Lo que duerme bajo Cartagena·Episodio 05

La vigilia de La Boquilla

~3 min · 507 palabras

Al amanecer del viernes, la playa de La Boquilla ofrecía el aspecto desolador de un naufragio colectivo.

Cincuenta canoas de madera de ceiba yacían varadas en la arena grisácea con las redes de trasmallo amontonadas en las orillas. Nadie salía a faenar. Los pescadores jóvenes estaban sentados en cuclillas bajo las enramadas de palma con las manos vacías entre las rodillas, mientras los ancianos del pueblo permanecían de pie junto a las fogatas de leña de mangle, mirando hacia el horizonte del mar donde la neblina no se disipaba a pesar del sol caliente.

Soledad y Leovigildo llegaron en el campero destartalado de la universidad.

A la entrada del caserío, un hedor espeso y viscoso flotaba en el aire: no era el olor a pescado secado al sol, sino esa misma emanación metálica y sulfurosa que Soledad había respirado en la sima submarina.

Un pescador viejo de piel curtida como cuero de caimán, primo de Leovigildo, los esperaba junto a un cajón de madera cubierto con una lona de arpillera.

—Mirá esto, Polo —dijo el hombre, levantando la tela con la punta de un remo partido.

Dentro del cajón no había corvinas, ni pargos rojos, ni langostillas. Había una masa informe de pólipos de coral negro recubiertos por una sustancia gelatinosa y fría que palpitaba con un temblor casi imperceptible. Enredados entre los corales descansaban tres anzuelos de bronce colonial y una medalla religiosa con la efigie de Nuestra Señora de la Merced, fechada en 1698.

—Las redes no bajaron más de cuatro brazas en el bajo de los pescadores —explicó el anciano—. Y cuando las halamos con el malacate, no venía ni un chivo de escama. Solo esta porquería hedionda que nos quemó las palmas de las manos.

Soledad se agachó y examinó los pólipos con un cuentagotas de cristal. La sustancia gelatinosa disolvía el agua dulce al contacto, liberando una nube de burbujas microscópicas que olían a vinagre de caliza.

—¿Desde cuándo pasa esto en la ciénaga, señor? —preguntó ella.

El viejo miró hacia el sur, donde las siluetas de los rascacielos de Bocagrande se recortaban en la bruma como agujas de cristal quebradizo.

—Mi abuelo contaba que en el año del gran terremoto de 1834 el mar hizo lo mismo —dijo el pescador con voz cavernosa—. Los peces saltaron a la playa huyendo del fondo, el agua de los pozos se puso salada y en las noches de luna muerta se escuchaba un lamento ronco que subía por las alcantarillas de la ciudad amurallada. Decían los viejos que era el Dueño de la Escollera, que se revolvía en su cama de piedra porque los hombres estaban construyendo puertos sobre su cabeza.

—La draga de Ceballos empieza a excavar mañana en Bocachica —advirtió Soledad.

El anciano escupió sobre la arena y cruzó los brazos huesudos sobre el pecho.

—Dígale a su jefe de corbata que si mete el hierro de la cuchara en el escalón dieciocho, no va a sacar arena para el muelle. Va a sacar la sal que se traga a las ciudades.

Fin del Episodio 5 · de 6

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