La noche de las linternas
~3 min · 696 palabras
El sábado, Calablanca se puso guapa sin que nadie se lo pidiera.
Desde media tarde, el espigón del faro se fue llenando de gente: familias con neveras, abuelas con sillas plegables, chavales de la isla que habían venido en el ferry de las siete con la camiseta de las fiestas de su pueblo, por llevar la contraria. El panadero vendió toda la coca antes de las nueve. Los del Ayuntamiento habían arreglado las guirnaldas, que ahora parpadeaban un poco, como si se les hubiera quedado algo de tormenta dentro.
Alba terminó la ballena a las ocho y diez, subida al tablón con la última luz. Le dio la vuelta a la cola: de arriba abajo, como las ballenas de verdad. Cuando bajó del andamio, Tomás aplaudió desde su silla y le dijo que había quedado peor, pero más correcta.
La Noche de las Linternas tenía sus reglas, aunque nadie las hubiera escrito. A las diez se apagaban las luces del puerto. A las diez y cinco, el alcalde decía unas palabras que nadie escuchaba. Y a las diez y diez, todo el pueblo encendía a la vez sus farolillos de papel y los dejaba en el agua, y la marea se los iba llevando despacio hacia la bocana, cientos de lucecitas temblando sobre el mar negro, como si la bahía se hubiera puesto a recordar algo.
Ese año el alcalde habló más de lo habitual y con menos entusiasmo. Dijo «el faro», dijo «el informe», dijo «estudiaremos todas las opciones», que en Calablanca todo el mundo sabía que quería decir que ya no le quedaba ninguna. Le aplaudieron con mucha educación.
Alba y Leo no lo oyeron. Estaban arriba, en la galería del faro, con la puerta verde cerrada por dentro para que no subiera nadie, sentados en el suelo con la espalda contra el cristal y el cuaderno entre los dos.
Habían escrito en él esa tarde. La primera página nueva en diez años. Leo había puesto la fecha, como hacía Tomás con el estado del mar, y debajo, con su letra torcida: «Mar en calma. Visibilidad buena. Todo en orden».
Debajo, Alba había dibujado una ballena con la cola bien puesta.
A las diez y diez, abajo, el pueblo encendió las linternas.
Desde la galería parecía que alguien hubiera volcado un cielo entero en el agua. Las luces se separaban del espigón de una en una y luego a puñados, y se iban, despacio, hacia la bocana. Cada una llevaba un nombre escrito con rotulador, y aunque desde allí arriba no se podían leer, Alba sabía que en alguna estaba el de su abuela, porque lo había escrito ella misma, y en otra el de la madre de Leo, porque lo había visto escribirlo.
—Tengo que decirte una cosa —dijo Leo.
—Llevas cuatro días diciéndome eso.
—Esta es distinta. —Se miró las manos—. Me han ofrecido quedarme en Lisboa. Un estudio pequeño, de los buenos: rehabilitan faros, puertos, edificios viejos que todo el mundo quiere tirar. Tengo que contestar el lunes. —Hizo una pausa—. El tren sale mañana a las ocho.
Alba se rio sin ganas.
—Claro que sale a las ocho.
—No te lo digo para irme —dijo Leo—. Te lo digo porque la otra vez no te dije nada, y mira cómo acabó.
Abajo, alguien empezó a cantar una habanera, desafinando. Otros se le unieron. Las linternas seguían saliendo hacia el mar, cientos, miles, y el faro, por encima de todas, parecía mirarlas con su ojo apagado, como mira un abuelo a los nietos desde la ventana.
Alba pensó en el quiosco y en la libreta de hule. En los helados de limón del miércoles. En Tomás y su transistor, en Nuria y su sirena, en la ballena con la cola bien puesta. Pensó en una ciudad que no conocía, con tranvías amarillos y cuestas, que había imaginado tantas veces a los diecinueve que ya casi le parecía un recuerdo. Pensó en su abuela, que le había pedido que le hiciera caso al faro.
El faro, como siempre, no decía nada. Pero esa noche, por primera vez, Alba tuvo la sensación de que la estaba escuchando.
Tú decides
El tren sale mañana a las ocho. ¿Qué le dice Alba a Leo?
Hay dos finales. En esta lectura solo leerás uno.
Fin del Episodio 4 · de 4
La noche de las linternas
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