Me casé con el duque maldito·Episodio 05

La sombra de Walpurga

~5 min · 946 palabras

El chirrido de los goznes de hierro fue lo primero que me arrancó del sueño antes de que las campanas de la capilla llamaran a maitines.

La luz del alba en Bastión de Escarcha no entraba como un rayo dorado: era una mancha cenicienta que se derramaba por las aspilleras estrechas, congelando el vaho de mi respiración a dos pulgadas de las mantas de lana áspera.

Junto al arcón de pino, con un candil de sebo apagado en una mano y un manojo de llaves de hierro colgado de la cintura, Walpurga Holm revolvía mis enseres con la paciencia gélida de un inquisidor de aduana.

—¿Se le perdió algo entre mis camisolas, ama Holm? —pregunté, incorporándome sobre los codos sin apresurarme a taparme el cuello.

La anciana no se sobresaltó. Levantó una enagua de hilo zurcida en el dobladillo, la palpó con dos dedos huesudos buscando dobles fondos y la dejó caer sobre el suelo de losas sin dignarse a pedir disculpas.

—En esta fortaleza no se pierden cosas, señora duquesa —dijo con esa voz seca que sonaba a leña partiéndose bajo la escarcha—. Se vigila lo que entra. Las tres prometidas que os precedieron trajeron frasquitos de agua bendita de San Efrén, saquitos de ruda y estampas de plata consagradas. Todas creían que con rezos de convento se aplacaba la cólera del norte.

—Yo solo traje tres mudas de ropa y dos pares de botas de suela doble.

—Y sin embargo, milord no ha mandado llamar al cirujano al amanecer para curarse las quemaduras de la medianoche.

La mirada de Walpurga se clavó en mi rostro. Tenía los ojos pequeños, hundidos entre arrugas profundas y turbios como agua de pantano, pero dotados de una agudeza clínica que nada tenía de senil.

En las casas nobles sin sol, las llaves de la despensa pesan más que las coronas ducales.

Caminó hacia la mesa de noche con pasos lentos, arrastrando las faldas de paño negro sobre el polvo. De su bolsillo extrajo un aro de latón pesado, un anillo de servidumbre grabado con el blasón de los lobos ciegos de Escarcha, y lo dejó caer sobre la madera con un golpe sordo.

—Las mujeres que sobreviven en este castillo son aquellas que nunca preguntan por qué las cortinas huelen a carbón apagado —sentenció la intendente, mirándome de hito en hito—. Si habéis traído remedios prohibidos para mitigar la ceniza del amo, más os vale confesarlo antes de que el invierno cierre el paso del desfiladero.

—No tengo nada que confesar, ama Holm. Mi único milagro es saber cuándo callarme la boca.

Walpurga inclinó la cabeza con una mueca que no llegó a ser sonrisa. Se dio vuelta sin añadir una palabra y cruzó el umbral, dejando tras de sí un rastro de olor a alcanfor viejo y el crujido de las llaves golpeando contra sus caderas.

◇

La biblioteca del ala este no tenía alfombras ni sillones tapizados. Era una nave gótica y fría como una cripta, donde las estanterías de roble negro trepaban hasta las bóvedas ojivales cargadas de tomos carcomidos por la polilla y el moho.

Pero lo más inquietante no era el abandono, sino el olor: no olía a pergamino viejo ni a cuero engrasado, sino a ceniza mineral y a humo sofocado, como si un incendio hubiera consumido las palabras siglos atrás sin llegar a devorar la madera.

Avancé con pasos cautelosos, envuelta en mi capa de viaje. En el centro de la sala descansaba un atril de hierro forjado con un volumen enorme encuadernado en piel de foca endurecida.

Pasé las hojas con cuidado. Eran los anales de la casa de Escarcha: registros de tributos, levas militares y, a partir del año de la Gran Helada, una lista interminable de incidentes que ningún cronista oficial se había atrevido a publicar fuera del feudo.

«Día octavo del solsticio: se quiebra la jarra de peltre en manos del duque niño. El metal se disuelve en polvillo grisáceo en menos de tres pulsos. Su nodriza sufre ampollas cáusticas en ambas palmas al intentar retirarle el mango caliente.»

La historia de una maldición es solo la contabilidad de las culpas ajenas.

Seguí leyendo con el pulso acelerado. No había mención a brujas ni pactos demoníacos. Solo una palabra repetida con tinta de agallas en el margen de cada página: Ignis cinereus. Fuego de ceniza. La corrupción elemental que devora cualquier materia orgánica no ungida por el lazo original de la sangre.

—¿Buscabais una novela de caballerías para amenizar vuestro encierro, milady?

La voz sonó a mis espaldas como el chasquido de un látigo sobre la nieve.

Me di la vuelta sobresaltada. Severin estaba parado bajo el arco de entrada, con su capa de paño gris ribeteada en piel de lobo y los guantes de cuero de ciervo negro bien calzados hasta el antebrazo. Tenía los ojos fijos en el tomo abierto sobre el atril.

—Buscaba comprender dónde me he metido, milord —respondí sin bajar la mirada, aunque el corazón me golpeaba las costillas.

—Os habéis metido en la boca de una fosa, Astrid. Y en las fosas no hay nada que valga la pena leer.

Dio un paso adelante. La ira en su rostro era una marea contenida, una tensión salvaje que le crispaba las mandíbulas. Al acercar la mano enguantada al atril para cerrar el libro de un golpe, la fricción de su cólera pareció sobrepasar la protección del cuero: una hilera de chispas grises brotó del borde de la hoja, reduciendo el texto de la página en un siseo sofocado a una lluvia de ceniza impalpable.

Me quedé quieta, mirando cómo el polvo gris caía sobre las losas sin atreverme a pestañear.

Fin del Episodio 5 · de 10

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