Lo que duerme bajo Cartagena·Episodio 02

El siseo de las mareas muertas

~3 min · 604 palabras

El aire de la superficie le golpeó la cara con el hedor acre a gasoil quemado del motor de la barcaza.

Soledad escupió la boquilla de caucho, se quitó la máscara de cristal con un gesto brusco y se aferró a la escalerilla de hierro de estribor. El corazón le golpeaba contra el esternón con una cadencia pesada, semejante al émbolo de una bomba de achique.

Donato Ceballos se asomó por la borda con la carpeta de plástico amarillo apretada bajo la axila.

—¿Y bien? —preguntó el funcionario, con la impaciencia goteándole en la comisura de los labios—. ¿Firma o no firma, Soledad? La draga de la Sociedad Portuaria está fondeada en Tierrabomba esperando la luz verde.

Soledad no le contestó. Subió el último peldaño con las piernas temblorosas y dejó caer sobre la tapa de madera de la bancada el trozo de piedra que había arrancado con la espátula de cantero.

El fragmento medía poco más de diez centímetros. Tenía una arista viva, rectilínea y perfecta, pero no era arenisca colonial ni granito importado como lastre. Era piedra coralina fosilizada, de un tono gris ceniciento que absorbía la luz solar del mediodía sin reflejar un solo destello. Al tocar la madera seca del bao, una gota de baba viscosa y oscura se desprendió de los poros microscópicos, despidiendo un vaho frío que olía a cieno podrido y a cobre oxidado.

Leovigildo Polo apagó el compresor con un manotazo.

El viejo pescador se acercó despacio, se agachó junto a la bancada y miró el fragmento sin tocarlo. Sus ojos turbios por las cataratas se abrieron desmesuradamente.

—¿Dónde encontraste esto, muchacha? —preguntó en un susurro ronco.

—Debajo de la quilla del San Jerónimo —respondió Soledad, desabrochándose los plomos con dedos torpes—. No es un arrecife, Polo. Es una escalera de diecisiete peldaños que baja en ángulo recto hacia el centro de la bahía.

Ceballos soltó una carcajada estridente que sonó falsa y hueca sobre el agua en calma.

—Una escalera submarina en Bocachica. Claro. Y al final de los escalones está el tesoro del galeón San José esperándonos con una botella de ron. Déjese de cuentos, Soledad. Esto es un sillar de escollera de las obras de Arévalo de 1780. Se cayó de una gabarra y la madera podrida se le asentó encima.

—Arévalo nunca usó sillares con esta densidad, Donato —cortó ella con voz glacial—. Y los alarifes de la Corona no labraban escalones verticales en fosas de cieno donde la corriente se traga a los buzos.

Esa noche, en el barrio de Getsemaní, ocurrió la primera anomalía colectiva.

A las once en punto, los perros de las pensiones de la calle de la Sierpe y los callejones del Espíritu Santo dejaron de ladrar. No fue un silencio gradual; fue como si una orden silenciosa y tajante hubiera caído sobre los patios interiores. Los animales se echaron contra los zócalos de caliza con las orejas aplastadas hacia la nuca y el hocico apuntando hacia las tablas del piso.

En la casa de Soledad, el grifo del patio goteaba sobre la pileta de lavar con un sonido extraño: no el repiqueteo metálico del agua municipal de acueducto, sino un siseo espeso y viscoso.

Soledad se acercó en penumbra, mojó la yema del dedo en el chorro y se la llevó a los labios.

El agua de la red pública sabía a salmuera concentrada y a cobre amargo. Y desde el suelo de baldosas coloniales, un zumbido sordo y subterráneo —el mismo pulso de sesenta ciclos que había sentido en la sima marina— hacía vibrar el cristal de la ventana con un tintineo imperceptible y continuo.

Fin del Episodio 2 · de 6

El siseo de las mareas muertas

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