Las campanas de la tarde
~4 min · 821 palabras
La residencia de doña Candelaria en el barrio El Prado de Barranquilla olía a azahares y a salitre marino. Era una mansión republicana con columnas dóricas de yeso blanco y amplios jardines plantados con palmeras reales traídas de Cuba en los años cuarenta. Me recibió una sobrina suya de pelo cano que me miró con asombro al ver mis manos manchadas por el ácido nítrico y el pulidor de joyas. En la habitación del fondo, rodeada de ventanales que dejaban pasar la brisa fresca del mar Caribe, reposaba una anciana de rostro sereno y ojos oscuros que no habían perdido el brillo penetrante de la juventud ribereña. Al verme de pie en el umbral con el paño morado entre las manos, no preguntó quién era ni de dónde venía: sus labios dibujaron el nombre de Aureliano con la misma naturalidad con que el agua busca su cauce.
La habitación respiraba una calma atemporal. Sobre una cómoda de caoba descansaban retratos en sepia de vapores de río, postales de Hamburgo y París, y una pequeña fotografía de mi abuelo a los veinte años, vestido con traje de dril blanco y sosteniendo una hilera de trefilar entre sus manos. Doña Candelaria me hizo una seña con su mano derecha, pidiéndome que me acercara a su cabecera. Tenía la piel tan fina y transparente que se podían distinguir las venas azules latiendo como hilos de plata bajo su sien.
Puse la caja de filigrana sobre la mesita de caoba junto a su cama. Introduje la llave de plata, le di tres vueltas completas al tambor y liberé el escape. En el silencio de la alcoba comenzó a sonar la melodía secreta: las notas graves del río Magdalena fluyeron con una limpidez cristalina, seguidas por el repique sutil de los martillos de oro sobre las campanillas internas. Cuando la esfera completó su giro, la tapa se abrió sola y el anillo de rubí brilló bajo la luz dorada del atardecer caribeño. Doña Candelaria estiró sus dedos delgados, temblorosos por los años, y tocó la piedra roja con una devoción infinita.
«Él siempre dijo que el metal diría lo que su garganta no pudo», me dijo con una voz suave que parecía venir de muy lejos, como el eco de un caracol marino en la arena. «Dile a tu padre y a todo Mompox que ya no tienen que detener los relojes a las cuatro. Dile que el vapor llegó a su destino y que nadie se quedó esperando en la orilla». Me entregó un sobre sellado con cera roja dirigido al párroco de Santa Bárbara, en el que donaba los fondos necesarios para restaurar el carrillón de bronce de la torre municipal. Permanecí a su lado hasta que las sombras de la noche cubrieron los jardines de la casona. Lloró despacio, sin aspavientos ni lamentos, con esa dignidad austera que comparten las mujeres que aprendieron a esperar frente a los grandes ríos.
Regresé a Mompox tres días después, cuando las campanas de San Agustín anunciaban el mediodía bajo un sol incandescente. Entré a mi taller desierto, donde el polvo de oro brillaba suspendido en los rayos de luz que cruzaban las persianas. Miré los doce relojes de pared colgados en la sala de espera. Por primera vez en medio siglo no recorrí los corredores a las tres y cincuenta y cinco para trabar los péndulos. Me senté en mi banquillo con las pinzas en la mano y esperé en paz. Y cuando el gran reloj alemán de pie dio las cuatro campanadas solemnes, su bronce retumbó en las vigas del techo no como una amenaza de fantasmas, sino como una bendición que liberaba por fin la memoria de nuestra casa.
Antes de marcharme de la casona de Barranquilla, doña Candelaria me pidió que me inclinara y me bendijo la frente con unos dedos que olían a agua de colonia y a alcanfor. Me puso en las manos la caja de filigrana, ya sin la tarjeta, y me cerró los dedos sobre ella como quien cierra un relicario. «Vuelve a tu río, muchacho», me susurró. «Y la próxima vez que suenen las cuatro, no corras a pararlas».
Crucé de vuelta en el ferri de Bodega con la caja de filigrana en el regazo. En la plaza de Santa Bárbara los niños bailaban trompos bajo los almendros y las mujeres tendían sábanas al sol de la tarde. Entré al taller, tomé las pinzas de bronce y seguí con unos aretes de canastilla para una novia del pueblo. A las tres y cincuenta y cinco no me levanté. Los doce péndulos de la sala de espera llegaron juntos a las cuatro y dieron la primera campanada, la segunda, la tercera. Conté la cuarta con las pinzas en el aire. No oí vapores hundidos ni voces del siglo diecinueve. Oí la aldaba del lagarto, y a la novia preguntando desde el portón si los aretes estarían para el sábado.
Fin del Episodio 5 · de 5
Las campanas de la tarde
¿Te cautivó este episodio?
Invita a otros lectores o comparte una tarjeta de cita estética con tus reflexiones.
Para seguir leyendo

El mar que nadie mira
En las salinas abandonadas de Manaure, donde las charcas de evaporación tiñen la arena de rosa mineral, vive Remedios con doscientas botellas de vidrio atadas a las vigas de su rancho. Cada botella guarda un viento diferente: la brisa que maduró los melones en 1974, el aire húmedo de la última lluvia grande antes de las esclusas de cemento y los suspiros de quienes partieron hacia el mar sin despedirse. Cuando su nieto Camilo, ingeniero de una multinacional energética, llega con un contrato para expropiar la franja litoral y levantar cuarenta aerogeneradores gigantescos, Remedios le entrega una pequeña botella sellada con cera roja: el último aliento de la madre que Camilo nunca llegó a conocer.