El pacto de la medianoche
~6 min · 1187 palabras
Astrid retiró los dedos de golpe, como si hubiese rozado la chapa al rojo de una estufa de panadería.
El salero de peltre rodó sobre el roble desnudo, dejando una estela pálida de grano grueso antes de topar contra el borde mellado de su escudilla. En el hueco que quedaba entre ambos, el círculo negro de ceniza en el mantel todavía humeaba con una frialdad seca, casi metálica, como si el lino hubiese decidido olvidar que alguna vez existió.
—Torpe —dijo ella, con la voz una octava más aguda de lo habitual—. Se me ha... el peltre resbala con la salmuera. Siempre me pasa en invierno.
Nadie le creyó.
Severin no se movió de inmediato. Mantenía la mano desnuda suspendida en el aire, a cuatro dedos de la madera, con los nudillos inmóviles. En el aire flotaba un rastro brevísimo, apenas un suspiro de nieve prensada y clavo de olor, que desapareció en cuanto el duque cerró el puño. Astrid se frotó la palma contra la falda de lana burda, sintiendo todavía ese cosquilleo ridículo, una vibración tibia que no se marchaba.
Al fondo de la sala, bajo la sombra que proyectaba el arco de piedra caliza, Walpurga no había pestañeado.
La anciana sostenía una jarra de barro cocido contra el mandil, inmóvil como una gárgola de parroquia rural. Sus ojos pequeños, velados por una neblina de cataratas viejas, no miraban la ceniza del mantel ni el salero volcado; miraban directamente a los dedos encogidos de Astrid.
Severin alargó la otra mano, la que aún conservaba la manopla de tela mineralizada, y recogió el guante de malla de hierro que yacía doblado junto a su plato con la calma fingida de quien finge no haber visto desplomarse una torre.
—Recoge la sal —ordenó él. Su tono volvía a ser el de un inventario de granero: plano, raspado, sin una sola arista que delatara el pulso que le bailaba en la base del cuello.
—Mi abuela decía que tirar la sal trae siete semanas de viento del este —murmuró Astrid, arrastrando los granos con la palma sin mirar al duque.
—Tu abuela decía demasiadas tonterías sobre el viento, me temo.
—Murió a los noventa y dos años sin una gotera en el tejado, mi señor. Algo de viento sabría.
—Walpurga.
La vieja dio un paso fuera de la sombra de la arcada. La suela de sus zuecos de abedul crujió sobre las losas frías con un chasquido seco. No se acercó a la mesa; se detuvo a tres varas, sosteniendo la jarra de barro contra el delantal de cáñamo crudo.
—El mantel de lino fino no se recupera, señor —dijo la mujer, con una voz que sonaba a hojas secas pisadas en noviembre—. Habrá que anotarlo como pérdida en la cuenta de lavandería.
—Anótalo —dijo Severin, ajustándose el segundo guante con un tirón metódico de los dientes sobre la correa de cuero crudo—. Y retira la carne salada. No tiene sabor.
—Tiene el sabor del arenque en salmuera de octubre —replicó Walpurga sin inmutarse—. Si quisiera truchas frescas, tendría que mandar a tres mozos a picar el hielo del Klint hasta deslomarse.
—Solo he dicho que la retires.
Silencio.
El silencio entre dos mentirosos es el único contrato que jamás se firma.
Astrid lo sabía tan bien como él. Los dos fingían que la manga deshilachada de Severin se había enganchado con un clavo flojo, que el mantel simplemente había ardido por una chispa errante de la chimenea y que ella no acababa de tocar la piel de un hombre que, según todas las crónicas y todos los rumores del feudo, convertía en polvo cualquier cosa viva que osara aproximársele.
La anciana se inclinó para recoger la fuente de barro. Antes de dar media vuelta, sus ojos acuosos volvieron a posarse sobre Astrid, pesados como un saco de centeno mojado.
—Cuidado con los bordes de la mesa, muchacha —soltó Walpurga antes de perderse por el pasillo de servicio—. Las astillas de roble viejo se clavan hondo y tardan semanas en salir.
Afuera, una rama desgajada de pino nevado batía contra los vidrios emplomados de la ventana alta, haciendo un ruido regular, seco: tac, tac, tac.
Severin se puso en pie sin mirarla. La corpulencia del hombre tapó de golpe la luz mortecina de los candelabros de hierro.
—Mañana a primera hora bajarás a las leñeras —dijo él, acomodándose la faja de lino sobre la cota corta—. Walpurga insiste en que la cuba de cerveza número tres se echó a perder porque la cebada venía helada, pero yo creo que alguien ha estado guardando leña verde bajo la paja seca y los hornos no tiran.
—Si es leña verde, se notará en el humo —dijo ella, levantando los ojos—. El abedul recién cortado llora resina agria. Cualquiera que haya encendido una lumbre en su vida lo sabe.
Severin se detuvo un instante con la mano enguantada apoyada sobre el respaldo de su silla. La malla de hierro rechinó levemente contra el roble pulido.
—Tú pareces saber demasiado sobre cómo arden las cosas, Astrid de Hede.
—Vengo de un molino, señor. Si no sabes cómo arde la madera, te mueres de frío antes de que llegue la fiesta de San Judas.
El duque torció apenas la comisura de la boca. No llegó a ser una sonrisa, solo una arruga tensa en la mejilla afeitada a navaja tosca.
—Que no falte agua caliente a las seis. Si tengo que afeitarme con escarcha, te costará medio tálero.
—Era un cuarto de tálero en el contrato original.
—La inflación de la medianoche —zanjó él, y cruzó la puerta de roble sin volverse.
Los aposentos asignados a Astrid en el ala oeste olían a hollín viejo y a abandono.
Hacía tanto frío que su aliento formaba una nubecilla espesa cada vez que desataba una cinta de su corpiño. La única luz procedía de un cabo de vela de cera de brezo encajado en un platillo de barro, cuya mecha chisporroteaba con un aroma acre a humo de turba.
Astrid se quitó los zuecos endurecidos por el barro y los dejó junto a la jofaina vacía.
Se sentó en el jergón.
La paja crujió bajo su peso, quejumbrosa y dura. Las vigas del techo dieron un chasquido sordo, ese crujido elástico que hacen los maderos del norte cuando la helada aprieta las junturas hasta casi reventarlas.
Se miró la mano derecha.
Durante la cena se había convencido de que todo había sido un espejismo, una jugarreta del cansancio tras tres jornadas de camino a pie y una tarde entera cargando el baúl. Pero allí, en la penumbra espesa del cuarto, acercó los dedos a la llama temblorosa.
En el dorso de la mano, justo en el nacimiento del dedo índice donde la piel desnuda de Severin la había rozado, no había ampolla ni quemadura alguna.
Su piel continuaba intacta, sonrosada y viva bajo la luz de la mecha, sin un solo grano de ceniza. Solo persistía en lo hondo de los nudillos aquel pulso tibio, un rescoldo de estática que se negaba a disiparse frente al frío del bastión.
Fin del Episodio 4 · de 10
El pacto de la medianoche
¿Te cautivó este episodio?
Invita a otros lectores o comparte una tarjeta de cita estética con tus reflexiones.