Las islas que aún no existen·Episodio 04

La orilla sin bautizar

~7 min · 1314 palabras

No hubo crujido de quilla rota contra la pizarra, sino un largo y espeso arrastre.

El esquife resbaló sobre un lomo de fango negro y arena movediza, perdiendo el impulso con la pesadez de una chalupa que busca reposar en la orilla. La madera no estalló; simplemente se enterró de costado hasta que el mástil, privado de estay, se combó hacia la proa con un latigazo mudo. El cuchillo de Iker se clavó en la bancada del esquife —a apenas dos dedos del pergamino— vibrando con un zumbido agudo que tardó varios segundos en apagarse.

Luego, nada.

El amanecer se abría con una quietud espectral. El esquife descansaba varado sobre una lengua de arena oscura que olía a alga descompuesta y a la inconfundible acidez del sulfato de hierro, un tufo mineral que picaba en la parte posterior del paladar como si alguien hubiera raspado una caldera de cobre junto a las fosas nasales. El cielo bajo conservaba ese tono plomizo y verdoso del agua profunda al alba, apenas cortado por vetas cobrizas de calina húmeda que no terminaban de levantarse.

Iker aflojó los dedos del mango de madera del cuchillo. La empuñadura conservaba el sudor frío de la travesía.

—¿Rompiste el pergamino? —preguntó Noa desde popa.

Su voz sonaba rasposa, como si hubiera tragado un puñado de ceniza antes de hablar.

—No —dijo Iker.

—Mala costumbre esa de dudar.

—Si lo rajaba nos quedábamos sin agua debajo, Noa. O sin aire.

—O sin piedras —replicó ella, tanteando a tientas bajo la caña rota del timón hasta encontrar su cantimplora de hojalata—. Aunque para el caso da igual. Estamos encallados en la nada.

Desenroscó el tapón de corcho, olió el borde por pura inercia y bebió un trago corto. Hizo una mueca.

—Sabe a hierro.

—Todo sabe a hierro desde anoche.

Iker se puso en pie con torpeza tras cuatro horas doblado sobre el forro de plomo tratando de achicar lo inachicable. Miró hacia abajo. La vitela de Argus yacía empapada sobre el combés, encogida en sus extremos como una corteza arrojada a las brasas; las costras de salitre se acumulaban en los pliegues con el tacto arenoso de la cal muerta, pero el trazo carmesí —aquel cabo dibujado con la furia de un pulso desesperado— coincidía milímetro a milímetro con la curva negra de la barra de arena donde estaban plantados.

Un inventario mezquino de pérdidas flotaba en el agua estancada del pantoque: dos clavos de cobre sueltos, medio cabo deshilachado por el roce de la roda, la tapa de una fiambrera de zinc que ya no cerraría jamás y una costra de pan duro que se deshacía lentamente en una mancha amarillenta.

◇

Noa saltó por la borda.

El lodo le llegó a media pantorrilla con un chasquido húmedo que sonó a vejiga desinflada. Maldijo por lo bajo, se sujetó a la regala y avanzó tres pasos hacia tierra firme, arrastrando las piernas con el balanceo mecánico de quien lleva demasiados días sobre tablas flotantes.

—El fondo es firme —dijo, sin mirar atrás—. Arena volcánica y conchuela molida. No nos vamos a hundir.

Iker no contestó de inmediato. Se quedó mirando sus propios dedos: las manchas de tinta sepia bajo las uñas continuaban allí, negándose a desaparecer por mucho que las frotara contra el lienzo basto de sus calzones. Era una marca terca, persistente, como el recuerdo del rostro de la tendera de Caelum que esa misma mañana intentó evocar sin éxito; la mujer tenía una verruga en la barbilla y vendía nabos en invierno, pero Iker ya no recordaba el tono de su risa ni la forma exacta en que se le arrugaban los párpados al cobrar las monedas.

La tierra no aguarda a ser descubierta; espera a que alguien tenga las manos lo bastante manchadas como para sostener su primer contorno.

La frase no estaba en el cuaderno de buey de Argus, o al menos Iker no recordaba haberla leído allí —los viejos cronistas de la marina solían atribuir esas sentencias a cartógrafos muertos para justificar la falta de provisiones en sus bitácoras—, pero le vino a la memoria con la precisión de una bofetada.

—Ayúdame a bajar el baúl de las herramientas —pidió Iker, pasando una pierna por encima de la borda.

El cuero de sus botas crujió como huesos viejos al tocar el cieno frío. El agua de la resaca se retiraba despacio, dejando al descubierto crestas de esquisto negro pulidas por siglos de mareas que ningún ojo humano había registrado.

—Deja el baúl —dijo Noa, apoyando las manos en las caderas mientras miraba la línea de la costa—. Si la marea sube antes del mediodía, el esquife saldrá flotando solo. Y si no sube, no tenemos adónde llevar los hierros.

—Argus tenía una fragua portátil en el taller. Decía que el hierro dulce asienta los rumbos.

—Argus decía muchas tonterías antes de largarse a oscuras.

Noa se agachó para rascarse un tobillo por encima de la media mojada. Había una parsimonia deliberada en sus movimientos, esa calma postiza de los marineros que prefieren arreglar un aparejo antes que admitir que no saben en qué cuadrante del mundo han caído.

—¿Te queda tabaco? —preguntó ella.

—Se mojó todo en la batida del arrecife.

—Lástima.

—Era malo de todos modos. Picaba en la garganta.

—Daba igual. Echaba humo.

◇

Caminaron unos cincuenta pasos tierra adentro, siguiendo la línea irregular que dejaba la espuma al morir sobre la grava negra. El aire no se movía; era una masa templada y densa que parecía haber estado encerrada en un desván clausurado durante décadas.

A la izquierda, los restos de la calina matinal se disolvían en jirones cenicientos, dejando al descubierto una pared de roca que no figuraba en ningún derrotero conocido. No era un acantilado normal: la piedra mostraba surcos paralelos, canales finísimos labrados por un goteo continuo y antiquísimo, como si una mano colosal hubiera peinado la montaña con una gubia de carpintero antes de que la arcilla secara.

Noa se detuvo de golpe frente al mascarón astillado de una chalupa que la resaca había arrastrado hasta las primeras dunas de pizarra. La madera estaba comida por la broma, carcomida hasta parecer un panal de avispas secas.

Se sentó.

Apoyó la espalda contra la madera podrida del mascarón, estiró la pierna derecha con un bufido sordo y se desató la bota de cuero con movimientos lentos y pacientes. Volcó el calzado hacia un lado; un chorro de agua salina y arena gruesa cayó sobre la grava con un chapoteo gris.

Iker se quedó de pie a su lado, con las manos metidas en los bolsillos del chaquetón empapado, mirando la orografía que nacía a unos trescientos metros.

—No está en los mapas —murmuró él.

—Nada de lo que pisamos está en los mapas, Iker —respondió Noa sin mirarlo, palpándose los dedos del pie para comprobar que aún los sentía—. Para eso trajiste la tinta.

Noa metió la mano dentro del forro empapado de su bota vacía, buscando alguna piedra que le hubiera rozado el empeine, pero sus dedos tropezaron con otra cosa. Tiró de ello con cuidado. No era una lasca de roca ni un trozo de alga acartonada.

Era un astil blanco.

Una pluma de ave marina, larga y rígida, con el cañón cortado al bies con un tajo limpio que solo un cortaplumas de afeitar podía haber trazado. La punta conservaba una costra negra, densa, casi vítrea: sepia abisal coagulada por la salmuera.

Noa se la tendió en silencio.

Iker tomó la pluma entre el índice y el pulgar. El cañón estaba frío, pero al apretarlo ligeramente despidió una brizna de ese mismo olor acre a sulfato que impregnaba el taller vacío de Argus antes de que ellos zarparan.

Al frente, rasgando la bruma baja que comenzaba a retroceder hacia el oeste, se extendía una cordillera virgen que aún no tenía nombre ni sombra.

Fin del Episodio 4 · de 4

La orilla sin bautizar

¡Has completado toda la obra!
Comparte esta experiencia literaria

¿Te cautivó este episodio?

Invita a otros lectores o comparte una tarjeta de cita estética con tus reflexiones.

Para seguir leyendo

La cartera de los pequeños milagros
Relato
La cartera de los pequeños milagros

En el pueblo montañoso de Ventisquero, Jimena desentierra la bicicleta de su abuelo y, dentro de la vieja saca de cuero, cartas lacradas con deseos ajenos: la primera es para Adela, la viuda del herrero, que lleva dos años sin encender la fragua. Con Teo Vidal enderezando la rueda y Beltrán Maza decidido a precintar la estafeta antes de la primera nevada, Jimena reparte pequeños milagros por senderos helados hasta que encuentra un sobre con su propio nombre.