Me casé con el duque maldito·Episodio 01

La dote del humo

~8 min · 1673 palabras

El gozne derecho de la reja cedió con un chirrido agrio, como el de una articulación vieja obligada a doblarse después de una helada larga. Astrid empujó los barrotes con el hombro, afirmando los zuecos de abedul en el barro apelmazado del camino de ronda. El baúl de abeto carcomido —con una cantonera de latón medio suelta y los viejos agujeros de polilla tapados con cera de abejas— pesaba más de lo que admitirían sus brazos al día siguiente; cada sacudida enviaba una punzada sorda desde la clavícula hasta la cintura, donde el recibo de las deudas de su madre, doblado en cuatro sobre un lienzo tieso, le mordía la carne a través del forro del corsé.

El papel crujía con cada paso.

Eran ciento cuarenta táleros de plata imperial, tres balas de lana sin cardar y una deuda de salazón que nadie en su aldea recordaba haber consumido. Venderse por un año no es morir; es apenas postergar la respiración hasta la primavera, se repitió Astrid con la boca apretada, el vaho blanco escapándosele entre los dientes como humo de cal viva. La frase se la había dicho la comadrona al despedirla en el recodo del bosque, mientras le envolvía en un trapo limpio un pedazo de queso duro de cabra que ya sabía a rancio.

El patio de armas de Bastión de Escarcha no ofrecía ninguna bienvenida señorial. Era un pozo de piedra gris encajado contra el acantilado calizo de Klint, donde el viento del mar empujaba remolinos de aguanieve sucia contra los comederos vacíos. En lo alto, las vigas maestras del tejado gemían con un estallido seco, contrayéndose por la helada como si la fortaleza entera se encogiera de hombros para protegerse del norte.

Una puerta lateral de roble reforzado se abrió apenas tres dedos. Por la rendija asomó una mujer de cofia almidonada, envuelta en un manteo de lana hervida del color del hollín.

—Si traes pescado seco, el cobertizo de los salazones está detrás del pozo —dijo la mujer con una voz que sonaba a cascajo removido con pala.

—No traigo pescado, señora —respondió Astrid, soltando el baúl contra el zócalo de piedra con un golpe hueco que le alivió los dedos helados—. Traigo un contrato de matrimonio por deuda a nombre de Astrid, hija de Dagobert. Doce meses.

La mujer abrió la puerta del todo. Tenía la piel curtida por el humo de turba, unos ojos grises que no parpadeaban con facilidad y un delantal de lino burdo atado con doble vuelta a la cintura. En la mano sostenía una navaja roma con la que acababa de raspar las impurezas de una vela de sebo.

—Walpurga Holm —se presentó, examinando el baúl con un desdén puramente administrativo—. Entra antes de que se enfríe la lumbre del zaguán. Los chicos de cuadra han dejado la cancela abierta otra vez y el tiro de la chimenea escupe hacia adentro.

Astrid alzó el baúl y cruzó el umbral. El interior olía a grasa rancia de carnero, cerveza agria fermentada en barricas húmedas y un hollín tan frío y antiguo que parecía haberse incrustado en el mortero mucho antes de que nacieran sus abuelos. En una mesa baja de pino descansaba un plato con gachas de cebada ya cuajadas y dos arenques secos sobre una tabla de cortar astillada.

—¿Vino el carretero del brezal de Hede? —preguntó Astrid, frotándose los nudillos enrojecidos para devolverles el pulso.

—Ese borracho no pasa del vado cuando la cellisca arrecia —replicó Walpurga, cortando una rebanada de pan negro que tenía la corteza dura como una teja—. Se habrá quedado durmiendo en la taberna de la calera. ¿Tienes frío?

—Se me pasa caminando.

Walpurga soltó un bufido seco que pretendía ser indulgente. Señaló con la punta de la navaja un banco corrido.

—Siéntate ahí y no toques los rollos de lino crudo. Están contados para el blanqueo de Pascua. Y saca ese papel que llevas metido en las costillas, que te estás doblando como una caña verde por no arrugarlo.

Astrid se desató el sayal con dedos torpes. Descosió con cuidado el hilo basto que sujetaba la cédula al forro interior de su cuerpo de vestir, notando el alivio inmediato en el costado donde la ballena de sauce le había dejado una marca encarnada. Si madre hubiera tenido la prudencia de no fiar el grano aquel invierno—

Se detuvo a medio pensamiento. Pensar en su madre no pagaba táleros.

—El señor de Klint está en la sala de armas bajas —comentó Walpurga, tomando el pergamino entre dos dedos sin mirarlo demasiado—. Revisa los asientos de trigo del arriendo. Si crees que te va a perdonar un solo día de fregar calderas o de sacudir ceniza porque tengas los ojos claros, vete quitando esa idea del magín.

—No he venido a pedir caridad —dijo Astrid, enderezándose.

—Nadie viene aquí a pedir caridad, muchacha. La caridad da calor; este sitio no.

◇

La sala contigua era más amplia y considerablemente más oscura. El único alivio contra las corrientes que bajaban por las aspilleras era una chimenea colosal labrada en piedra caliza, en cuyo hogar ardía una pirámide de tocones de abeto que crujían con desgana. Severin von Klint estaba inclinado sobre una mesa de nogal atestada de hojas sueltas, tinteros de plomo y un mapa costero sujeto en las esquinas por piedras de río pulidas.

Llevaba un jubón de cuero gastado por las coderas, sin adornos ni encajes, y unos guantes de trabajo cuya malla de hierro oxidada rozaba la superficie de la mesa con un tintineo sordo cada vez que movía el compás.

No levantó la vista de inmediato.

Astrid se quedó de pie junto a la arcada, con el baúl en el suelo a sus pies. En una esquina, sobre un brasero de hierro forjado al que llamaban el hornillo mudo, una cafetera de peltre hervía con un borboteo lento, despidiendo un vaho acre que olía a achicoria tostada y a virutas de sauce verde.

—La hija del molinero de Hede —dijo finalmente Severin. Su voz no era amenazante ni ceremoniosa; tenía la sequedad precisa de quien mide tablas para un entarimado.

—Astrid, señor.

Él levantó la mirada. Tenía las ojeras oscuras de las noches pasadas bajo lámparas de manteca y un mechón de pelo castaño claro que se le escapaba hacia la frente, desordenado por un gesto inconsciente de la mano enguantada. Examinó a la muchacha desde los zuecos salpicados de lodo hasta la trenza rubia, aplastada por la capucha.

—El inventario dice que tu padre dejó a deber doce cargas de centeno limpio y la reparación del caz de la presa.

—Y mi madre pagó seis con la cosecha de San Miguel —replicó ella sin titubear, aunque el estómago le crujió ligeramente por las horas de marcha sin probar bocado—. El recibo está en manos de la señora Holm. Quedan seis cargas y los intereses del diezmo.

Severin soltó el compás de latón sobre el mapa. El instrumento rodó dos pulgadas y se detuvo contra el borde del papel.

—El lino de la casa no se teje solo —dijo él, apoyando los puños en la madera—. Y las chimeneas de la torre este no se limpian con palabras firmes. Hay escarcha en los desvanes desde noviembre.

—Sé hilar con huso y con rueda —dijo Astrid, ladeando apenas la barbilla—. Y sé raspar el hollín de los conductos sin asfixiarme. En el molino pasé tres inviernos deshaciendo los atascos del hielo bajo las palas.

Severin la observó un segundo más, con una ligera inclinación de la cabeza que revelaba una curiosidad involuntaria.

—Las palas del molino no intentan quemarte vivo —murmuró él, pasándose la manga por la frente.

—Tampoco el fuego, si se le da salida.

Un amago de sonrisa, tan breve que pudo haber sido un parpadeo de la vela, tensó la comisura de la boca del noble.

—Walpurga te asignará un cuarto en el ala oeste —dijo, volviendo la atención a sus cuentas—. Si a las seis de la mañana no hay agua caliente en las jarras de estaño de la antecámara, descontaré un cuarto de tálero de la cuenta de tu madre. Puedes retirarte.

Astrid no dio las gracias. Asintió con una reverencia mínima y levantó el baúl, decidida a no mostrar que las piernas le temblaban de cansancio.

◇

El corredor hacia las cocinas se retorcía como una trinchera húmeda entre muros de sillar sin revocar. Las ramas de pino peladas por el viento azotaban los vidrios emplomados de las ventanas altas con un golpeteo rítmico, semejante al de nudillos impacientes tratando de entrar. Walpurga caminaba delante con paso pesado, balanceando un manojo de llaves que sonaban como grillos de hierro.

—No le lleves la contraria al señor Severin cuando tenga los mapas abiertos —advirtió el ama de llaves por encima del hombro—. Lleva tres semanas intentando averiguar por qué los hornos del sótano no retienen la brasa. Si la lumbre de la casa se apaga, este castillo se vuelve una cueva de osos.

—Tengo buen ojo para los tiros de chimenea —dijo Astrid, ajustándose la carga.

—Aquí no mandan los tiros, muchacha. Manda otra cosa.

Iban a doblar el recodo en ángulo recto que conducía a la galería del salón principal cuando un chirrido agudo rasgó la penumbra del pasillo. Una puerta batiente se abrió de golpe, golpeando contra la pared de piedra con un estruendo que hizo zumbar las vigas.

Una doncella menuda, con los ojos desorbitados y la cofia torcida sobre la frente, salió corriendo a trompicones hacia ellas, tropezando con los bajos de su propia saya.

Llevaba entre las manos temblorosas una bandeja honda de estaño, levantada como un escudo inútil.

Astrid se pegó a la pared para esquivarla, pero el aire que traía la muchacha la golpeó en el rostro con una bocanada sofocante: la bandeja no contenía platos, ni jarras de cerveza, ni tajadas de carne curada, sino una montaña humeante de cenizas tibias que derramaban una lluvia fina y gris sobre las losas descoloridas a cada paso enloquecido que daba.

Fin del Episodio 1 · de 10

La dote del humo

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