Las cenizas del tirano
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Subieron toda la noche. Íñigo se desmayó una vez, cerca del amanecer, y despertó con la cara de Irati muy cerca y su mano dándole palmadas en la mejilla, no demasiado suaves.
—Si te mueres ahora, señorito, después de todo lo que me has hecho andar, te dejo aquí para los buitres.
—Eso ya me lo dijiste ayer.
—Ayer no iba en serio.
Ella le pasó el brazo bueno por encima de los hombros y cargó con la mitad de su peso durante las últimas tres horas de subida, sin una queja, contando en voz baja los pasos como él había contado los árboles. Cuando el hombro le sangraba otra vez, paraba, apretaba la venda y seguía. Íñigo pensó que en toda su vida nadie había cargado con él, ni siquiera de niño.
Al atardecer alcanzaron el collado de la Garganta de las Ánimas. El viento del norte había barrido la niebla y desde allí se veía el valle de Oakhaven entero, con sus vidrieras encendidas por el último sol como un faro de colores en mitad de la cordillera. Junto a un túmulo de piedras que los pastores habían levantado para marcar el límite de las tierras libres, Íñigo se sentó porque no podía estar de pie.
Seis jinetes de la guardia de Oakhaven salieron de entre las rocas con capas pardas y arcos largos. El sargento reconoció a Irati y desmontó.
—Los vigías han oído tiros en el camino hondo. ¿Quién es este?
—Don Íñigo de Vivar, oidor de Burgos —dijo Irati—. Sobrino del canciller. Y lo que trae en el jubón lo tiene que ver el príncipe Fadrique esta misma noche.
Íñigo sacó el pliego, manchado de su propia sangre en una esquina, con los tres sellos intactos. Se lo puso en las manos al sargento, que lo miró sin atreverse a abrirlo.
—Cuatro regimientos y dos compañías de suizos —dijo Íñigo—. Antes de la luna nueva, por la Garganta. Está la firma de mi tío. Con eso delante, ningún tribunal de Burgos podrá decir que Oakhaven rompió la tregua. Que lo guarde el príncipe como guardaría una espada.
El sargento asintió despacio, guardó el pliego dentro de su coraza y mandó a un jinete al galope hacia el bastión.
Irati se metió la mano en la zamarra y sacó el salvoconducto. Se lo tendió a Íñigo.
—Has llegado y no te has escapado. Es tuyo.
Íñigo lo tomó. Era muy pequeño para todo lo que valía: el sello del consejo, la firma de su tío, su nombre escrito con la letra redonda de los escribanos de la Chancillería. Con aquel papel podía bajar al sur cualquier día de su vida, presentarse en casa de su tío, pedir perdón, recuperar el cargo, el libro limpio, la cena caliente. Su tío lo perdonaría. Es de la familia.
Sacó el eslabón y el pedernal de la bolsa de Irati sin pedírselo. Se arrodilló junto al túmulo, prendió una brizna de yesca y acercó la llama a la esquina del pergamino.
El fuego tardó en agarrar en la piel curtida. Luego agarró. El sello de cera se derritió en una gota roja que chisporroteó sobre la nieve; la firma del canciller se rizó, se volvió marrón, se volvió negra. El nombre de Íñigo fue lo último en arder.
El sargento lo miraba sin entender. Irati sí entendía. Se arrodilló a su lado y miró las cenizas hasta que el viento empezó a llevárselas hacia el sur, hacia Burgos, como si supieran el camino.
—Señor —dijo al fin—, eso era un salvoconducto del consejo. Con eso se compran casas en Burgos. —Por eso —contestó Íñigo, sin levantar la vista de las cenizas.
—Ya no puedes volver —dijo ella.
—No.
—Vas a tener que aprender a poner trampas, a dormir sobre ramas de pino y a no tropezar en todos los vados, señorito.
—Me han dicho que hay una maestra.
Ella se rio, y era la primera vez que Íñigo la oía reírse de verdad. Le tomó la mano, la del brazo bueno, y se la apretó con más fuerza de la que hacía falta.
Pensó también en Beatriz. Tendría que escribirle esa misma noche, desde Oakhaven, una carta sin medias palabras: Tenías razón. Lo he visto con mis ojos. Ten cuidado con tu padre. No sabía si le llegaría. Sabía que tenía que escribirla.
Bajaron hacia Oakhaven escoltados por los jinetes, despacio, porque Íñigo no podía ir de otra manera. A mitad de la ladera, él se volvió una vez hacia el bosque de la Niebla.
—Mi caballo —dijo—. Le prometí que volvería.
—Mañana —dijo Irati—. Yo sé dónde está ese saliente. Lo he visto desde el abeto mientras le hablabas. —Le miró de reojo—. Fue por eso por lo que no te disparé al cuello.
Fin del Episodio 4 · de 4
Las cenizas del tirano
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