El sonar de barrido lateral
~3 min · 507 palabras
A la una de la madrugada, la bahía de Cartagena era una plancha de plomo derretido bajo una luna menguante que se reflejaba en el agua aceitosa como una herida blanca.
La barcaza de Leovigildo avanzaba a dos nudos con las luces de posición apagadas para no llamar la atención de las patrullas de guardacostas de la Armada. En la proa, Soledad sostenía el cable coaxial de un sonar de barrido lateral que había alquilado con sus ahorros en la facultad de ciencias marinas.
El pez transductor se sumergió en el agua turbia con un borbollón mudo. En la pantalla portátil instalada sobre una caja de cerveza, las líneas batimétricas comenzaron a dibujarse en verde fosforescente.
—Mantené el rumbo hacia el baluarte de Santa Catalina, Polo —pidió Soledad en un susurro—. No te desvíes de la línea del veril.
—El timón se me pone duro cada vez que nos acercamos a las boyas amarillas —rezongó el viejo, afirmando los pies descalzos sobre las tablas húmedas—. Es como si la corriente del fondo no fuera de agua, sino de brea espesa.
En la pantalla del sonar, la topografía del fondo marino empezó a perder la irregularidad caótica de los sedimentos arenosos.
A doce metros de profundidad, bajo la capa de fango negro, apareció una estructura de una precisión geométrica aterradora:
No eran bloques aislados caídos de las murallas coloniales. Eran ocho muros concéntricos de piedra ciclópea que formaban un anfiteatro octogonal de trescientos metros de diámetro, centrado exactamente bajo la rada de Bocachica. Desde cada uno de los ocho vértices del octógono partían galerías abovedadas que perforaban el lecho de roca madre en dirección a la ciudad amurallada.
—Dios bendito de la Candelaria... —murmuró Leovigildo, asomándose a la pantalla con el tabaco apagado entre los labios.
—No es una escollera defensiva —dijo Soledad, midiendo las cotas con el cursor táctil—. Los muros no miran hacia el mar abierto para frenar barcos ingleses. Las troneras y los contrafuertes están construidos hacia adentro. Hacia el centro del foso.
—¿Como una trampa? —preguntó Polo.
—Como una jaula —corrigió ella, con un escalofrío helándole la nuca—. Una jaula sumergida para mantener algo confinado en el fondo de la fosa.
De pronto, la señal del sonar emitió un chillido agudo y saturado. La pantalla parpadeó en un estallido de estática blanca.
En el centro del anfiteatro octogonal, a cuarenta metros bajo el lecho donde los mapas oficiales marcaban roca estéril, la imagen del sonar registró un desplazamiento de masa: una elevación súbita de quince metros que subió y bajó con la lentitud pausada y rítmica de un pulmón gigantesco.
La barcaza entera se estremeció. El agua alrededor del casco comenzó a hervir en burbujas frías que desprendían un olor insoportable a caliza descompuesta y azufre.
Leovigildo metió la marcha atrás de un tirón, haciendo rugir el motor diésel mientras el timón vibraba en sus manos como si una garra invisible estuviera tirando de la pala.
—¡Recogé el cable, muchacha! —gritó el viejo pescador—. ¡Recogé el cable antes de que nos lleve para abajo!
Fin del Episodio 4 · de 6
El sonar de barrido lateral
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