de la posta del sur llegó al bastión a lomos de una mula reventada de fatiga, con las alforjas cubiertas de barro helado tras cinco jornadas de marcha forzada por el puerto de montaña.

Entre los despachos oficiales de la corte de la regencia venía un sobre menudo de papel basto, cerrado con una oblea de cera encarnada que reconocí antes de que el mozo terminara de apoyarlo en la bandeja.

El sello de la banca Torralba de Zaragoza.

Subí a mi alcoba con el paso apresurado, cerré la puerta con el cerrojo de hierro y rompí la cera con dedos que no lograban mantenerse firmes.

La caligrafía del apoderado era nítida, implacable, exenta de cualquier cortesía: «A la muy ilustre señora duquesa consorte de Escarcha: Notificamos que la tercera letra de cambio suscrita por vuestra señora madre ha vencido sin fondos en la plaza de Medina. Conforme a las cláusulas del contrato matrimonial, si en el plazo de treinta días no remitís testimonio notarial de cohabitación y consumación legal del enlace, los pagarés serán ejecutados de inmediato sobre las tierras solariegas de vuestro linaje.»

Consumación legal.

Un frío que nada tenía que ver con el viento de las aspilleras me recorrió la nuca.

¿Cómo iba a certificar nadie una cohabitación con un hombre cuyo contacto desintegraba las sábanas, los camisones y la carne de cualquier ser vivo que se interpusiera en su camino? El contrato que yo había firmado estipulaba un matrimonio de conveniencia, un año de fachada cortesana para lavar el nombre de Severin a cambio de saldar las deudas de mi familia. Mis acreedores no querían un pacto de honor: querían sangre o dinero.

La vergüenza es una deuda que jamás se liquida con monedas de plata.

Oculté la carta dentro del lomo descosido de mi misal de oraciones, empujando el pergamino con la hoja de una tijera para que no asomara ningún pliegue.

Dos golpes secos en la madera me hicieron dar un respingo.

La puerta se abrió sin esperar invitación. Severin estaba en el descansillo, con la capa corta de montar y la espada de parada al cinto.

—La nevasca ha dado una tregua sobre el valle —dijo con esa brevedad cortante suya—. Necesito inspeccionar el adarve del baluarte norte antes de que caiga la noche. Acompáñeme, Astrid. Es hora de que la guarnición empiece a acostumbrarse a verla caminar a mi lado.

◇

El adarve de la torre norte era un camino estrecho de losas carcomidas por el hielo, suspendido a más de cuarenta varas sobre el abismo del despeñadero de las Ánimas.

Abajo, en el fondo del cañón, los pinos negros parecían cerdas de un cepillo sepultado bajo la nieve. El viento subía por la pared de roca con un bramido sordo, trayendo agujas de escarcha que pinchaban las mejillas como alfileres de plata.

Caminaba dos pasos detrás de Severin, sujetándome los pliegues de la capa con ambas manos para evitar que el viento me desequilibrara. El duque avanzaba con paso firme, examinando las saeteras y los tambores de cuerda de las catapultas de defensa con la atención meticulosa de un capitán de frontera.

A diez varas de distancia, el centinela de guardia —un muchacho joven con la cara embozada en lana grasienta— se cuadraba con la pica en alto al vernos pasar.

Fue en el ángulo ciego donde el muro se quebraba hacia la barbacana.

Una ráfaga descendente, un latigazo brutal de viento helado que bajó de las cumbres con la fuerza de un desprendimiento de rocas, me golpeó en el costado sin previo aviso.

El pie derecho se me deslizó sobre una placa de hielo vivo. El cuerpo se me fue de lado con una violencia que me arrancó el aliento. La barandilla de piedra de ese tramo estaba derruida por las heladas del invierno anterior; el vacío se abrió bajo mis botas como una boca oscura esperando el impacto.

—¡Astrid! —rugió una voz que no reconoció formalismos.

El instinto de salvar a otro revela lo que el miedo intenta esconder.

Severin no pensó en sus guantes. En el segundo exacto en que me vio resbalar, se arrancó el cuero de la mano derecha con los dientes y se arrojó hacia adelante con todo el peso de su cuerpo.

Sus dedos desnudos, ardientes como tenazas recién sacadas de la forja, se cerraron con fuerza de hierro alrededor de mi muñeca derecha.

El contacto fue instantáneo. La lana del puño de mi vestido chisporroteó y se desvaneció en una bocanada de humo negro y ceniza caliente. El aire olía a tela quemada y a ozono cortante.

Me levantó del abismo de un solo tirón poderoso, haciéndome caer sobre su pecho contra el suelo de las almenas.

Quedamos jadeando en la nieve, enredados en las capas. Los dos miramos hacia abajo al mismo tiempo.

La tela de mi manga había desaparecido por completo hasta el codo, calcinada en el aire. Pero debajo de la ceniza, mi brazo desnudo permanecía intacto: piel blanca, viva, ilesa, sobre la que los dedos desnudos de Severin seguían apretando con una fuerza desesperada.

A cinco pasos de distancia, el centinela de guardia nos miraba con los ojos desorbitados por el espanto y el arma temblando entre sus manos enguantadas.

Fin del Episodio 6 · de 10

Té de agujas de pino

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