Las páginas que faltan
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Calablanca amaneció lavada y con resaca de tormenta: algas en el paseo, una sombrilla del chiringuito en el tejado de la iglesia y el pueblo entero comentando la noche en la panadería como si hubiera sido un partido.
Alba no fue a la panadería. Fue a casa de Tomás.
Vivía en la última casa del cabo, una casita baja con las contraventanas pintadas del mismo verde que la puerta del faro, porque cuando la Autoridad Portuaria le mandó pintar una, le sobró pintura para la otra. Le abrió en camiseta de tirantes y con el transistor puesto, como si la estuviera esperando.
—Las páginas —dijo Alba, sin saludar—. Las del cuaderno. Tú sabes dónde están.
Tomás no lo negó. Esa era una de las cosas buenas de Tomás: no perdía el tiempo negando. Se quedó quieto en el umbral, con la gorra en la mano, y de pronto pareció mucho más viejo que la tarde anterior.
—Pasa —dijo—. Te hago un café. Esto es largo.
La cocina de Tomás tenía un hule de cuadros, un calendario de una ferretería de hacía siete años y una lata de galletas danesas en la que no había galletas desde hacía décadas. La abrió delante de ella. Dentro, entre botones sueltos y recibos de la luz, había un sobre de color crema con su nombre escrito por fuera.
Alba reconoció la letra antes de leerla. Era la de su abuela.
—Me lo dio tu abuela Remedios el último invierno —dijo Tomás—. Cuando ya sabía lo que tenía. Me hizo prometer que te lo daría si el chico volvía. «Si vuelve, Tomás. Solo si vuelve. Y si no vuelve, lo quemas.» —Carraspeó—. Lo he tenido en la mano para quemarlo cuatro veces. Soy un viejo cobarde.
Dentro del sobre estaban las páginas. Tres hojas del cuaderno del faro, arrancadas a ras del lomo, con la letra torcida y con prisa de Leo a los diecinueve años:
«Cambio de planes. Mi padre ha visto los billetes y estará en la estación. NO VAYAS A LA ESTACIÓN. Te espero aquí, en el faro, a las ocho, y bajamos juntos por la playa al tren de las nueve. Si no vienes, lo entenderé. Pero ven. L.»
Y detrás, doblada en cuatro, una hoja cuadriculada de la libreta del quiosco, de las que su abuela usaba para apuntar los pedidos de helado. La letra era más temblorosa de lo que Alba recordaba.
«Alba, mi niña: las arranqué yo. Subí al faro esa noche porque te oí dar vueltas en la cama y quise dejarte una nota de buena suerte en vuestro cuaderno, y leí lo que había escrito el chico. Me dio tanto miedo quedarme sola con el quiosco y con esto que tengo en el pecho que las arranqué sin pensar. Luego ya no supe cómo arreglarlo. Te vi volver de la estación y no me atreví. Perdóname, si puedes. Y si él vuelve y tú todavía quieres, no me hagas caso a mí: hazle caso al faro. Tu abuela, que te quiere mal pero mucho. R.»
Alba leyó la nota dos veces. Luego la dejó sobre el hule, muy despacio, y se tapó la cara con las manos. No lloró mucho. Lloró lo justo, que en su familia siempre había sido poco y de golpe, como las tormentas de agosto.
Tomás le puso delante una taza de café que ninguno de los dos se bebió.
—Ella te quería —dijo—. Hizo una tontería enorme porque te quería. Las dos cosas son verdad.
—Ya lo sé —dijo Alba—. Eso es lo peor.
Encontró a Leo en el Ayuntamiento, en la sala de plenos, rodeado de planos extendidos sobre la mesa larga y de vasos de café vacíos. El alcalde Quintana hablaba por teléfono en el pasillo, en ese tono de voz que usaba para las cosas que no quería que se oyeran y que por eso se oían en todo el edificio. Decía «hotel», decía «el lunes», decía «una oportunidad para el pueblo».
Alba dejó las páginas encima de los planos. Leo las reconoció enseguida. Leyó la nota de Remedios sin decir nada, y cuando terminó se quitó las gafas y se frotó los ojos con el pulgar y el índice durante un buen rato.
—Diez años —dijo.
—Diez años.
No hubo abrazos ni escenas. Hubo algo mejor: Leo puso la mano abierta sobre la mesa, encima de la nota, y Alba puso la suya encima de la de él, y se quedaron así un momento, como dos personas que por fin han encontrado el mismo papel.
Luego Leo carraspeó y señaló los planos.
—Tengo que entregar el informe mañana a las doce —dijo—. Y tengo un problema.
Le explicó la grieta con números. El cabo cediendo por debajo. Una solución que existía —micropilotes, un cinturón de acero alrededor de la base, dos meses de obra— y que costaba cuarenta mil euros que el Ayuntamiento decía no tener. Y la otra solución, la que el alcalde llevaba toda la mañana vendiendo por teléfono: declarar el faro en ruina, derribarlo en otoño y dejar el cabo libre para lo que viniera.
—Si firmo que es seguro tal como está, miento —dijo Leo—. Si firmo que no lo es, el lunes ya hay alguien con una excavadora preguntando por dónde se entra.
Alba miró por la ventana de la sala de plenos. Desde allí se veía el faro, blanco a esa hora, con su ballena a medio pintar dando la vuelta a la base.
Faltaban dos días para la Noche de las Linternas.
Tú decides
Dos días para la Noche de las Linternas. ¿Qué propone Alba?
Las dos cosas cuestan algo.
Fin del Episodio 3 · de 4
Las páginas que faltan
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