Las cenizas del salvoconducto·Episodio 03

La emboscada del camino hondo

~4 min · 858 palabras

El camino hondo era una garganta que el agua y las carretas de sal habían ido cavando en la caliza durante siglos. Las paredes subían rectas, cubiertas de hiedra y carámbanos, y abajo no cabían más de dos jinetes de frente. Irati lo había escogido por eso: los perros perdían el rastro en el agua del fondo, y los caballos no podían rodearlos.

Íñigo la seguía con las piernas ardiendo y las abarcas empapadas, saltando de piedra en piedra por donde ella saltaba. No se quejó. Ella lo notó y no dijo nada, pero en una de las paradas le pasó el odre sin que se lo pidiera.

—¿Por qué lo haces? —le preguntó Irati, mientras él bebía—. Lo del pliego. Eres de los que ganan. Tu familia firma las órdenes.

—Mi tío las firma. Mi familia las cumple. —Íñigo se secó la boca con la manga—. Llevo doce años sumando lo que la corona le quita a gente como tu padre y apuntándolo en un libro muy limpio. Esta noche he leído qué pensaban hacer con el resto. No sé sumar eso.

Irati lo miró como si fuera a decir algo. No lo dijo. Se echó el arco al hombro y siguió.

En el recodo del Fraile Negro se paró en seco y levantó el puño.

—Grasa de armas y estiércol de caballo fresco —susurró—. Delante.

◇

No tuvieron tiempo de retroceder. Por detrás sonó un cuerno de caza y el galope de caballos herrados, y cuatro jinetes de la guardia negra desembocaron en el camino hondo con corazas pavonadas y pistolas de rueda. Delante, en la salida del recodo, otros dos les cerraban el paso. El capitán desmontó con el sable en la mano.

—Don Íñigo de Vivar. —Lo dijo con cortesía, casi con pena—. Vuestro señor tío me encarga deciros que no hay nada que no tenga arreglo. Entregadme el pliego y volved conmigo a Burgos. Conserváis el cargo y el salvoconducto. La montaraz, por supuesto, se queda aquí.

Íñigo sintió los ojos de Irati clavados en la nuca. Pensó en el pergamino pequeño que ella guardaba en la zamarra. Pensó en la cena caliente, en su mesa de oidor, en el libro limpio de las cuentas.

—Mi tío siempre ha sido generoso con la familia —dijo, y desenvainó el estoque—. Con los demás, no tanto.

Irati disparó antes de que el capitán terminara de entender. La primera flecha le dio en el brazo de la pistola al jinete más cercano; la segunda, en la grupa de un caballo, que se encabritó y derribó a su vecino contra la pared. En aquel corredor estrecho, cuatro hombres no podían atacar a la vez. Íñigo paró la primera estocada con la guarnición, torpe, demasiado alto, y la segunda casi le cuesta la mano. La esgrima de sala no se parecía en nada a aquello. Pero aguantó.

—¡Aquí! —gritó Irati.

No miraba hacia delante ni hacia atrás. Miraba hacia la pared de la izquierda, donde la hiedra colgaba espesa sobre una grieta que Íñigo no había visto. Apartó la cortina verde con el arco: detrás había una gatera de piedra, estrecha, por la que no cabía un caballo y apenas un hombre de lado.

Íñigo retrocedió hacia ella paso a paso, con el estoque por delante. El capitán vio la grieta y se le echó encima. El sable bajó en diagonal, Íñigo se interpuso entre el filo e Irati, que ya tenía medio cuerpo dentro de la gatera, y sintió el golpe en el hombro izquierdo como un mazazo caliente. No soltó el estoque. Lo clavó hacia delante a ciegas y notó que daba en algo blando. El capitán soltó un grito y retrocedió.

Irati lo agarró por el cinto y tiró.

◇

La gatera subía en pendiente por dentro de la roca, a oscuras, durante cien pasos que a Íñigo le parecieron mil. Salieron a un rellano cubierto de nieve por encima del camino hondo, entre pinos achaparrados. Abajo se oían los gritos de la guardia negra buscando otra salida y los alanos ladrando a la pared.

Íñigo se dejó caer contra un tronco. Tenía el hombro empapado de sangre hasta el codo.

—Te has llevado un tajo que iba para mí, señorito —dijo Irati, arrodillándose a su lado. Ya no lo decía con desprecio.

—Me lo cobraré en lecciones de arco.

Ella le rasgó la camisa, le apretó un puñado de musgo y resina de pino contra la herida y le vendó el hombro con una tira de su propio lino, con nudos firmes y dedos que no temblaban. Cuando terminó, no se apartó. Se quedó con las manos en su hombro un momento de más.

—El capitán ha dicho lo del salvoconducto —dijo en voz baja—. Que podías conservarlo. Y no lo has pedido.

—Lo tienes tú.

—Por eso.

Abajo, los ladridos se alejaban hacia el sur. Pero uno de los jinetes, el del brazo herido, había salido al galope por el camino de Burgos en cuanto empezó el combate. Iba a buscar refuerzos, e Irati lo sabía. Le quedaba una noche para llevar a un oidor herido hasta el collado.

Fin del Episodio 3 · de 4

La emboscada del camino hondo

Siguiente Episodio 4~4 minLas cenizas del tirano“El nombre de Íñigo fue lo último en arder.”Seguir leyendo
Comparte esta experiencia literaria

¿Te cautivó este episodio?

Invita a otros lectores o comparte una tarjeta de cita estética con tus reflexiones.