La grieta
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El faro olía a lo que huelen las casas cerradas en verano: a polvo caliente, a sal metida en la madera y a aceite de lámpara, aunque la lámpara llevaba nueve años apagada y Tomás juraba que ese olor ya no se iba a ir nunca.
Leo llegó a las nueve en punto, con el casco puesto y una cinta métrica en la mano, como si el faro pudiera morderle. El Ayuntamiento le había pedido a Alba que le abriera, porque las llaves las tenía ella desde que Tomás dejó de poder subir la escalera. Le esperaba sentada en el primer escalón con un termo de café y dos vasos de plástico. Lo había decidido a las siete de la mañana, después de no dormir: ella abriría las puertas, él mediría las grietas y nadie hablaría de nada que no fueran grietas.
—Café —dijo, tendiéndole un vaso.
—Gracias. —Leo lo aceptó como quien acepta un documento oficial—. ¿Empezamos por abajo?
—Empezamos por abajo.
La grieta era peor de cerca. Alba la había visto mil veces desde la playa, una raya oscura en la piedra, casi elegante. Desde dentro era otra cosa: atravesaba la pared de la escalera de arriba abajo, dejaba pasar un hilo de luz y, cuando soplaba del norte, silbaba fino como una tetera.
Leo la recorrió con los dedos, peldaño a peldaño, sin decir nada. Medía, apuntaba en una libreta, volvía a medir. Le puso unos testigos de yeso, pequeños parches blancos con la fecha escrita a lápiz, para ver si en los próximos días se abrían. Trabajaba con una seriedad que Alba no le conocía. A los diecinueve, Leo era el que llegaba tarde a todo y se reía de todo; este Leo pedía permiso para tocar una pared.
—¿Y bien? —preguntó ella cuando llegaron al segundo piso.
—Y bien, nada todavía. —Leo se apoyó en la barandilla de hierro y miró hacia arriba, hacia el hueco de la escalera, que subía girando como el interior de una caracola—. La piedra está bien. Lo que se mueve es el terreno. El mar se está comiendo el cabo por debajo.
—¿Y eso tiene arreglo?
—Todo tiene arreglo. —Dudó—. Lo que no todo tiene es presupuesto.
En la sala de la lámpara, arriba del todo, hacía un calor de invernadero. La gran lente de cristal tallado seguía allí, en su jaula de latón, cubierta con una sábana que Tomás cambiaba cada primavera aunque nadie se lo pidiera. Alrededor, la galería daba la vuelta entera a la torre, y desde ella se veía toda Calablanca: las casas blancas trepando por la ladera, el puerto con sus guirnaldas, la cala donde de niños habían enterrado una lata con monedas y nunca habían vuelto a encontrarla.
Y en el alféizar de la ventana, donde siempre había estado, el cuaderno.
Era un libro de registro del faro, de tapas negras y lomo de tela, con el escudo de la Autoridad Portuaria descolorido en la portada. Tomás había dejado de anotar en él el estado del mar el año en que apagaron la lámpara, y a partir de esa página el cuaderno era de ellos. Alba y Leo a los quince, a los dieciséis, a los diecinueve, escribiéndose lo que no se atrevían a decirse en voz alta. Citas. Recados. Dibujos de ballenas con la cola mal puesta.
Leo lo abrió antes de que ella pudiera impedirlo.
«Mañana a las 12 en la cala. Trae las gafas de bucear, las mías tienen un agujero.» «El examen de Historia es un crimen contra la humanidad.» «Hoy has llevado el vestido amarillo y me he chocado con una farola. Es culpa tuya.» Pasaban las páginas y con ellas los veranos. La letra de Leo, torcida y con prisa. La de Alba, redonda, con los circulitos sobre las íes que a los diecisiete decidió quitar porque eran de cría.
Y luego, de repente, nada.
Las últimas hojas no estaban. Alguien las había arrancado con cuidado, casi a ras del lomo, tan limpiamente que solo se notaba al pasar el dedo por los restos de papel.
Leo se quedó mirando el hueco mucho rato.
—Aquí estaba —dijo al final—. Lo escribí aquí.
Fuera, el cielo había cambiado sin que se dieran cuenta. Por el oeste avanzaba una línea gris oscura, rápida, de esas tormentas de agosto que llegan sin avisar, lo empapan todo durante una hora y se van como si nada. El viento hizo silbar la grieta de abajo, toda la escalera a la vez, como un órgano.
Se fue la luz del pueblo. Primero las guirnaldas del puerto, luego las farolas, luego las ventanas, una tras otra, hasta que Calablanca quedó a oscuras bajo una lluvia de gotas gordas y calientes.
Alba pensó en la Gaviota, que a esa hora hacía el último viaje desde la isla, y en Nuria entrando a ciegas en un puerto sin luces.
Leo se volvió hacia ella. Tenía el cuaderno todavía en las manos, abierto por el hueco de las páginas que faltaban, y la cara de alguien que ha esperado diez años a que se vaya la luz para atreverse.
—Alba —dijo—, tengo que contarte por qué me fui.
Tú decides
La tormenta encima, el pueblo a oscuras y Leo a punto de hablar. ¿Qué hace Alba?
Una de las dos cosas tendrá que esperar.
Fin del Episodio 2 · de 4
La grieta
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