Lo que duerme bajo Cartagena·Episodio 03

El legajo de San Felipe

~3 min · 531 palabras

El Archivo Histórico de Cartagena, en los altos del Palacio de la Inquisición, olía a madera de cedro apolillada, papel de estraza y humedad de claustro.

El padre Tovar, un jesuita de ochenta años con los párpados caídos y las manos manchadas de tinta negra, sostenía una lupa de aumento sobre un cartapacio atado con cordel de cáñamo que llevaba la signatura Militar / Obras de Fortificación / 1741-1782.

—No debería enseñarte esto, Soledad —dijo el sacerdote en un susurro que apenas turbaba el vuelo de los zancudos en la sala de lectura—. Donato Ceballos llamó temprano a la curia para advertirnos que estabas buscando pretextos para entorpecer el dragado portuario.

—Donato solo piensa en las comisiones de la constructora, padre —respondió Soledad, inclinándose sobre la mesa de caoba—. Mire esta muestra de coral que saqué ayer del lecho. Dígame si esto coincide con las canteras de la isla de Barú.

El padre Tovar encendió una lámpara de queroseno y acercó el fragmento grisáceo a la mecha. La roca no desprendió olor a cal viva ni a conchuela quemada; liberó un vaho tenue que hizo toser al religioso con un carraspeo seco.

El jesuita apartó la piedra con la punta de una regla de marfil.

—Es caliche profundo —susurró el anciano—. No proviene de las canteras de la superficie. Esta piedra fue extraída de la falla abisal de Bocagrande durante las excavaciones secretas del virrey Eslava.

Abrió el cartapacio y desdobló una hoja de vitela amarillenta cubierta por la caligrafía apretada y precisa del ingeniero militar Antonio de Arévalo:

—'23 de octubre de 1741: Habiendo cesado el fuego de la escuadra del almirante Vernon, procedemos al sellado definitivo de la boca menor mediante el vertido de setecientas toneladas de mampostería hidráulica y escollera de coral negro. Declaro bajo juramento ante el Santo Tribunal que las murallas que circundan la plaza no fueron trazadas para resistir el cañoneo inglés, sino para contener el ascenso del durmiente que palpita bajo los aljibes del cerro de San Lázaro.'

Soledad leyó el párrafo tres veces seguidas, sintiendo cómo se le erizaba la piel de los brazos.

—El durmiente —repitió ella—. ¿A qué se refería Arévalo?

—Los cronistas franciscanos de 1610 lo llamaban la Boca de la Noche —explicó el padre Tovar, pasando las hojas con dedos temblorosos—. Antes de que los españoles fundaran la ciudad, los indígenas calamaríes arrojaban tributos de oro y salmuera a una sima que se abría en el fondo de la bahía. Decían que cada doscientos años el agua de los manglares se volvía dulce durante siete días, y que al octavo día algo despertaba en las profundidades exigiendo el pulso de los que caminaban sobre la tierra.

—Ayer conté diecisiete escalones bajo el casco del galeón, padre.

El sacerdote la miró fijamente a través de sus anteojos de carey. En sus pupilas dilatadas no había incredulidad académica; había el pánico ancestral de quien sabe que las profecías olvidadas no prescriben.

—El diario de Arévalo dice que la escalera tiene cuarenta y nueve peldaños —dijo el jesuita con voz quebrada—. Y que cada vez que una draga remueve el lecho de la escollera, el durmiente sube un escalón hacia la superficie.

Fin del Episodio 3 · de 6

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