El rastro de la sepia seca
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Iker empujó el postigo con el hombro porque traía los brazos cargados con leña de abedul recién cortada, de esa que suelta un humo blanco y agrio antes de querer arder. La tranca de fresno cedió con esa holgura vieja que Argus nunca se molestó en calzar con una cuña; sostenía el viejo que una puerta ajustada a la perfección sólo pertenecía a los boticarios avaros o a los sepulcros.
Dentro del taller no ardía nada.
El aire olía a lo de siempre, pero estancado: calderas de brea vegetal enfriándose en la callejuela de los calafates, el tufo pesado del sargazo pudriéndose contra las estacas de los muelles y ese aroma metálico, acre y terco, de la tinta de sepia secándose sobre badana. Iker soltó la carga junto al hogar de piedra. Uno de los leños rodó torpe hasta chocar contra un caldero de cobre abollado, produciendo un sonido hueco de campana rota.
—Maestro —llamó.
Nadie.
El silencio en la casa de un cartógrafo nunca es verdadero silencio; cruje la tablazón con la humedad del estuario, suspira el papel basto apilado en las rinconeras y las ratas roen con paciencia el engrudo seco tras los anaqueles de alerce. Lo que faltaba era el raspado de la pluma. Argus era capaz de pasar doce horas doblado sobre el nogal de su pupitre, rascando el pergamino con puntas de ganso sin levantar la vista. Iker cruzó la estancia sorteando frascos de sulfato, reglas de latón melladas y pedazos de pan duro que alguien había partido a golpes sobre una mesa auxiliar.
Al llegar al pupitre mayor, se detuvo.
El tintero de cuerno de carnero —vaciado a lima y sobado por los dedos de Argus durante más de cuarenta mareas— yacía volcado de costado sobre una tabla de trazado. La tinta, una mancha negra con reflejos violáceos, espesa como pez hervida, no había terminado de coagularse. Iker acercó la mano con cautela de ratero; rozó el reborde de asta con la yema del índice. El cuerno conservaba todavía un calor tenue, residual, como si acabaran de apartarlo hacía apenas un respiro.
Bajo la mancha que avanzaba con lentitud de caracol descansaba una carta náutica en vitela raspada. No era un derrotero común.
Argus no dibujaba lo que veía; obligaba al océano a inventar una orilla donde apoyar el compás.
Iker recordó la frase con esa mezcla de reverencia y cansancio que dejan los maestros difíciles. La había oído cien veces, casi siempre cuando algún patrón de queche volvía al fondeadero blasfemando porque los cabos de piedra no caían donde la tinta juraba que debían caer. Pero lo que había en esa vitela desafiaba cualquier derrota conocida por la cofradía. Los perfiles de la costa no descendían hacia los bajíos del sur, sino que se replegaban hacia el norte en espirales angulosas, quebrando la línea de marea con golfos imposibles y ensenadas que ningún piloto cuerdo se atrevería a enfilar. Y sin embargo, las sondas estaban escritas con la caligrafía diminuta y rigurosa del viejo: brazas marcadas en carmín seco, corrientes señaladas con trazos tan tenues que parecían pelos sueltos pegados a la piel del animal.
Junto al margen oriental, una gota de cera amarilla había caído sobre el nombre de una restinga, borrando las letras intermedias como si un pulgar ciego hubiera querido clausurar el fondeadero.
Iker buscó con la mirada por el suelo. No había huellas de lucha, ni botas de asalto, ni desorden violento. Faltaba únicamente el compás de tres puntas y la capa de estameña del maestro, aquella con las sisas zurcidas con cáñamo que apestaba a sebo rancio desde el invierno anterior.
La puerta trasera, la que daba a la rampa de los salazoneros, estaba abierta de par en par.
Salir a la rampa fue sumergirse en una gasa plomiza. El alba no traía luz, sino una calina fría que desteñía el mar en tonos de cinc y verdín sucio, apenas cortados por una veta cobriza en el horizonte que anunciaba viento duro. En el fango grisáceo que dejaba la bajamar, las barcazas reposaban varadas de costado como cetáceos enfermos.
Noa estaba sentada sobre un noray cubierto de verdín, mascando un pedazo de cecina con la desgana de quien lleva despierta desde la vigilia de medianoche. Llevaba el capote de lona alquitranada atado al cuello con un cordel y las manos metidas en los bolsillos para protegerse de la cellisca.
—Si buscas al viejo, no ha pagado la media fanega de cebada que pidió el jueves —dijo ella al oír las pisadas de Iker en la grava—. Y dile que el herrero no le va a fiar más goznes de hierro. Ya se lo advertí.
Iker se detuvo a dos varas. Tenía los dedos manchados de tinta sepia; una negrura seca en las comisuras de las uñas que no saldría ni frotándola con arena y vinagre durante tres días.
—El tintero estaba volcado sobre la mesa.
Noa dejó de masticar.
—Argus derrama cosas todo el tiempo. La semana pasada tiró medio frasco de bermellón sobre mis redes limpias y juró que eran cagadas de gaviota.
—La tinta aún estaba tibia, Noa. Y se dejó el mapa grande abierto.
Ella escupió una fibra de carne seca contra el fango. Se puso en pie de un salto y miró hacia el agua quieta del canalizo. Tenía los ojos entrecerrados contra la bruma, acostumbrada a medir marejadas y calcular el calado de quillas podridas.
—¿La vitela de ternera lechal? ¿La que guardaba en el cofre de alcanfor?
—Esa misma.
Noa soltó una maldición seca, de esas que aprenden los muchachos que achican agua en las bodegas, y echó a andar hacia el pantalán de marea baja con pasos largos y decididos. Iker la siguió apretando el pergamino enrollado bajo el brazo, esquivando cabos sueltos y charcos de salmuera.
El esquife de Noa era de roble viejo, con el forro remendado con láminas de plomo claveteadas a mano. Flotaba en el agua turbia con el desgano de una madero a la deriva. El lino basto de la vela aferrada chasqueaba cada vez que una racha imprevista bajaba de los acantilados, y las cuadernas gemían con una queja seca, torsionándose perezosamente con el vaivén de la resaca.
Iker subió a bordo con torpeza, pisando la bancada central. La madera desnuda estaba helada.
—Pásame la boza de proa y no te quedes ahí plantado como un cirio —gruñó Noa, saltando a la roda con la soltura que a él le faltaba—. Y aparta ese papel de la regala si no quieres que se te vuelva sopa. Este muelle huele a podrido; el agua está estancada desde la prima.
Ella se arrodilló sobre la cubierta de proa, forcejeando con el cáñamo ennegrecido por el limo. El nudo estaba ciego por la salmuera y Noa mascullaba entre dientes, tirando con rabia mientras el viento le azotaba los mechones húmedos contra la frente.
Iker no guardó el mapa.
Se sentó en la bancada de popa y lo extendió sobre sus rodillas, sosteniendo las esquinas con firmeza para que el viento no lo arrebatara. La luz sucia del amanecer caía oblicua sobre los trazos de Argus. Vistas de cerca, las líneas no parecían haber sido dibujadas con tinta común; tenían un grosor irregular, rugoso, como un relieve diminuto que se elevaba apenas un milímetro sobre el lomo del pergamino.
Acercó la cara al pergamino.
En la línea costera que Argus había inventado —o arrancado a los abismos— los cabos y ensenadas comenzaron a oscurecerse, hinchándose con una lentitud casi imperceptible.
Un chasquido húmedo.
De la tinta negra del perfil costero brotaron finísimas gotas brillantes. No era condensación de la bruma.
Eran gotas de salitre espeso y tibio que resbalaban despacio por el borde de la vitela, escurriéndose hacia la madera seca de la bancada del esquife, donde cayeron con un goteo rítmico, dejando aureolas de sal viva sobre la fibra del roble.
Fin del Episodio 1 · de 4
El rastro de la sepia seca
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