Lo que no te dije en agosto·Episodio 01

El ferry de las seis

~5 min · 1063 palabras

En Calablanca, agosto se medía en helados de limón. Alba Ribas llevaba la cuenta en una libreta de tapas de hule, detrás del mostrador del quiosco que había sido de su abuela: ciento doce el lunes, ciento cuarenta el martes y, el miércoles, que hizo uno de esos calores que pegan las chanclas al asfalto, ciento noventa y tres. Era la única estadística del pueblo que le interesaba. Las demás —cuántos jóvenes se iban en septiembre, cuántos volvían— prefería no saberlas.

A las cinco cerró la nevera, colgó el cartel de «Vuelvo en un rato (o mañana)» y subió con el cubo de pintura por el camino del cabo. El faro de Calablanca era blanco solo en las postales. De cerca era un cilindro de piedra con la cal desconchada, una puerta verde que no cerraba bien y, desde hacía nueve veranos, una ballena azul pintada en la base que daba la vuelta entera a la torre, persiguiéndose la cola.

La ballena era suya. Cada agosto le añadía algo: un banco de sardinas, una barca, las iniciales de dos que se habían casado en el muelle. Ese año tocaba repintarla entera, porque el sábado era la Noche de las Linternas y todo el pueblo bajaría al espigón del faro a soltar farolillos de papel sobre el agua. Era la única noche del año en que Calablanca se ponía guapa sin que nadie se lo pidiera.

Tomás, el último farero, ya estaba sentado en su silla de enea junto a la puerta, con el transistor en el regazo y la gorra calada hasta las cejas. Tenía ochenta y un años, una pensión pequeña y la costumbre de comentar el parte marítimo como si fueran resultados de fútbol.

—Mar de fondo del noroeste —anunció—. Uno a cero para el noroeste.

—Buenas tardes a ti también, Tomás.

—Te veo con prisa.

—Me quedan cuatro días y media ballena.

Tomás se rascó la barba blanca con la antena del transistor. Era su manera de anunciar que sabía algo y que no pensaba contarlo gratis.

◇

Alba se subió al andamio, que en realidad eran dos escaleras de pintor y un tablón que había sido una puerta, y empezó por la aleta de la cola. A esa hora la luz caía de lado sobre la bahía y lo volvía todo del color de un melocotón. Abajo, el puerto se preparaba para la fiesta: los del Ayuntamiento colgaban guirnaldas de bombillas entre las farolas, el panadero había sacado los caballetes para vender coca y dos niños se disputaban, con la seriedad de un juicio, una caña de pescar sin anzuelo.

La radio de Tomás chisporroteó. No era el parte: era el canal del ferry.

—Calablanca, aquí la Gaviota —dijo la voz de Nuria, que llevaba el ferry desde los veintidós años y hablaba por radio como si estuviera en la cocina de su casa—. Entro en diez minutos. Que alguien avise a la Alba de que le traigo un paquete.

Alba dejó la brocha en el bote. Tomás subió el volumen con una lentitud sospechosa.

—¿Qué paquete? —preguntó él al micrófono, porque nadie en el pueblo había entendido nunca que aquel canal no era un teléfono.

—Uno alto —contestó Nuria—. Con casco. Y con unos planos debajo del brazo que dicen «Diputación» en letras muy grandes. Cambio.

Hubo un silencio en el que se oyó perfectamente cómo Tomás no decía nada.

◇

Llevaba un mes oyendo el rumor, como todo el pueblo. El faro tenía una grieta. Una de verdad, de las que se ven desde la playa cuando baja la marea: subía desde la base, cruzaba la ventana del segundo piso y se perdía debajo de la galería. La Diputación iba a mandar a un arquitecto para que firmara un informe, y el informe tenía dos respuestas posibles. Una era «reparable». La otra era una excavadora.

—Dicen que el informe tiene que estar antes del sábado —había dicho la del estanco—. Que si lo tiran, lo tiran antes del invierno.

—Dicen que hay uno de Barcelona que quiere poner ahí un hotel de cristal —había dicho el panadero.

—Dicen que el arquitecto es de aquí —había dicho Nuria la semana anterior, mirándola por encima del vaso de horchata con una intención que Alba había decidido no entender.

Ahora la entendía.

Bajó del andamio con las manos manchadas de azul. Tomás ya estaba de pie, apoyado en el marco de la puerta verde, y por primera vez en todo el verano no tenía nada que comentar.

—No es asunto mío —dijo Alba.

—Claro que no —dijo Tomás.

—Voy al muelle porque tengo que comprar aguarrás.

—En el muelle no venden aguarrás.

—Pues a ver si lo venden.

◇

La Gaviota atracó con su golpe de siempre contra los neumáticos del espigón. Bajaron una familia con una nevera de playa, dos ciclistas, un perro que no parecía de nadie y, el último, un hombre alto con camisa de lino arremangada, un tubo de planos al hombro y un casco blanco colgado del cinturón, como si fuera a pelearse con un edificio.

Diez años es mucho tiempo para una cara. A Leo Ferrán se le habían ensanchado los hombros y le había salido una arruga vertical entre las cejas, de esas que se ganan mirando cosas pequeñas con atención. Pero seguía caminando igual: un poco inclinado hacia delante, como si llegara tarde a algo que todavía no había empezado. Y seguía teniendo la costumbre de mirar primero el faro y luego a la gente.

Miró el faro. Miró la ballena a medio pintar. Y luego, entre los caballetes del panadero y los niños de la caña, la miró a ella.

Alba había ensayado esto. No en voz alta, porque no era tonta, pero sí muchas noches, con la ventana abierta y el ventilador encendido. En el ensayo ella siempre decía algo ingenioso y él se quedaba sin palabras. En el ensayo ella no tenía pintura azul hasta los codos.

Leo se paró a tres pasos. Se quitó las gafas de sol, que fue lo peor de todo, porque detrás estaban los mismos ojos de los diecinueve años: castaños, atentos, con esa costumbre de pedir perdón antes de tiempo.

—Hola, Alba —dijo.

Desde la cabina de la Gaviota, Nuria tocó la sirena una sola vez, por si alguien en el pueblo no se había enterado todavía.

Tú decides

Diez años sin una palabra. ¿Qué le dice Alba?

Lo que diga ahora, él lo recordará.

Fin del Episodio 1 · de 4

El ferry de las seis

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