Las cenizas del salvoconducto·Episodio 01

El robo del pliego lacrado

~4 min · 834 palabras

A medianoche, la niebla del Arlanza se metía en el palacio de la Chancillería de Burgos por las rendijas de las ventanas y olía a fango y a carbón de piedra. En el ala de los archivos reservados, a la luz de una palmatoria de estaño, don Íñigo de Vivar repasaba los legajos que el consejo de regencia había sellado esa tarde. Era oidor de cuentas desde hacía doce inviernos. Sabía cuánto pesaba cada decisión de la corona en fanegas de trigo y en cabezas de ganado embargadas, y sabía leer una orden sin que se le moviera la cara.

Esa noche se le movió.

El pliego estaba doblado en cuatro, atado con seda verde y cerrado con tres sellos de lacre bermejo. No era una requisa ni un embargo. Eran órdenes reservadas para el generalato del sur: aprovechando el deshielo y la tregua de Oakhaven, cuatro regimientos de coraceros y dos compañías de suizos debían cruzar la Garganta de las Ánimas antes de que el nuevo tratado llegara a ratificarse, degollar a los pastores que guardaban los pasos y bombardear el bastión ducal. Al pie, la rúbrica que Íñigo conocía desde niño, la misma que firmaba las cartas de felicitación de sus santos: don Beltrán de Vivar, gran canciller. Su tío.

Íñigo se quedó un rato muy quieto. Su prima Beatriz llevaba meses escribiéndole cartas con medias palabras sobre lo que pasaba en el despacho de su padre, y él llevaba meses contestándole que exageraba. Se miró el anillo del anular: dos lebreles rampantes sobre azur, el sello de su rama de la familia, la pobre, la que siempre había servido a la ley en lugar de escribirla. Su abuelo había muerto defendiendo los fueros de los concejos castellanos. Su tío había hecho carrera olvidándolo.

Se acordó, sin querer, de una tarde de su infancia en el despacho de aquel mismo palacio: su tío sentándolo en las rodillas y enseñándole a distinguir un lacre verdadero de uno falso por el olor, la cera de abeja frente a la resina de pino. Un oidor tiene que saber oler la mentira, Iñiguillo, le había dicho. Aquella noche el lacre olía a cera de abeja. Era verdadero.

Dobló el pliego, se lo metió en el jubón y apagó la palmatoria de un soplo.

◇

En el bolsillo del otro lado llevaba su salvoconducto de oidor: un pergamino pequeño con el sello del consejo y la firma del canciller que le abría todas las puertas, todas las postas, todos los puentes del reino. Con aquel papel, un hombre podía cruzar Castilla de punta a punta sin que nadie le preguntara qué llevaba. Con aquel papel, también, un hombre podía volver. Íñigo lo apretó con los dedos por encima del paño y siguió andando.

Cruzó el patio de armas pegado a los soportales. En las caballerizas de la posta, su alazán lo esperaba con los cascos envueltos en trapos. El guardia de la poterna baja, un veterano al que Íñigo había librado del presidio revisando una deuda mal cobrada, le abrió la reja sin preguntar.

—Cuidado con el norte, señor oidor —le dijo al oído mientras corría el cerrojo—. La guardia negra tiene gente apostada en los puentes del Arlanza. No dejan pasar ni a los frailes descalzos.

—A los frailes no. —Íñigo le enseñó el salvoconducto a la luz del farol—. A mí sí.

El primer puente lo cruzó al trote, con el papel en alto. El sargento de la guardia negra que lo custodiaba miró el sello del canciller, miró al oidor empapado y le hizo una reverencia. El segundo también. En el tercero, al alba, el sargento tardó un poco más en devolverle el pergamino, y Íñigo vio que miraba hacia atrás, hacia el camino de Burgos, como esperando a alguien.

—¿A estas horas, señor oidor? —preguntó el sargento, sin mucho interés.

—Las cuentas de la corona no duermen —dijo Íñigo, y el sargento se rio como se ríe un subordinado de la broma de un superior, y levantó la barrera.

Picó espuelas sin esperar a que se lo devolviera del todo.

El sargento no lo llamó. Pero cuando Íñigo se volvió desde el primer recodo, lo vio de pie en mitad del puente, mirándolo marchar, con el brazo levantado hacia alguien que venía por detrás.

A media mañana dejó atrás las últimas ventas y se metió por cañadas de ovejas que subían hacia la cordillera. El lodo salpicaba los flancos del alazán y la lluvia le azotaba la cara, pero no aflojó la rienda. A mediodía, el muro oscuro de los pinares del bosque de la Niebla se alzaba delante de él: la frontera donde dejaban de valer los sellos.

Detrás, traído por el viento húmedo, sonó el primer toque de trompeta de caballería ligera. Habían descubierto el hueco en el archivo. Y su salvoconducto, a partir de ese momento, era la orden de busca y captura más precisa del reino: llevaba su nombre, su cargo y la firma de su tío.

Fin del Episodio 1 · de 4

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