La huella en la nieve virgen
~4 min · 826 palabras
La nieve del invierno tardío cubría el pinar con dos cuartas de espesor, y a media tarde el alazán dio un traspié en un vado helado y cayó de rodillas. Íñigo le palpó la caña delantera: caliente, hinchada. El animal no podía apoyar el casco sin relinchar. Seguir a caballo era imposible, y dejarlo atado para los lobos era algo que Íñigo no estaba dispuesto a hacer después de doce leguas.
Le quitó la silla, guardó el pliego y la cantimplora en la mochila y lo llevó despacio hasta un saliente de peña donde crecía musgo y corría agua de deshielo. Le soltó la cincha. Le acarició el morro.
—Has cumplido. Si salgo de esta, vuelvo a por ti.
Siguió a pie. Las botas de cordobán, hechas para las alfombras de la Chancillería, se le empaparon en diez pasos y se le helaron en veinte. A la hora había dejado de sentir los dedos de los pies y había empezado a contar los árboles para no pensar en ello.
Llevaba el pliego contra el pecho, debajo de la camisa, y a cada paso notaba los tres sellos clavándosele en la piel como tres piedras de un zapato.
Iba por el ciento doce cuando una rama crujió detrás de un enebro. Íñigo echó mano al estoque. No había sacado tres dedos de acero cuando una flecha de punta ancha se clavó en la nieve a dos pulgadas de su bota derecha.
—Saca ese hierro de letrado y la siguiente te abre el gaznate, señorito.
La voz venía de las ramas bajas de un abeto. De allí salió una mujer joven con una zamarra de piel de zorro blanco, calzones de cuero engrasado y un arco corto de tejo con la cuerda tensa. Tenía los ojos de un verde de avellana, fríos, y lo miraba como se mira a una pieza de caza que no vale la flecha.
—No busco pelea —dijo Íñigo, levantando las manos abiertas—. Necesito llegar a Oakhaven antes de que caiga la noche.
—Un caballero del sur solo cruza este bosque por dos motivos: o viene a cobrar con una escolta de picas, o viene huyendo de sus amos como un ladrón de gallinas. No veo picas.
—Traigo un documento que puede evitar que los tercios quemen vuestras aldeas.
Ella entrecerró los ojos. Bajó el arco un dedo, no más.
Le miró las manos. Íñigo se las miró también, como si las viera por primera vez: blancas, de uñas limpias, con un callo de pluma en el dedo corazón y ningún otro. Manos de contar, no de pelear.
—Me llamo Irati. A mi padre y a mis tres hermanos los mataron los lanceros del sur en el vado del Arlanza, el otoño que la corona decidió cobrar el diezmo de los pastos. No le debo nada a ningún documento vuestro.
—Yo tampoco le debo nada a quien lo firmó. —Íñigo sacó despacio el pliego de la mochila y le dejó ver los tres sellos—. Es una orden de invasión. Si llega a los generales, cruzan la Garganta antes de la luna nueva.
Irati no se acercó a mirar el pliego. Miró otra cosa: el pergamino pequeño que asomaba del otro bolsillo del jubón, con el sello del consejo bien visible.
—¿Y eso?
—Mi salvoconducto.
—Un traidor con salvoconducto del rey. —Se rio sin ganas—. Qué cómodo. Si las cosas se ponen feas, lo enseñas en la primera posta y vuelves a tu casa a cenar.
Íñigo no contestó enseguida, porque era verdad.
—A partir de esta mañana, ese papel solo sirve para que me reconozcan —dijo al fin—. Pero sí. Si lo enseñara y les devolviera el pliego, mi tío me perdonaría. Es de la familia.
Irati se quedó mirándolo un buen rato. Después tendió la mano.
—Dámelo. El salvoconducto. Me lo quedo yo hasta que lleguemos. Si llegamos y no has intentado escaparte con él, te lo devuelvo y haces con él lo que quieras.
Íñigo dudó un segundo. Le dio el pergamino. Ella se lo metió en la zamarra sin mirarlo.
Fue lo más difícil que había hecho en todo el día, más que robar el pliego. El pliego era de su tío. El salvoconducto era suyo.
—Tus botas dejan un rastro que seguiría un ciego —dijo Irati—. Quítatelas y ponte esto.
Le tiró unas abarcas de cuero crudo envueltas en lana que sacó del zurrón. Luego cortó una rama de abeto y empezó a barrer las huellas con una rapidez que Íñigo no le había visto nunca a nadie barrer nada. Él se cambió el calzado sentado en la nieve, con los dedos demasiado torpes para los cordones, y la siguió.
No habían andado media legua cuando Irati se paró en seco y olfateó el aire. Íñigo olió también. Humo. Y, mezclado con el humo, un ladrido largo, de perro grande.
—Traen alanos —dijo ella—. A los alanos no se les engaña con una rama.
Fin del Episodio 2 · de 4
La huella en la nieve virgen
¿Te cautivó este episodio?
Invita a otros lectores o comparte una tarjeta de cita estética con tus reflexiones.