El río que devuelve las voces
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Para reparar la caja de música necesitaba devolverle la elasticidad al muelle real sin desoldar las filigranas de laurel que cubrían el bastidor. Encendí mi hornillo de fundición con astillas de guayacán seco y preparé un baño de ácido bórico para proteger el lustre del oro antiguo. Durante dos días y dos noches trabajé sin cerrar los postigos del taller, oyendo a lo lejos el silbato ronco de los convoyes de remolcadores que subían hacia Barrancabermeja cargados de tubería petrolera y víveres. Mis vecinos se asomaban por la reja con curiosidad contenida: don Teófilo, el sastre de la esquina, me preguntó si preparaba un regalo para el señor obispo en su visita pastoral, y yo solo respondí con una inclinación de cabeza y una sonrisa cansada.
El trabajo sobre el mecanismo requería una concentración absoluta. Con alicates de punta de aguja enderezé tres dientes del piñón central que se habían doblado durante la inundación de los años sesenta. Cada tornillo de fijación medía menos de un milímetro de diámetro y tenía la rosca tallada a mano en bronce fosforoso. Mientras el aceite de ballena purificado penetraba en los rubíes de los centros de giro, recordé cómo mi padre solía decir que una máquina de precisión no es más que un corazón de metal que necesita compasión para seguir latiendo. En Mompox el tiempo siempre ha corrido más despacio que en el resto del mundo, pero aquella noche cada segundo pesaba como una arroba de plomo sobre mis hombros.
Al amanecer del tercer día, el mecanismo volvió a latir con suavidad. Coloqué el anillo en su receptáculo interior y cerré la tapa de alambre con un golpe seco del martillo de boj. El reloj de la iglesia de Santa Bárbara comenzó a tañer las campanas del alba con su sonido de bronce rajado que los momposinos reconocemos con los ojos cerrados. Me lavé la cara en la batea de piedra del patio y me vestí con mi camisa de lino blanco almidonada, la misma que reservaba para las fiestas de la Independencia y los sepelios de orfebres viejos. Tomé la caja envuelta en un paño de terciopelo morado y caminé hacia el muelle de las Nieves, donde don Samuel amarra su lancha rápida con motor fuera de borda.
«Voy para Magangué, muchacho», me dijo el barquero mientras enrollaba el cabo de proa en la bita de hierro. «Y de ahí sale el expreso terrestre para Barranquilla a las diez. Si vas a viajar, súbete ya que el río viene crecido y los troncos bajan con furia». Subí a la embarcación con el paquete apretado contra el pecho. Al alejarnos de la orilla vi mi casa empequeñecerse entre los almendros y las ceibas gigantes: los balcones de madera tallada, el tejado mohoso por la lluvia, las ventanas donde mi abuelo pasó medio siglo mirando el agua sin pronunciar una sola queja.
El viaje por el Magdalena fue una travesía de agua parda y garzas blancas que se levantaban en bandadas ante el rugido del motor. Pasamos frente a los playones de San Fernando donde los pescadores extendían sus atarrayas de nylon sobre canoas de ceiba vaciada. El aire olía a ciénaga viva, a madera podrida y al combustible diésel de las barcazas que bajaban de Puerto Wilches. Mientras la lancha cortaba las olas cortas de la corriente, sentí que la caja dentro de mi camisa latía al compás de mi corazón. No llevaba un encargo comercial ni una reliquia para vender en las joyerías de la gran ciudad. Llevaba una respuesta que había tardado cincuenta y dos años en encontrar su camino, fabricada con el mismo oro que los conquistadores arrancaron de los ríos del Sinú y que nosotros transformamos en encaje para aplacar el olvido.
El cielo sobre el Brazo de Mompox se tiñó de un violeta encendido mientras la lancha dejaba atrás las ciénagas de Santa Bárbara. A mi lado viajaba un anciano vendedor de sombreros de palma que dormitaba con la barbilla apoyada sobre un bulto de fique, ajeno por completo al drama silencioso que yo llevaba entre las manos. Cada curva del río me traía recuerdos de los relatos que mi tía Úrsula contaba en el zaguán: los barcos de vapor que encallaban en los bancos de arena durante las sequías de marzo, los contrabandistas de tabaco que bajaban en balsa desde Honda y las serenatas de acordeón que los pescadores dedicaban a la luna de octubre. Al llegar al desembarcadero de Magangué, el bullicio de los camiones de carga y el pregón de los vendedores de pescado frito me arrancaron de golpe de mi ensimismamiento. Compré mi pasaje de autobús en la taquilla de madera y me acomodé en la última fila con el paquete apretado contra el regazo, sintiendo que cada kilómetro de carretera me acercaba a la rendición de cuentas definitiva con el pasado de mi estirpe.
El calor del mediodía en la carretera de Magangué a Barranquilla era una losa pesada que derretía el asfalto bajo las llantas del autobús. Los pasajeros se abanicaban con periódicos viejos y bebían agua de panela con limón en vasos de aluminio. A través de la ventanilla empañada por el polvo, vi pasar las llanuras interminables de Bolívar y los playones secos donde pastaban rebaños de ganado cebú con el lomo blanco. Yo mantenía la caja sobre mis rodillas, protegiéndola de los baches y de las miradas curiosas. Cada sacudida del camino hacía sonar levemente los engranajes interiores, como si la joya estuviera impaciente por llegar a su destino final y revelar al fin el secreto que había guardado durante media centuria.
Fin del Episodio 4 · de 5
El río que devuelve las voces
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