Me casé con el duque maldito·Episodio 03

El milagro de la sal

~7 min · 1409 palabras

El polvillo gris tardó tres latidos en posarse.

Cayó como nieve sucia sobre el roble oscuro de la mesa, cubriendo apenas una pulgada de madera pulida antes de que el aire helado del salón la dispersara hacia las rendijas de las tablas. Severin no retiró la mano de golpe. Lo hizo despacio, con esa calma calculada y rígida de quien ha ensayado mil veces la compostura ante una catástrofe diminuta.

Walpurga ni siquiera levantó la barbilla del borde de la jarra de peltre.

—Harán falta tres brazas de cáñamo para encordar las tinas mañana —dijo el ama de llaves, con una voz que sonaba a guijarros frotándose en el fondo de un pozo—. El cuero de curtiduría vieja no resiste el invierno de Klintmark.

—Anotadlo en la tablilla de la despensa —respondió Severin. Su voz no tenía temblor alguno, pero mantuvo los dedos de la mano derecha cerrados en un puño tenso sobre el regazo, fuera de la vista.

Astrid masticó despacio un bocado de arenque. La salazón estaba tan dura que parecía tallada en madera de deriva, pero el trabajo de mandíbula le sirvió para no soltar la media docena de preguntas que se le agolpaban detrás de los dientes. En el molino de su padre, cuando una polea reventaba y arrojaba chispas contra el grano seco, nadie se quedaba mirando las vigas como si el techo fuera una obra piadosa. Se echaba mano al cubo de arena y se maldecía a los santos.

Aquí, en cambio, la ruina se barría con una servilleta de lino crudo.

—La cerveza está agria —comentó ella, dejando la jarra sobre el mantel.

—Es la de la tercera cuba —repuso Walpurga sin mirarla—. La cebada se heló antes de la molienda. Si no le agrada el amargor, en la aldea baja todavía guardan dos barriles de sidra turbia del otoño pasado. Podríamos pedirle a su primo que los suba en la carreta, siempre que la nieve no tape el paso del brezal.

—Mi primo no sube una cuesta si no le pagan por adelantado y con moneda que tintinee.

—Una virtud encomiable en un muchacho de su edad.

Severin soltó un bufido breve, seco como el chasquido de una astilla al partirse.

—Céntrate en el plato, muchacha. Y deja en paz las finanzas de tus parientes.

—Solo decía que la cerveza sabe a vinagre de pino, milord. Si vamos a pasar doce meses comiendo lo mismo, convendría saber si el cocinero tiene lengua o solo una cuchara de hierro para probar los caldos.

Una ráfaga de viento del norte azotó los vidrios emplomados del ventanal este. Las ramas secas de un abeto que crecía pegado a la barbacana restallaron contra el cristal con un crujido sordo, casi humano, y en lo alto del techo las vigas maestras protestaron con un gemido largo y hueco, contrayéndose por la helada que apretaba afuera a tres grados bajo cero. En el hogar de la chimenea gigante, el tronco de abedul verde siseó de pura frustración, soltando una bocanada de hollín frío que bajó rodando por la campana de piedra.

Nadie se movió.

Era una casa que aprendía a vivir con el frío como los viejos aprenden a convivir con el dolor de rodillas.

◇

Walpurga retiró los cuencos de barro con una parsimonia litúrgica. Sus pasos sobre las losas descoloridas apenas producían sonido, amortiguados por los zuecos forrados de fieltro que arrastraba con disciplinada lentitud. Entre el ir y venir de la bandeja de estaño, dejó sobre la mesa el salero.

Era una pieza pesada, rechoncha, de peltre macizo con la tapa picada en forma de bellota aplastada. Tenía una abolladura evidente en la base, producto sin duda de alguna caída vieja, lo que hacía que bailara un poco sobre el mantel cada vez que alguien apoyaba los codos cerca.

Astrid se quedó mirando la sal gruesa que asomaba por los orificios. Grisácea, marina, llena de impurezas de salina del sur.

—Walpurga te entregará al alba la llave del candado grande —dijo Severin. Seguía sentado con la espalda recta contra el respaldo de roble alto, con la casaca de paño gris abrochada hasta la garganta por corchetes de plata opaca. Había sacado la mano derecha sobre la mesa otra vez, desnuda; el resto del guante de malla yacía doblado junto a su plato, una pequeña cota de anillos diminutos que parecía una serpiente de hierro dormida—. Quiero el inventario antes del mediodía. Comprueba las pilas de haya blanca y las de pino.

—Sé contar vigas tan bien como fanegas de grano —dijo Astrid, apartando una miga dura con la uña del pulgar.

—La duda no es tu aritmética, sino tu paciencia. Si la humedad ha entrado en la madera baja, no esperes que Walpurga te asigne mozos para mover los troncos.

—No necesito mozos para distinguir un leño podrido de uno seco.

Severin entrecerró los ojos. Por una fracción de segundo, la sombra de una sonrisa —una arista dura, casi invisible— asomó en la comisura de sus labios.

—Eres insolente, Astrid.

—Soy práctica, milord. Mi madre me enseñó que callarse ante una chimenea atascada solo sirve para despertar con la cara tiznada y las sábanas oliendo a cenicero.

Alzó el brazo hacia el centro del tablero para alcanzar el salero de estaño. Pensaba echar un pellizco sobre el trozo de pan de centeno duro que aún aguardaba junto a su jarra.

Pero la manga de su sayal, áspera y tiesa por los lavados sin lejía de ceniza, tropezó con el borde de la jarra vacía.

El cacharro de barro se tambaleó. Astrid corrigió el movimiento con un reflejo rápido, pero el envión de su antebrazo golpeó de lleno el salero de peltre abollado. La pieza rodó sobre su base irregular, giró sobre sí misma con un ruido metálico y seco que cortó la respiración de la sala, y comenzó a deslizarse a toda prisa hacia el borde del tablón de ocho varas, buscando el suelo de piedra.

Severin reaccionó por puro instinto de señor de la casa.

Estiró el brazo derecho para atajar la caída antes de que el metal se estrellara contra las baldosas.

Astrid hizo lo mismo, arrojándose hacia adelante con el torso pegado al roble.

Ninguno de los dos miró las manos del otro.

El salero quedó atrapado entre las dos palmas a tres dedos del abismo de la mesa. Pero la velocidad del movimiento traicionó la distancia: la mano desnuda de Severin, desprovista de la malla y el lino blindado, no solo frenó el estaño frío, sino que resbaló por su costado y sus dedos largos, pálidos y callosos se cerraron directamente contra los dedos desnudos de Astrid.

Piel contra piel.

El aire pareció vaciarse del comedor con la violencia de un fuelle desfondado.

Walpurga dejó caer el paño de cocina.

No hubo fuego ni chispa alguna. Pero desde el punto exacto donde la carne desnuda del duque rozaba la tela de la mesa, un siseo áspero recorrió el lino. La orilla del mantel y la tela cruda que cubría la madera fueron devoradas en menos de tres segundos por una mancha grisácea e instantánea, una combustión fría que desintegró el tejido en un polvillo inodoro antes de rozar el roble.

El lino bajo el brazo de Severin simplemente dejó de existir, desmoronándose en ceniza impalpable y limpia que cayó flotando hacia el suelo de piedra.

Astrid no gritó.

Sintió un cosquilleo agudo, exactamente igual al que daba frotar una vara de ámbar contra un trozo de lana en las tardes secas de tormenta, pero tibio. Extrañamente tibio. Una corriente viva que le subió por el antebrazo hasta la clavícula, haciéndole erizar el vello de la nuca, pero sin quemar. Sin morder.

Severin no respiraba.

Se quedó completamente inmóvil, con los ojos grises clavados en la unión de sus dos manos, donde sus dedos delgados apretaban con fuerza los dedos de ella. Sus nudillos estaban blancos por la intensidad de la presa, incapaces de soltar, incapaces de procesar el milagro o el espanto.

No hay nada más peligroso para un desterrado que descubrir que alguien puede tocarlo sin perecer.

El silencio se volvió espeso, roto únicamente por el golpe rítmico de la rama de pino contra la ventana emplomada y el posarse callado del polvillo en el suelo.

El mantel bajo el brazo de Severin era un círculo de ceniza inodora deshecha, pero la piel de los dedos de Astrid seguía intacta, sonrosada y viva bajo su tacto estupefacto.

Fin del Episodio 3 · de 10

El milagro de la sal

Siguiente Episodio 4~6 minEl pacto de la medianoche“El silencio entre dos mentirosos es el único contrato que jamás se firma.”Seguir leyendo
Comparte esta experiencia literaria

¿Te cautivó este episodio?

Invita a otros lectores o comparte una tarjeta de cita estética con tus reflexiones.