Las islas que aún no existen·Episodio 03

La rompiente de vitela

~7 min · 1347 palabras

El bronce calló bajo el agua, pero el casco de roble continuó vibrando durante varios segundos más, como si la madera conservara el zumbido en sus junturas calafateadas. No era un eco ordinario. En la sentina, el agua achicada a medias formaba anillos concéntricos que chocaban contra las cuadernas remendadas con plomo, despidiendo ese vaho inconfundible de herrumbre y algas podridas que se pega a la ropa de lana y ya no se va nunca.

Noa no soltó la caña del timón. La sujetaba con los nudillos blancos, fijos en la madera pulida por años de grasa y agua salada. Tenía la manga derecha del jubón deshilachada a la altura del codo, y un hilo colgaba oscilando con cada balanceo del esquife.

—¿Oíste eso? —preguntó Iker.

—Tengo orejas, Iker. Y ojos. Pásame la navaja del petate.

—¿Para qué?

—Para cortarme este hilo del demonio. Me hace cosquillas desde que zarpamos y me está volviendo loca.

Iker buscó a tientas entre los sacos húmedos, apartó la lata de manteca abollada y le tendió la hoja de mango de cuerno. Noa sujetó el cabo con los dientes, segó la hebra con un movimiento limpio y devolvió el hierro sin mirarlo. Después escupió el hilo salado sobre la borda.

—Argus siempre decía que los fanales sumergidos sonaban antes del cambio de marea —dijo ella, apoyando la espalda contra la caña para descansar un poco—. Claro que Argus también juraba que las ballenas viejas hablaban en dialecto del sur. Nunca distinguió un milagro de una indigestión.

Iker miró el pergamino extendido sobre la caja de aparejos. La vitela lechal, tirante y gruesa, tenía ahora un tacto rasposo y áspero, cuajada de granos duros de salitre que rechinaban bajo las yemas de sus dedos como arena fina de río. En los bordes, la tinta sepia reseca despedía una fragancia amarga, semejante al hollín de fragua mezclado con vinagre. Había una costra oscura sobre el perfil de la costa trazada por el viejo: una línea irregular que no pertenecía a ninguna derrota conocida, una cicatriz carmesí que parecía palpitar bajo la luz sucia del farol.

Bajo las uñas, las manchas de tinta de Iker seguían intactas. Se las rascó maquinalmente con el pulgar. Ni el agua salada ni la ceniza del fogón lograban borrarlas.

—El cielo se está pudriendo —dijo Noa.

Tenía razón.

Hacia el nordeste, la calina húmeda que los envolvía desde el mediodía dejaba de ser gris para teñirse de vetas cobrizas y plomizas, densas como el humo de brea hirviendo que usan los calafates en los astilleros de invierno. La atmósfera pesaba sobre el cuello con la contundencia de un paño empapado. El aire se enfrió de golpe, perdiendo todo vestigio de brisa marina hasta quedar en una suspensión muerta, aceitosa, donde cada respiración sabía a cobre viejo.

Y entonces el horizonte se quebró.

◇

No hubo silbido previo ni aviso en el aparejo. Una racha de viento negro se desplomó desde lo alto como una viga de hierro que cae de punta sobre una mesa de pino. El lino basto de la vela mayor dio un chasquido sordo, brutal, y la embarcación entera se escoró hasta que el agua helada lamió la regala de estribor.

—¡Larga la escota! —aulló Noa, tragando espuma.

Iker se lanza sobre el banco central. La madera resbala por el verdín acumulado. Sus dedos buscan el cabo grueso de cáñamo, pero la fuerza del golpe lo arrastra contra la borda. Arriba, en la oscuridad que desciende en tromba, un chasquido seco retumba por encima del bramido del temporal: el estay de proa cede con la violencia de una cuerda partida. El cable azota el aire, parte una de las reglas de latón que yace sobre la caja y se enrosca como una víbora en el estribor antes de hundirse en la negrura.

El esquife queda sin guía, encabritado.

Giran a ciegas. La corriente no corre: empuja con la brutalidad de un alud en una garganta angosta. En el cuaderno de derrota que Argus guardaba en el taller —un volumen empastado en cuero de buey que olía a sebo rancio y cuyas páginas amarillentas mostraban anotaciones al margen de tres caligrafías distintas, como si varias generaciones hubieran discutido agriamente sobre las mismas distancias sin ponerse jamás de acuerdo— se advertía que las corrientes del vacío no obedecían a la luna, sino a la voluntad de quien las midió primero.

Frente a la roda, el agua hierve en un espumarajo blanco y fosforescente.

Emerge la primera piedra.

No estaba allí hace un respiro. Surge del fondo con la lentitud espantosa de una cuña que hiende la superficie: una aguja de pizarra negra, húmeda y reluciente, que desgarra la cresta de la ola. Luego otra. Y otra más a babor, a menos de diez codos del casco.

El mar se convierte en una barrera de esquirlas afiladas.

—¡No hay canal! —grita Noa, colgándose de la caña con ambas piernas trabadas en las panas del fondo—. ¡El timón no muerde! ¡Nos vamos contra el veril!

Iker cae de rodillas. El agua en la sentina ya le cubre los tobillos, gélida, cargada de esquirlas de madera y los restos del fardo de víveres que se desfondó con el bandazo: dos arenques secos flotando entre astillas, un corcho partido, la taza de peltre con el asa doblada que rueda de un lado a otro marcando un compás enloquecido.

Sobre la tapa de la caja, el mapa de vitela tiembla.

No por el viento. Las tachaduras carmesíes que Argus trazó con pulso tembloroso en su pupitre de nogal se están abriendo. No es una metáfora: la costra de salitre cruje y se levanta en pequeñas lascas secas. Cada raspadura en el papel, cada enmienda hecha con raspador de hierro sobre el dibujo original, corresponde exactamente a la posición de una rompiente que aflora de las profundidades con un crujido tectónico.

—¡Mira el papel, Iker! —la voz de Noa se desgarra contra el viento negro—. ¡Ese viejo loco no anotó los escollos! ¡Los dibujó encima porque quería que existieran!

Iker apoya la mano sobre la vitela empapada. El pergamino quema. Despide un calor áspero, como de piedra calentada al fuego sobre la que se vierte vinagre.

Recuerda el taller. Recuerda el tintero de cuerno de carnero todavía tibio, y la mirada ausente de Argus semanas antes, cuando el anciano ya no lograba recordar el nombre del puerto donde había nacido su propio padre pero continuaba trazando bajíos imaginarios hasta altas horas de la noche con una tenacidad de demente.

—¡El mapa no miente! —grita Iker con la voz quebrada por el agua—. ¡Cada piedra está donde él la puso!

Noa apenas lo escucha entre el estruendo, pero ve el papel y abre los ojos con rabia, empapada de salmuera.

—¡Haz algo con esa porquería o nos abrirá el vientre en dos!

Una ola revienta contra la aleta. El impacto sacude el esquife hasta los pernos del quillote, arrojando una lluvia pesada sobre la cubierta que apaga de un soplido el farol de tormenta. Quedan sumidos en una penumbra cobriza, rota únicamente por la fosforescencia lívida de la rompiente que se alza directamente ante la proa: un muro de roca viva que se eleva a la velocidad con que la tinta seca se endurece en el papel.

El choque es cuestión de tres latidos.

Iker saca el cuchillo de hierro dulce. La hoja está mellada cerca de la guarda por haber abierto ostras y latas viejas durante meses, pero la punta conserva el filo que le dio la piedra aquella misma mañana.

El esquife se eleva sobre una cresta ciega. En el fondo del papel, el trazo del arrecife es una línea negra y gruesa que supura costras de sal.

Iker apoya el acero sobre la vitela.

Duda.

Si raja el pergamino de parte a parte, tal vez el mar vuelva a ser un abismo llano y la roca se disuelva en la nada de donde vino; pero si corta el único rumbo que les queda, la nada será también lo único que encontrarán bajo la quilla.

El barco cae al vacío.

Fin del Episodio 3 · de 4

La rompiente de vitela

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