Lo que duerme bajo Cartagena·Episodio 06

La grieta en el aljibe

~3 min · 509 palabras

La llamada de la Dirección de Patrimonio Histórico entró al celular de Soledad a las tres de la tarde.

No era Donato Ceballos; era la arquitecta restauradora del Castillo de San Felipe de Barajas, con la voz rota por un temblor histérico que apenas lograba disimular a través de la estática del altavoz:

—Soledad, tenés que venir ya mismo a la batería de Santa Bárbara. Las galerías subterráneas están inundadas. Y el agua no viene de la lluvia.

Quince minutos después, Soledad subía por la rampa de ladrillo cocido del castillo bajo un sol canicular que recalentaba las murallas hasta los cuarenta grados. En la entrada de los túneles subterráneos, tres guardias de seguridad privada habían colocado cintas amarillas de peligro y linternas recargables sobre el piso.

Descendió por la galería de contramina número cuatro con una linterna frontal sujeta al casco de obra. A medida que bajaba hacia las entrañas del cerro de San Lázaro, la temperatura no aumentaba como era habitual en los túneles coloniales; caía en picado en una corriente gélida que hacía condensar el vaho de la respiración contra el cemento de las bóvedas.

Al llegar al gran aljibe abovedado del siglo dieciocho, se detuvo con los tobillos sumergidos en agua oscura.

El aljibe no estaba goteando desde las bóvedas superiores. El agua brotaba desde el suelo de ladrillos refractarios, surgiendo en borbotones densos y fríos que desafiaban la gravedad, levantando una espuma amarillenta que cubría los escalones de servicio.

La arquitecta estaba parada sobre un tablón flotante con los planos del castillo temblando en sus manos.

—Mirá la cota batimétrica, Soledad —dijo la técnica, señalando la pared de piedra con un puntero láser—. El cerro de San Lázaro está a cuarenta metros sobre el nivel medio del mar. Es físicamente imposible que el agua de la bahía suba por capilaridad hasta este recinto.

Soledad se agachó y sumergió la mano enguantada en el centro del vórtice.

En el suelo del aljibe colonial, la mampostería española se había quebrado en una línea recta y limpia, como si un cincel descomunal hubiera partido las hiladas de ladrillo de lado a lado.

Bajo la fractura no había tierra arcillosa ni roca de cimentación.

Había un bloque labrado de piedra coralina grisácea con un ángulo de escuadra perfecto y una moldura pulida al milímetro.

Era el peldaño dieciocho.

La escalera que había descubierto bajo el casco del galeón San Jerónimo en el fondo de la bahía no terminaba en la sima marina: atravesaba las capas geológicas del litoral y continuaba ascendiendo por el interior de la roca viva hacia el corazón de la fortaleza militar.

Y desde la oscuridad de la hendidura, un pulso sordo y pesado —el latido subterranean que ya no podía confundirse con el zumbido de ningún motor humano— hizo temblar los ladrillos bajo sus rodillas con una vibración tan profunda que las bombillas de la galería subterránea reventaron al unísono, dejando el túnel sumido en una penumbra fría y sofocante.

—Está subiendo —susurró Soledad en la oscuridad—. Dios nos asista, la escalera está subiendo.

Fin del Episodio 6 · de 6

La grieta en el aljibe

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