Las aventuras de Sherlock Holmes·Episodio 08

La liga de los pelirrojos · III

~13 min · 2546 palabras

Muchas gracias —dijo Holmes—. Solo deseaba preguntarle por dónde se va de aquí al Strand.

—Tercera a la derecha, cuarta a la izquierda —respondió el ayudante con presteza, cerrando la puerta de golpe.

—Un muchacho listo, ese —observó Holmes mientras nos alejábamos—. Es, a mi juicio, el cuarto hombre más listo de Londres, y por audacia no estoy seguro de que no dispute el tercer puesto. Ya he sabido algo de él con anterioridad.

—Por lo visto —dije yo—, el ayudante del señor Wilson pinta mucho en este misterio de la Liga de los Pelirrojos. Estoy seguro de que no le preguntó el camino más que para poder verle.

—A él no.

—¿A quién, entonces?

—A las rodilleras de sus pantalones.

—¿Y qué vio?

—Lo que esperaba ver.

—¿Por qué golpeó el pavimento con su bastón?

—Mi querido doctor, este es momento de observar, no de hablar. Somos espías en territorio enemigo. Ya sabemos algo de Saxe-Coburg Square. Exploremos ahora las calles que se extienden a sus espaldas.

La calle en que nos encontramos al doblar la esquina desde la apartada Saxe-Coburg Square ofrecía un contraste tan vivo con ella como el que media entre el anverso y el reverso de un cuadro. Era una de las principales arterias por las que circulaba el tráfico de la City hacia el norte y el oeste. La calzada estaba atascada por la inmensa marea comercial que fluía en un doble sentido de entrada y salida, mientras las aceras estaban negras por el apretado enjambre de transeúntes presurosos. Costaba trabajo concebir, al contemplar la hilera de hermosas tiendas y elegantes locales de negocio, que sus traseras lindaran directamente con la plazuela deslucida y muerta que acabábamos de abandonar.

—Veamos —dijo Holmes, plantándose en la esquina y recorriendo la hilera con la mirada—; me gustaría retener en la memoria el orden de los comercios. Es una manía mía poseer un conocimiento exacto de Londres. Ahí está el estanco de Mortimer, la pequeña tienda de periódicos, la sucursal de Coburg del City and Suburban Bank, el restaurante vegetariano y el taller de carruajes de McFarlane. Eso nos lleva directamente hasta la otra manzana. Y ahora, doctor, hemos terminado la faena, de modo que es hora de entregarnos al recreo. Un sándwich, una taza de café y luego al reino del violín, donde todo es dulzura, delicadeza y armonía, y donde no hay clientes pelirrojos que nos atormenten con sus rompecabezas.

Mi amigo era un músico entusiasta, y no solo un intérprete de gran talento, sino un compositor de mérito nada común. Toda la tarde permaneció en las butacas de platea sumido en la más absoluta felicidad, moviendo suavemente sus largos y delgados dedos al compás de la música, mientras su rostro apaciblemente sonriente y sus ojos lánguidos y soñadores distaban tanto del Holmes sabueso, del Holmes implacable, sutil y expeditivo perseguidor de criminales, cuanto era posible imaginar. En su singular personalidad la doble naturaleza se manifestaba por turnos, y su extrema minuciosidad y astucia constituían, según pensé a menudo, una viva reacción contra el temperamento poético y contemplativo que en ocasiones predominaba en él. Las oscilaciones de su carácter lo llevaban de la mayor languidez a una energía devoradora; y, como bien sabía yo, jamás resultaba tan temible como cuando durante días enteros había permanecido repantigado en su sillón entre sus improvisaciones musicales y sus viejos incunables. Era entonces cuando de pronto se apoderaba de él la pasión de la caza y su brillante potencia deductiva se elevaba a la altura de la intuición, hasta el punto de que quienes no estaban familiarizados con sus métodos le miraban con recelo, como a un ser dotado de conocimientos vedados a los demás mortales. Cuando le vi aquella tarde tan absorto en la música del St. James’s Hall, sentí que malos vientos soplaban para aquellos a quienes se había propuesto dar caza.

—Desea marcharse a casa, sin duda, doctor —comentó al salir a la calle.

—Sí, sería lo más conveniente.

—Y yo tengo que atender un asunto que me llevará varias horas. Este negocio de Coburg Square reviste gravedad.

—¿Por qué gravedad?

—Se trama un delito considerable. Tengo fundadas razones para creer que llegaremos a tiempo de impedirlo. Pero el hecho de que hoy sea sábado complica un tanto las cosas. Necesitaré su ayuda esta noche.

—¿A qué hora?

—Las diez será suficiente.

—Estaré en Baker Street a las diez.

—Muy bien. Y óigame, doctor: puede haber cierto peligro, de modo que tenga la bondad de guardarse el revólver militar en el bolsillo. —Hizo un ademán con la mano, dio media vuelta y desapareció en un instante entre la multitud.

Confío en no ser más obtuso que mis semejantes, pero siempre me abrumaba una sensación de profunda torpeza en mi trato con Sherlock Holmes. En este caso había escuchado lo mismo que él, había visto lo mismo que él; y, sin embargo, por sus palabras resultaba evidente que él veía con toda claridad no solo lo ocurrido, sino también lo que estaba a punto de suceder, mientras que para mí todo el asunto seguía envuelto en confusión y grotesca perplejidad. Mientras regresaba en coche a mi casa de Kensington le di vueltas a todo ello, desde la insólita historia del copista pelirrojo de la Enciclopedia hasta la visita a Saxe-Coburg Square y las inquietantes palabras con que se había despedido de mí. ¿Qué era aquella expedición nocturna y por qué debía ir armado? ¿Adónde nos dirigíamos y qué íbamos a hacer? Holmes me había insinuado que aquel barbilampiño ayudante de la casa de empeños era un hombre temible, capaz de urdir una intriga de gran calado. Intenté desentrañarlo, pero hube de darme por vencido y dejé a un lado la cuestión en espera de que la noche trajese la explicación.

Eran las nueve y cuarto cuando salí de casa y crucé el parque, siguiendo luego por Oxford Street hasta Baker Street. Dos coches de alquiler aguardaban ante la puerta, y al entrar en el zaguán oí rumor de voces procedentes del piso de arriba. Al entrar en su aposento encontré a Holmes en animada charla con dos caballeros, uno de los cuales reconocí como Peter Jones, el agente oficial de la policía, mientras que el otro era un hombre alto, enjuto y de rostro fúnebre, con una chistera muy reluciente y una levita de aplastante respetabilidad.

—¡Ajá! La partida está al completo —dijo Holmes, abotonándose la chaquetilla marina y descolgando del perchero su pesada fusta de caza—. Watson, creo que ya conoce al señor Jones, de Scotland Yard. Permítame presentarle al señor Merryweather, que será nuestro compañero en la aventura de esta noche.

—Ya ve que volvemos a cazar en pareja, doctor —dijo Jones con suficiencia—. Nuestro amigo aquí presente es formidable para levantar la liebre. Lo único que necesita es un viejo perro de presa que le ayude a rematar la faena.

—Espero que no rematemos la faena dando caza a un fantasma —observó melancólicamente el señor Merryweather.

—Puede depositar una confianza absoluta en el señor Holmes, caballero —dijo el policía con tono protector—. Tiene sus propios métodos menudos, que resultan, si me perdona la expresión, un poco demasiado teóricos y fantasiosos; pero lleva dentro madera de detective. No es exagerado afirmar que en una o dos ocasiones, como en el asunto del asesinato de Sholto y el tesoro de Agra, anduvo más acertado que la policía oficial.

—¡Oh, si usted lo dice, señor Jones, me doy por satisfecho! —dijo el desconocido con deferencia—. Aun así, confieso que echo de menos mi partida de naipes. Es el primer sábado por la noche en veintisiete años que no juego mi partida.

—Creo que comprobará —dijo Sherlock Holmes— que esta noche se jugará usted una apuesta mucho más alta de cuantas haya disputado jamás, y que el juego resultará incomparablemente más emocionante. Para usted, señor Merryweather, la apuesta será de unas treinta mil libras; y para usted, Jones, será el hombre al que tanto desea echarle el guante.

—John Clay: el asesino, ladrón, estafador y falsificador. Es joven, señor Merryweather, pero está a la cabeza de su profesión, y preferiría ponerle las esposas a él antes que a ningún otro criminal de Londres. Es un sujeto extraordinario, este joven John Clay. Su abuelo fue duque de sangre real y él mismo estudió en Eton y en Oxford. Su cerebro es tan artero como sus dedos, y aunque tropezamos con sus huellas a cada paso, nunca sabemos dónde encontrarlo en persona. Igual te desvalija una casa en Escocia una semana que anda recaudando fondos para levantar un orfanato en Cornualles a la siguiente. Llevo años pisándole los talones y todavía no le he puesto la vista encima.

—Espero tener el placer de presentárselo esta noche. Yo también he tenido uno o dos pequeños roces con el señor John Clay y coincido con usted en que figura a la cabeza de su oficio. Pasan de las diez, sin embargo, y es hora de ponerse en marcha. Si ustedes dos toman el primer coche, Watson y yo los seguiremos en el segundo.

Sherlock Holmes no se mostró muy comunicativo durante el largo trayecto y permaneció recostado en el pescante tarareando las melodías que había escuchado por la tarde. Rodamos por un laberinto interminable de calles alumbradas por farolas de gas hasta desembocar en Farringdon Street.

—Ya estamos muy cerca —comentó mi amigo—. Este tal Merryweather es director de banco y está personalmente interesado en el asunto. Me pareció conveniente contar también con Jones. No es mal tipo, aunque resulte un perfecto imbécil en su profesión. Posee una virtud positiva: es tan valiente como un bulldog y tan tenaz como una langosta una vez que clava las pinzas en alguien. Ya hemos llegado y nos están esperando.

Habíamos alcanzado la misma concurrida arteria en que nos habíamos encontrado por la mañana. Despedimos a los carruajes y, siguiendo la guía del señor Merryweather, nos internamos por un estrecho callejón y franqueamos una puerta lateral que él nos abrió. Al otro lado se extendía un pasillo angosto que remataba en una pesadísima verja de hierro. También esta se abrió, dando paso a una escalera de caracol de piedra que terminaba ante otra formidable puerta enrejada. El señor Merryweather se detuvo a encender una linterna y luego nos condujo por un pasadizo oscuro que olía a tierra húmeda, para introducirnos por fin, tras abrir una tercera puerta, en una inmensa cripta o sótano abovedado donde se amontonaban por doquier grandes cajas y cajones de embalaje.

—No resulta muy vulnerable desde arriba —observó Holmes, alzando la linterna y mirando en derredor.

—Ni desde abajo —dijo el señor Merryweather, golpeando con el bastón las losas que cubrían el suelo—. ¡Vaya por Dios, si suena completamente a hueco! —exclamó, alzando la vista con asombro.

—¡Le ruego encarecidamente que guarde un poco de silencio! —dijo Holmes en tono severo—. Acaba de poner en grave peligro el éxito de nuestra expedición. ¿Sería tan amable de tomar asiento en uno de esos cajones y no intervenir para nada?

El solemne señor Merryweather se encaramó a un cajón de madera con un semblante profundamente ofendido, mientras Holmes caía de rodillas sobre el suelo y, armado de la linterna y de una lente de aumento, comenzaba a examinar con minucia las junturas de las losas. Unos pocos segundos bastaron para dejarle satisfecho, pues se puso de nuevo en pie de un salto y se guardó la lupa en el bolsillo.

—Tenemos al menos una hora por delante —comentó—, pues difícilmente se pondrán en movimiento antes de que el buen prestamista esté a buen recaudo en la cama. Luego no perderán ni un minuto, pues cuanto antes terminen la faena más tiempo tendrán para escapar. Nos encontramos en este momento, doctor —como sin duda habrá adivinado—, en los sótanos de la sucursal de la City de uno de los principales bancos de Londres. El señor Merryweather es el presidente del consejo de administración y le explicará que existen sobradas razones para que los criminales más audaces de la capital sientan un vivo interés por este sótano en estos momentos.

—Se trata de nuestro oro francés —susurró el director—. Hemos recibido varios avisos confidenciales de que se proyectaba un golpe contra él.

—¿Su oro francés?

—Sí. Tuvimos ocasión hace unos meses de reforzar nuestras reservas y tomamos prestados con ese fin treinta mil napoleones de oro del Banco de Francia. Se ha corrido la voz de que no hemos tenido necesidad de desembalar los fondos y de que el dinero sigue almacenado en nuestro sótano. El cajón sobre el que estoy sentado contiene dos mil napoleones embalados entre láminas de plomo. Nuestra reserva de metal precioso es mucho mayor en la actualidad de lo que suele custodiarse en una simple sucursal, y los directores albergaban serios temores a este respecto.

—Los cuales estaban sobradamente justificados —observó Holmes—. Y ahora es momento de ultimar nuestros pequeños preparativos. Calculo que dentro de una hora los acontecimientos llegarán a su desenlace. Entretanto, señor Merryweather, debemos tapar la mirilla de esa linterna sorda.

—¿Y quedarnos a oscuras?

—Me temo que sí. Traía una baraja de cartas en el bolsillo y pensé que, como éramos cuatro, tal vez pudiera jugar su partida después de todo. Pero veo que los preparativos del enemigo están tan avanzados que no podemos arriesgarnos a encender una luz. Y, ante todo, debemos elegir nuestras posiciones. Son hombres audaces y, aunque los tomaremos en desventaja, pueden hacernos daño si no nos andamos con cuidado. Yo me apostaré detrás de este cajón y ustedes ocúltense detrás de aquellos. Luego, cuando dirija el haz de luz sobre ellos, abaláncense con rapidez. Si disparan, Watson, no vacile en hacer fuego.

Coloqué mi revólver amartillado sobre la parte superior de la caja de madera tras la cual me agazapaba. Holmes corrió la lengüeta metálica de su linterna y nos dejó en una oscuridad absoluta, tan impenetrable como jamás había experimentado en mi vida. El olor a metal recalentado nos recordaba que la luz seguía allí, dispuesta a brotar al menor aviso. Para mí, con los nervios en tensión por la incertidumbre, había algo deprimente y opresivo en aquella repentina penumbra y en el aire gélido y húmedo de la cripta.

—Solo tienen una vía de escape —susurró Holmes—: volver a cruzar la casa para salir a Saxe-Coburg Square. ¿Ha hecho lo que le pedí, Jones?

—Tengo un inspector y dos guardias apostados a la puerta principal.

—Entonces hemos tapado todas las madrigueras. Y ahora, silencio y a esperar.

¡Qué eternidad pareció aquel tiempo! Al comparar impresiones más tarde, comprobamos que apenas había transcurrido una hora y cuarto; y, con todo, me pareció como si la noche se hubiera consumido casi por entero y la aurora estuviese a punto de despuntar sobre nuestras cabezas. Sentía los miembros entumecidos y rígidos, pues temía mudar de postura; mis nervios, empero, estaban templados al límite de la tensión y mi oído se aguzó de tal modo que no solo percibía el leve aliento de mis compañeros, sino que distinguía la respiración más profunda y pesada del corpulento Jones del rumor silbante y asmático del banquero. Desde mi atalaya alcanzaba a mirar por encima de la caja en dirección al suelo. De repente, mis ojos captaron el destello de un resplandor.

Fin del Episodio 8 · de 47

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