Las islas que aún no existen·Episodio 02

Madera contra salmuera

~5 min · 1073 palabras

Al segundo día, la salmuera lo cubría todo con una costra blanquecina y áspera. Se pegaba al lino basto de las velas, a las junturas de brea que hedían bajo el bochorno del mediodía y a los nudillos de Iker, que todavía guardaban sombras de tinta sepia bajo las uñas, de esas que no salen ni frotando con arena de playa.

El esquife avanzaba con un renqueo pesado, cediendo a cada ola corta como si la madera vieja tuviera memoria de todos los puertos donde no quiso entrar. Noa iba a la caña del timón, encorvada, con el chaquetón de paño deshilachado en los puños y la vista clavada en el lomo verdoso del agua. Llevaba una tira de cuero entre los dientes mientras ajustaba con la mano libre el cabo de la botavara.

—Si vas a seguir mirando ese pellejo como si fuera a parir oro, al menos achica el pozo —dijo Noa, soltando la tira de cuero y escupiendo una hebra de tabaco reseco—. Traemos dos dedos de agua dulce filtrándose por la roda.

—No es agua dulce —respondió Iker sin levantar la cabeza de la vitela. El pergamino, extendido sobre el cofre de las amarras, tenía los bordes rizados por el relente—. Huele a cobre viejo. Igual que las cubetas de Argus cuando dejaba las sales macerando en vinagre.

—Pues saca el cobre viejo con el achicador de zinc, letrado. Que las cuadernas no entienden de química.

Iker dejó la regla de latón mellada sobre el mapa, cuidando que una mota de salitre no tapara la línea roja que nacía más allá de los bajíos conocidos, y tomó el achicador. Era una lata abollada de manteca, con el borde doblado hacia adentro para no rajarse las yemas. Se agachó en la sentina, sintiendo el crujido familiar en las lumbares tras treinta horas sin tenderse en un jergón decente.

El agua salía por la borda en golpes regulares. Uno. Dos. Tres.

Era una tarea inútil, pero necesaria.

—Navegar con un escéptico es como cargar lastre de hierro: te mantiene derecho en la marejada, pero te recuerda a cada virada lo hondo que es el abismo —murmuró Noa, acomodándose la bufanda grasienta alrededor del cuello con un tirón seco.

—Eso no es tuyo. Es una de las sentencias que Argus repetía cuando le cobrabas el flete con recargo.

—Argus decía muchas tonterías cuando le convenía no soltar la plata —replicó ella, aunque aflojó la escota apenas media pulgada para dejar que la lona respirara—. Pero en lo del hierro tenía razón. Llevas dos jornadas callado, contando cada crujido del forro como si fueras a pagarlo de tu bolsillo si se abre.

—Si se abre, no quedará bolsillo que registrar.

Noa soltó un bufido que pretendía ser una risa y sacó del zurrón un pedazo de cecina tan duro que tuvo que partirlo con las dos manos contra la rodilla, usando el borde de la borda como punto de apoyo. Le tendió la mitad.

—Come y calla. El viento se está muriendo.

◇

El viento no murió; se pudrió.

Hacia la media tarde, el horizonte fue tragado por una calina espesa, de un tono cobrizo y pegajoso que olía a herrumbre tibia y a sargazo fermentado. El aire se volvió tan denso que parecía pesar sobre los párpados. Las gaviotas pardas, que habían seguido la estela del esquife desde la bocana en busca de desperdicios, viraron en redondo hacia el este con aletazos sordos, apagándose sus chillidos hasta que solo quedó el chapoteo perezoso del mar contra el roble.

El esquife apenas se movía. La vela de lino colgaba floja, empapada de un sudor salobre que no llegaba a evaporarse.

Iker buscó la bitácora portátil —una caja de peral con la tapa de vidrio rayada por años de uso— para comprobar el rumbo antes de que la niebla terminara de asfixiar la luz del cielo. Levantó la clavija de latón.

La aguja imantada tembló. Dio un brinco espasmódico, como un insecto atrapado en resina fresca, y luego empezó a girar.

No marcaba el norte. No marcaba nada. Giraba en círculos lentos, ciegos y continuos, raspando con la punta de acero el círculo graduado de papel marfileño.

—Noa.

—Ya lo veo —dijo ella, pero no miraba la caja de peral, sino el agua. Las vetas del mar profundo, antes plomizas y vivas, se habían transformado en una superficie opaca, aceitosa, que no rompía ni al chocar contra la madera del casco.

—La aguja se volvió loca.

—Las agujas solo buscan lo que conocen —dijo ella en voz baja, con un tono que había perdido toda la aspereza de la mañana—. Y aquí no hay nada que esa aguja haya visto antes.

Iker volvió a la carta de Argus. El pergamino ya no exudaba humedad tibia; ahora las gotas de salitre se habían secado en una costra rugosa que delimitaba con precisión matemática una lengua de tierra inexistente. El carmín de los trazos parecía más oscuro, casi negro, mordiendo la vitela como una quemadura lenta.

La niebla caía sobre la borda como lana sucia.

Noa descolgó el farol de tormenta del cáncamo del palo mayor. Encendió la mecha con un pedernal tras dos intentos fallidos —el aire húmedo ahogaba las chispas antes de que tocaran la yesca— y el cristal ahumado proyectó un resplandor amarillento y tembloroso sobre la amura de estribor.

—Acércate aquí —le ordenó a Iker sin mirarlo, con la voz templada por una urgencia que no admitía réplicas.

Iker se arrastró por la bancada central, esquivando el fardo de las mantas empapadas. Noa inclinó el farol sobre el agua quieta. El haz de luz penetró apenas un par de codos en la masa espesa, iluminando motas flotantes y filamentos oscuros que no pertenecían a ninguna marea ordinaria.

—El mapa de Argus dice que deberíamos estar montando un bajo de arena —susurró Noa, señalando la nada con la barbilla—. Cuatro brazas a lo sumo. Arena blanca y cascajo según sus marcas rojas.

Pero no había arena.

Bajo la superficie plomiza y quieta, el fondo parecía caer en un vacío absoluto, insondable, donde la luz del farol se deshilachaba sin encontrar relieve.

Y entonces, desde las entrañas de esa negrura sin orilla, llegó el sonido.

Fue un tañido seco. Metálico, denso, apagado por leguas de salmuera pero inconfundiblemente cercano: el golpe sordo de una campana tañendo en lo profundo, justo donde la pluma del cartógrafo había jurado que la tierra era sólida.

Fin del Episodio 2 · de 4

Madera contra salmuera

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