El peldaño diecisiete
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El informe preliminar remitido a la Capitanía de Puerto fijaba las coordenadas del pecio a escasos cuatrocientos metros del baluarte de Santa Catalina, en un bajío de fango ciego donde nadie con cierta instrucción esperaría encontrar otra cosa que cuadernas deshechas por la broma marina. No está de más señalar que la documentación cartográfica levantada por los ingenieros militares en 1741 ya advertía de anomalías en el fondo de aquella rada, si bien los oficiales de la Real Armada solían atribuir tales desniveles a los dragados defectuosos o a los depósitos aluviales que las mareas arrastran desde la ciénaga. En todo caso, correspondía a la comisión técnica levantar el inventario de las cuadernas supervivientes del San Jerónimo, galeón menor de la flota de Tierra Firme hundido durante el bloqueo, antes de que las obras del nuevo muelle comercial sepultaran el lecho bajo una losa de hormigón armado.
El aire sobre la lancha de madera olía a cal viva empapada por el relente matinal, a ramas de mangle en fermentación y a ese tufo sulfuroso y denso que los respiraderos de los viejos albañales coloniales expulsan hacia el agua cuando la bajamar deja al descubierto los cimientos de la muralla. Era una pestilencia tibia, pegajosa, que se adhería a la tela húmeda de las camisetas mucho antes de encender el compresor.
Donato Ceballos aguardaba de pie sobre el bao de popa, con una camisa de lino crudo que el sudor le pegaba a los omóplatos en dos manchas triangulares y oscuras. Sostenía la tabla de madera prensada con las planillas oficiales entre los dedos enrojecidos, golpeando el borde del tablero contra el muslo con una cadencia monótona.
—Cuatro firmas, Soledad —dijo Ceballos sin apartar la vista de los manglares secos de la orilla—. Solo necesito que anotes lastre de río, maderas podridas y ausencia de restos de interés artillero. Con eso la draga entra el jueves sin que los de Bogotá nos manden otro oficio pidiendo peritajes.
Soledad Cabarcas no se apresuró en contestar. Se ajustó la cincha de lona del arnés de plomo, comprobando con la yema del pulgar la holgura precisa de dos dedos sobre la cadera izquierda. En la pequeña banqueta de pino que servía de asiento junto a la borda reposaba una taza de peltre con el esmalte saltado en el asa y el fondo manchado por sedimentos de café frío que nadie se había tomado la molestia de enjuagar.
—Si el pecio conserva la quilla entera, no puedo firmar el abandono —respondió ella, comprobando la boquilla de caucho del regulador con una leve aspiración que sonó a fuelle viejo.
—La quilla es leña suelta —terció Donato, chasqueando la lengua con esa familiaridad forzada de los burócratas de gobernación—. Tres siglos en este caldo no dejan nada en pie.
Leovigildo Polo, sentado sobre una caja de herramientas de hojalata junto al volante del motor diésel, cortó una hebra de tabaco negro con una navaja roma. Tenía los nudillos cubiertos de cicatrices pálidas por los mordiscos de las morenas y las uñas comidas por el orín de los cables de fondeo.
—El mar de Cartagena no guarda cadáveres; los mastica hasta volverlos caliza —dijo Leovigildo mientras escupía una brizna oscura sobre la borda, hacia el agua aceitosa donde flotaban cáscaras de plátano verde.
—Nadie le ha pedido poesía, Polo —murmuró Ceballos.
—No es poesía, don Donato. Es caliche. El agua de aquí se traga el hierro en cincuenta años y la madera en cien. Si algo queda entero allá abajo, es porque no estaba hecho para navegar.
Soledad se ajustó la máscara de cristal templado contra las sienes, sintiendo cómo la goma tibia le sellaba los pómulos. El viejo Leovigildo extendió una mano huesuda para comprobar la válvula del tubo de aire; sus dedos olían a gasóleo y a pescado frito.
—¿Llevas la espátula corta? —preguntó el viejo.
—En la pantorrilla —dijo ella.
—No te demores en la zanja grande. El agua está turbia como caldo de habas y la corriente tira hacia las lajas.
—Solo voy a limpiar dos costillas para el registro fotográfico.
—Ajá.
Leovigildo abrió la llave del paso de aire con un golpe seco de nudillo. El compresor cobró vida con un traqueteo ronco que sacudió las cuadernas de la barcaza, arrojando una bocanada de humo azulado sobre la superficie mansa de la bahía.
El descenso por el cabo de guía no ofreció resistencia alguna, salvo esa conocida sensación de aislamiento que sobreviene a los seis metros, cuando la luz solar pierde su tono dorado y se convierte en un manto lechoso y verdoso donde las partículas de cieno flotan suspendidas en un reposo absoluto, como el polvo que gira en el haz oblicuo que entra por el tragaluz de una biblioteca cerrada hace medio siglo. El agua estaba inusualmente tibia para la estación de lluvias, cargada de una salinidad densa que dejaba un regusto amargo en los labios cada vez que el regulador expulsaba una cortina de burbujas.
No se oía el mar exterior. Únicamente se percibía aquel zumbido sordo y continuo —un zumbido semejante a una frecuencia de sesenta ciclos— que no parecía entrar por el conducto auditivo, sino que hacía vibrar de manera desagradable las muelas empastadas y la base misma de la nuca, como si una maquinaria de calado profundo estuviera operando en las inmediaciones sin que nadie la hubiera autorizado.
El casco del San Jerónimo apareció de pronto entre la penumbra fangosa, surgiendo como la caja torácica de un cetáceo sepultado en una fosa de lodo blando. Las cuadernas de roble vizcaíno, perforadas por millares de galerías de moluscos barrenadores, se desmoronaban con la sola turbulencia que provocaban las aletas de Soledad. Conviene mencionar que la disposición de las maderas coincidía de forma rigurosa con la traza de construcción naval registrada en las ordenanzas de 1680: varengas cortas, ligazones unidas con clavazón de bronce corroído y un relleno de guijarros fluviales que debieron de servir como lastre durante la travesía desde Cádiz.
Soledad desenvainó la herramienta de la pantorrilla: una espátula ancha de cantero con el mango de madera de guayacán sujeto por tres remaches flojos que bailaban bajo la presión de los dedos.
Se arrodilló sobre el lecho cenagoso, sintiendo el crujido fino de las conchas trituradas bajo el neopreno. Apoyó la mano libre en el madero principal para estabilizar la toma fotográfica y aproximó la hoja metálica al arranque de la quilla para raspar la costra de algas coralinas que enmascaraba el número de inventario.
La cuchilla de la espátula raspó el casco podrido del galeón y tropezó en seco contra un bloque labrado.
El impacto produjo un chasquido seco, nítido, desprovisto de la amortiguación que cabría esperar de una viga carcomida por el tiempo.
Soledad retiró la herramienta. El filo de acero había dejado una muesca blanca en una superficie grisácea, porosa y de textura áspera, idéntica a la piedra coralina fosilizada con la que los alarifes de la factoría de esclavos levantaron las cortinas de muralla de las bóvedas. La madera podrida del galeón no descansaba sobre el fondo natural de la bahía, sino que había sido depositada encima de una estructura previa, encajada entre sus aristas como un barco de juguete abandonado sobre un pedestal.
Aquello no figuraba en ningún plano de cantería militar.
Soledad apartó una masa viscosa de sedimentos con la palma abierta del guante. Bajo sus dedos, la roca coralina mostraba una arista viva, labrada con una escuadra implacable que no presentaba el desgaste redondeado propio de los cantos de lastre sometidos a la marea durante trescientos años. La superficie continuaba hacia la izquierda, perforando el fango en una línea recta que desobedecía por completo la curvatura cóncava del casco del navío.
Encendió la linterna estanca de aluminio. La bombilla halógena proyectó un cono de luz pálida contra el fondo, recortando motas diminutas de cieno que bailaban con la lentitud desesperante de las cosas muertas.
El bloque no era una pieza suelta.
Constituía el descansillo de una grada.
Soledad sintió que el regulador le ofrecía una resistencia inusitada al respirar, un aire espeso con regusto a grasa quemada de motor. Se llevó la mano al pecho, palmeó el plástico frío de la consola de instrumentos y comprobó que la aguja del manómetro marcaba todavía ciento veinte atmósferas. Todo estaba en orden. El equipo funcionaba de acuerdo con las especificaciones del fabricante. El agua continuaba a veinticuatro grados centígrados.
Y sin embargo, la piedra seguía allí.
Se inclinó un palmo más hacia la hendidura que se abría debajo de la quilla rota del galeón. La espátula volvió a raspar el sedimento, levantando una nube de fango negro que olía —incluso a través de la membrana de caucho vulcanizado de la boquilla— a azufre concentrado y a descomposición marina antigua.
Contó los bordes con la punta enguantada del índice.
Uno.
Dos.
Tres.
Cada peldaño medía exactamente un codo de anchura, tallado en piedra de cantera marina fosilizada, con sus diminutos esqueletos de pólipos visibles bajo la capa de baba salina tibia que los recubría como un barniz espeso. La madera del San Jerónimo, aplastada por su propio peso secular, simplemente se había quebrado sobre el peldaño diecisiete, adaptándose a la geometría de la piedra como un cuerpo blando sobre una cuchilla.
Al retirar la última capa de cieno, el haz de la linterna descubrió que los escalones bajaban en ángulo recto hacia la oscuridad de la sima.
Hacia abajo, donde la bahía debía ser un fondo ciego de lodo estancado, los escalones continuaban perdiéndose en una vertical perfecta que la luz no alcanzaba a tocar.
Fin del Episodio 1 · de 6
El peldaño diecisiete
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