Me casé con el duque maldito·Episodio 02

Cubiertos de estaño

~6 min · 1280 palabras

La doncella dobló la esquina del corredor a la carrera, dejando tras de sí un rastro de copos oscuros que flotaban en el aire antes de posarse sobre la piedra húmeda. Astrid estornudó. El polvillo olía a lino chamuscado y a hojas secas pasadas por la lumbre, un olor denso que se pegaba al paladar como harina cruda.

—Camina, muchacha —dijo Walpurga Holm sin siquiera girar la cabeza hacia el pasillo en sombras—. El hollín no muerde, pero la sopa se enfría.

El gran comedor de Bastión de Escarcha parecía haber sido concebido para gigantes que se odiaban. Una mesa de roble macizo de ocho varas de largo dominaba la estancia, separando las dos cabeceras como si entre ellas mediara una legua de brezal desolado. En las paredes, las vigas maestras crujían con chasquidos sordos, quejándose contra la helada que descendía desde los acantilados de Klint. Afuera, una rama de pino cargada de nieve azotaba los vidrios emplomados con golpes rítmicos, secos, como los nudillos de un viajero que nadie pensaba dejar entrar.

Severin von Klint ya estaba sentado en el extremo norte, de espaldas a una chimenea descomunal donde apenas ardían tres leños mal avenidos. Llevaba una casaca de paño gris de corte severo y las manos reposaban sobre el tablero, enfundadas en sus guantes dobles: la tela mineralizada y la finísima malla de hierro batido que tintineaba con un rumor apagado al menor roce con la madera.

Astrid tomó asiento en el extremo sur. La madera de la silla era áspera y el frío del asiento le atravesó las faldas en un segundo.

Walpurga se apostó junto al aparador, tiesa como un poste de demarcación, sosteniendo una cuchara de servir con ambas manos cruzadas sobre el mandil.

Nadie habló.

Frente a Astrid reposaba una escudilla con gachas espesas de cebada tostada, un trozo de pan de centeno que parecía cortado con hacha y dos tiras de arenque en salazón que brillaban con una grasa pálida. A su derecha descansaba una cuchara de estaño con el borde mellado por décadas de uso descuidado. Cuando la tomó, el metal le heló la yema de los dedos.

Al otro lado de la mesa, Severin la observaba con ojos tranquilos, sosteniendo su propia cuchara de estaño con la diestra enguantada. La malla férrea producía un chirrido metálico cada vez que raspaba el fondo del cuenco.

Astrid removió las gachas.

—¿Siempre se cena en procesión fúnebre o es una cortesía reservada a los deudores? —preguntó ella.

Walpurga ni pestañeó, pero Severin detuvo la cuchara a medio camino de la boca.

—El contrato estipula cohabitación y cena compartida —respondió él, con una voz que viajó por el roble como una piedra rodando sobre hielo—. No exige conversación de taberna.

—Una suerte. A este paso, el silencio nos va a ahorrar el esfuerzo de masticar.

Severin bajó la vista hacia el arenque, imperturbable. Astrid se llevó una cucharada de gachas a los labios. Sabían a humo frío y a grano viejo, pero el calor del guiso le asentó el estómago, deshaciendo el nudo que traía desde la caminata por el desfiladero. En la aldea del molino, su padre solía echar un pellizco de canela molida en las gachas de los domingos; aquí, la única especia parecía ser la ceniza del tiro de la chimenea.

Walpurga dio un paso al frente con la jarra de barro cocido, rellenó la copa de peltre de Astrid con una cerveza agria y turbia, y volvió a su puesto junto al aparador sin emitir un solo respiro perceptible.

El hambre en este castillo se parece demasiado a la disciplina militar.

Astrid dejó la cuchara a un lado. El metal repicó con un tañido seco.

—Las gachas están saladas —comentó ella, cruzando los brazos sobre el borde de la mesa.

—Están cocinadas con la salmuera del arenque para no desperdiciar el adobo —dijo Severin, sin levantar la vista de su plato—. En Klintmark no se tira nada que pueda conservarse tres semanas más.

—Se nota. Incluso el aire parece conservado desde el siglo pasado.

Una sombra de mueca —apenas un temblor en la comisura izquierda— asomó en el rostro del señor de Klint. Cortó un pedazo de pan duro usando un cuchillo de mango enteramente de bronce. Ni una sola fibra de madera tocaba sus dedos; los cubiertos eran pesados, toscos lingotes forjados para evitar cualquier accidente con materiales vivos.

—Si la hija del molinero considera que el aire es escaso, puede abrir la ventana emplomada a su espalda —dijo él—. La ventisca suele ser generosa con las opiniones forasteras.

—Prefiero conservar las orejas, gracias.

—Una decisión prudente. Perderlas antes de saldar los ciento cuarenta táleros restaría valor a su desempeño.

Astrid arqueó una ceja.

—¿Tiene tasado el precio de una oreja en sus libros de cuentas?

—Walpurga lo tiene. Yo solo firmo los recibos.

El ama de llaves no se dio por aludida, pero sus pupilas grises se deslizaron un milímetro hacia Severin, como si aprobara el cálculo contable.

Silencio otra vez.

El viento arreciaba afuera, haciendo crujir las junturas de plomo de los ventanales. Una corriente invisible entró por debajo de la puerta de la servidumbre y movió la llama de la vela de sebo que presidía el centro de la mesa, despidiendo un humo grasiento que trepó perezoso hacia los artesonados del techo.

Astrid se frotó disimuladamente el costado; la ballena del corsé seguía clavándosele contra la costilla, recordándole que no estaba en su cocina, ni junto a la artesa de amasar, sino en una fortaleza que amenazaba con devorarla a base de frío y protocolos notariales.

—Los hornos de abajo —dijo ella de pronto, rompiendo el compás monótono de los cubiertos— no calientan porque el tiro está ciego de carbonilla. O porque alguien les echa leña verde.

Severin detuvo el cuchillo de bronce sobre la corteza del centeno.

—¿Es usted experta en fundición además de panadera?

—Soy hija de molinero. Y en un molino se aprende a escuchar el fuego antes de que te queme el grano. El hornillo de la sala de armas resopla como una mula vieja.

Severin la miró fijamente. Por primera vez desde que se habían sentado, sus ojos grises parecían buscar algo detrás de la insolencia práctica de la muchacha. La tensión entre ambos no era de espadas, sino de dos voluntades tanteándose a través de ocho varas de roble.

—Mañana revisará las leñeras —dijo él con sequedad—. Si encuentra leña verde, se la descuenta al mayoral.

—Hecho.

Severin apartó su plato de estaño, que había quedado limpio con una precisión casi quirúrgica. Parecía tener sed. Frente a él descansaba una jarra de estaño llena de cerveza agria, con el asa envuelta en una tira de cuero para aislar el frío del metal y colocada fuera del alcance del mantel de lino crudo.

Con un movimiento fluido y mecánico, Severin llevó los dedos de la mano izquierda al puño de su guante derecho. Tiró de las lazadas de cuero curado.

El guante de lino reforzado y malla férrea se deslizó hacia fuera, revelando una mano pálida, de dedos largos y nudillos marcados.

Astrid contuvo la respiración.

Severin estiró el brazo para alcanzar la jarra de estaño, con la intención evidente de servirse un trago sin la torpeza del hierro.

Pero apenas la piel de su índice rozó la tira de cuero del asa, un siseo áspero recorrió el aire. No hubo llama, ni chispa visible: solo una mancha de negrura fulminante que trepó por la badana como tinta derramada sobre sal. El cuero entero se desmoronó, disolviéndose en una cascada de tizne gris y polvo inodoro que se deshizo en el vacío antes de llegar a tocar la madera de la mesa.

Fin del Episodio 2 · de 10

Cubiertos de estaño

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