La liga de los pelirrojos · II
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No había nada en el despacho salvo un par de sillas de madera y una mesa de pino, tras la cual se sentaba un hombrecillo con una cabeza aún más roja que la mía. Dedicaba unas pocas palabras a cada candidato a medida que se acercaban y luego siempre se las apañaba para encontrar algún defecto que lo descalificaba. Conseguir la vacante no parecía cosa tan sencilla, después de todo. Sin embargo, cuando nos llegó el turno, el hombrecillo se mostró mucho más favorable conmigo que con cualquiera de los otros, y cerró la puerta en cuanto entramos para poder hablar a solas con nosotros.
—«Este es el señor Jabez Wilson —dijo mi ayudante—, y desearía optar a una vacante en la Liga».
—«Y está admirablemente dotado para ella —respondió el otro—. Reúne todas las condiciones exigidas. No recuerdo cuándo vi nada tan espléndido». Dio un paso atrás, ladeó la cabeza y contempló mi pelo hasta hacerme sentir verdaderamente azorado. De pronto se abalanzó hacia delante, me estrechó la mano y me felicitó calurosamente por mi éxito.
—«Sería una injusticia titubear —dijo—. Me disculpará usted, no obstante, si adopto una precaución elemental». Con estas palabras me agarró el pelo con ambas manos y tiró de él hasta hacerme soltar un alarido de dolor. «Tiene lágrimas en los ojos —dijo al soltarme—. Veo que todo está como debe ser. Pero tenemos que andarnos con mucho tiento, porque ya nos han engañado dos veces con pelucas y una con tintes. Podría contarle historias de pez de zapatero que le harían avergonzarse de la naturaleza humana». Se acercó a la ventana y gritó con todas sus fuerzas que la plaza ya estaba cubierta. Un gemido de desencanto subió desde abajo y la muchedumbre se dispersó en todas direcciones hasta que no quedó un solo pelirrojo a la vista, salvo el mío y el del administrador.
—«Mi nombre —dijo él— es el señor Duncan Ross, y yo mismo soy uno de los pensionistas del fondo constituido por nuestro noble benefactor. ¿Es usted casado, señor Wilson? ¿Tiene familia?».
—Respondí que no.
—Se le ensombreció el semblante en el acto.
—«¡Santo cielo! —dijo con pesadumbre—, ¡eso es muy grave, ciertamente! Siento mucho oírle decir eso. El fondo, como comprenderá, fue fundado tanto para la propagación y fomento de los pelirrojos como para su manutención. Es una verdadera desdicha que sea usted soltero».
—Se me cayó el alma a los pies al oír aquello, señor Holmes, pues creí que después de todo me quedaría sin la vacante; pero tras reflexionar unos minutos, dijo que todo saldría bien.
—«Tratándose de cualquier otro —dijo—, la objeción habría sido fatal; pero debemos estirar un punto las reglas en favor de un hombre con semejante cabellera. ¿Cuándo podrá tomar posesión de sus nuevas funciones?».
—«Pues bien, resulta un poco complicado, porque ya tengo un negocio propio», dije yo.
—«¡Oh, no se preocupe por eso, señor Wilson! —intervino Vincent Spaulding—. Yo me ocuparé de atenderlo por usted».
—«¿Cuál sería el horario?», pregunté.
—«De diez a dos».
—Ahora bien, un negocio de préstamos funciona sobre todo por las tardes, señor Holmes, en especial los jueves y viernes por la tarde, justo antes de los días de pago; de modo que me venía de perlas ganar un sobresueldo por las mañanas. Además, sabía que mi ayudante era un hombre de confianza y que atendería cualquier asunto que se presentase.
—«Eso me vendría a las mil maravillas —dije—. ¿Y la paga?».
—«Cuatro libras a la semana».
—«¿Y el trabajo?».
—«Es puramente nominal».
—«¿A qué llama usted puramente nominal?».
—«Pues bien, tiene que permanecer en la oficina, o al menos dentro del edificio, durante todo el tiempo. Si se marcha, perderá su plaza para siempre. El testamento es taxativo sobre ese punto. Incumplirá las condiciones si se mueve de la oficina en ese horario».
—«Son solo cuatro horas al día y no se me ocurriría marcharme», dije yo.
—«Ninguna excusa servirá —advirtió el señor Duncan Ross—; ni enfermedad ni negocios ni nada por el estilo. O se queda aquí o pierde su empleo».
—«¿Y la tarea?».
—«Consiste en copiar la Enciclopedia Británica. En aquel armario tiene el primer volumen. Debe traer su propia tinta, plumas y papel secante, pero nosotros le proporcionamos esta mesa y esta silla. ¿Estará listo para mañana?».
—«Desde luego», respondí.
—«En tal caso, adiós, señor Jabez Wilson, y permítame felicitarle una vez más por el importante puesto que ha tenido la fortuna de conseguir». Me despidió con una reverencia y me fui a casa con mi ayudante, sin saber apenas qué decir ni qué hacer, de lo contento que estaba con mi buena suerte.
—Pues bien, estuve dándole vueltas al asunto todo el día, y al anochecer volví a desanimarme, pues me había convencido por completo de que toda la historia no podía ser más que una descomunal tomadura de pelo o un fraude, aunque no alcanzaba a adivinar qué propósito podía perseguir. Parecía enteramente increíble que alguien redactase un testamento semejante o que se pagara semejante suma por realizar algo tan sencillo como copiar la Enciclopedia Británica. Vincent Spaulding hizo lo que pudo para darme ánimos, pero a la hora de acostarme ya me había desengañado de toda la patraña. Con todo, por la mañana decidí pasarme a ver de todos modos; así que compré un tintero de penique y, pertrechado con una pluma de ave y siete pliegos de papel de oficio, me puse en camino hacia Pope’s Court.
—Pues bien, para mi sorpresa y alborozo, todo marchaba a las mil maravillas. La mesa estaba preparada para mí y el señor Duncan Ross aguardaba allí para cerciorarse de que me ponía debidamente al trabajo. Me indicó que comenzara por la letra A y luego me dejó solo; pero se asomaba de vez en cuando para comprobar que todo iba bien. A las dos en punto me dio las buenas tardes, me felicitó por la cantidad de texto que había copiado y echó la llave a la puerta de la oficina tras despedirme.
—Y esto se repitió día tras día, señor Holmes; y el sábado el administrador se presentó y depositó cuatro relucientes soberanos de oro por mi semana de trabajo. Lo mismo sucedió a la semana siguiente y a la que siguió. Cada mañana me plantaba allí a las diez y cada tarde me marchaba a las dos. Poco a poco, el señor Duncan Ross se fue acostumbrando a pasarse solo una vez por la mañana, y luego, con el tiempo, dejó de venir en absoluto. Aun así, por supuesto, jamás me atreví a desamparar la habitación ni un solo instante, pues no estaba seguro de cuándo podría presentarse; y el empleo era tan ventajoso y me cuadraba tan bien que no quería exponerme a perderlo.
—Ocho semanas transcurrieron de este modo, y ya había escrito sobre Abades, Arquería, Armaduras, Arquitectura y el Ática, y abrigaba la fundada esperanza de pasar a la letra B antes de mucho tiempo. Me había gastado un buen dinero en papel de oficio y tenía casi un anaquel entero repleto de mis escritos. Y de repente, todo el tinglado se vino abajo.
—¿Se vino abajo?
—Sí, señor. Y no más tarde que esta misma mañana. Acudí a mi trabajo como de costumbre a las diez en punto, pero la puerta estaba cerrada a cal y canto, con un pedazo de cartón clavado en mitad del tablero con una chincheta. Aquí lo tiene, y puede leerlo usted mismo.
Nos mostró un cartoncillo blanco del tamaño aproximado de una cuartilla de papel. Decía textualmente:
«LA LIGA DE LOS PELIRROJOS QUEDA DISUELTA. 9 de octubre de 1890».
Sherlock Holmes y yo contemplamos aquel lacónico comunicado y la faz compungida de quien lo sostenía, hasta que la vertiente cómica del asunto superó de tal modo a cualquier otra consideración que ambos estallamos en una ruidosa carcajada.
—No veo qué tiene de gracioso —exclamó nuestro cliente, poniéndose encarnado hasta la raíz misma de su llameante cabellera—. Si no saben hacer otra cosa que burlarse de mí, puedo buscar ayuda en otra parte.
—¡No, no! —exclamó Holmes, empujándole de nuevo hacia la silla de la que se había incorporado a medias—. Por nada del mundo querría perderme su caso. Resulta deliciosamente insólito. Pero convendrá conmigo en que encierra un aspecto sumamente cómico. Tenga la bondad de decirme: ¿qué medidas tomó al encontrar ese letrero en la puerta?
—Me quedé estupefacto, señor. No supe qué hacer. Pregunté en las oficinas colindantes, pero nadie parecía saber nada del asunto. Por último acudí al casero, que es un contable que vive en la planta baja, y le pregunté si podía decirme qué había sido de la Liga de los Pelirrojos. Me respondió que jamás había oído hablar de semejante asociación. Luego le pregunté quién era el señor Duncan Ross. Me contestó que ese nombre no le sonaba de nada.
—«Pues bien —le dije—, me refiero al caballero del número cuatro».
—«¿Cómo? ¿El pelirrojo?».
—«Ese mismo».
—«¡Ah! —dijo él—. Su nombre era William Morris. Era procurador y utilizaba mi despacho como acomodo provisional hasta que estuvieran listas sus nuevas oficinas. Se mudó ayer».
—«¿Y dónde podría encontrarlo?».
—«Pues en su nuevo bufete. Me dejó las señas. Sí: King Edward Street, número 17, cerca de San Pablo».
—Me puse en camino, señor Holmes, pero al llegar a esas señas me encontré con una fábrica de rodilleras artificiales, y nadie allí había oído hablar jamás ni del señor William Morris ni del señor Duncan Ross.
—¿Y qué hizo entonces? —preguntó Holmes.
—Regresé a mi casa en Saxe-Coburg Square y le pedí consejo a mi ayudante. Pero él no supo orientarme de ninguna forma. Solo se le ocurrió decir que si aguardaba recibiría noticias por correo. Pero aquello no me satisfacía, señor Holmes. No estaba dispuesto a perder semejante empleo sin presentar batalla; de modo que, habiendo oído decir que usted tenía la bondad de aconsejar a los desvalidos que se hallaban en apuros, acudí sin vacilar a verle.
—Y obró con suma prudencia —dijo Holmes—. Su caso reviste una singularidad extraordinaria y tendré sumo gusto en examinarlo. Por cuanto me ha relatado, sospecho que de él pueden pender consecuencias mucho más graves de lo que a primera vista parecería.
—¡Vaya si son graves! —dijo el señor Jabez Wilson—. ¡He perdido cuatro libras a la semana!
—Por lo que a usted personalmente respecta —observó Holmes—, no alcanzo a ver qué agravio tiene contra esa insólita hermandad. Al contrario: según entiendo, es usted más rico en unas treinta libras, por no hablar de los minuciosos conocimientos que ha adquirido sobre todo asunto que comience por la letra A. No ha perdido nada gracias a ellos.
—No, señor. Pero quiero averiguar quiénes son y qué perseguían al gastarme esta broma pesada... si es que fue una broma. Les ha salido cara la chacota, pues les ha costado treinta y dos buenas libras.
—Nos esforzaremos en aclarar todos esos extremos por usted. Y primero, una o dos preguntas, señor Wilson. Ese ayudante suyo que le llamó por vez primera la atención sobre el anuncio... ¿cuánto tiempo llevaba trabajando con usted?
—Alrededor de un mes, por entonces.
—¿Cómo llegó a colocarse?
—En respuesta a un anuncio de prensa.
—¿Fue el único aspirante?
—No, tuve una docena.
—¿Por qué le eligió a él?
—Porque era mañoso y salía barato.
—A mitad de sueldo, de hecho.
—Sí.
—¿Qué aspecto tiene ese tal Vincent Spaulding?
—Bajo, fornido, muy vivo de movimientos, barbilampiño, aunque no baja de los treinta años. Lleva una mancha blanca de ácido en la frente.
Holmes se incorporó en su sillón con viva excitación. —¿Se fijó alguna vez en si tiene las orejas horadadas para pendientes?
—Sí, señor. Me contó que se las había perforado un gitano cuando era muchacho.
—¡Hum! —dijo Holmes, recostándose de nuevo sumido en hondas reflexiones—. ¿Sigue aún con usted?
—¡Oh, sí, señor! Lo acabo de dejar hace un momento.
—¿Y ha atendido bien su negocio durante su ausencia?
—No tengo queja alguna, señor. Por las mañanas nunca hay demasiado trabajo.
—Eso bastará, señor Wilson. Tendré mucho gusto en darle una opinión sobre el asunto en el transcurso de un día o dos. Hoy es sábado, y confío en que para el lunes podamos llegar a una conclusión.
—Bien, Watson —dijo Holmes cuando nuestro cliente nos hubo dejado—, ¿qué saca en limpio de todo esto?
—No saco nada en limpio —respondí con franqueza—. Es un asunto de lo más misterioso.
—Por regla general —dijo Holmes—, cuanto más extravagante resulta una cosa, menos misteriosa suele ser en el fondo. Los delitos vulgares y sin rasgos distintivos son los que de verdad desconciertan, del mismo modo que un rostro corriente es el más difícil de identificar. Pero debo darme prisa en este asunto.
—¿Qué piensa hacer, entonces? —pregunté.
—Fumar —respondió él—. Es un problema que exige quemar tres pipas, y le ruego que no me hable durante cincuenta minutos. —Se encogió en su sillón, con las delgadas rodillas pegadas a su nariz ganchuda, y allí permaneció con los ojos cerrados y la pipa de arcilla negra apuntando como el pico de algún ave extraña. Había llegado a la conclusión de que se había quedado dormido e incluso yo mismo andaba cabeceando, cuando de súbito se levantó del asiento de un salto, con el ademán resuelto de quien ha tomado una decisión, y depositó la pipa sobre la repisa de la chimenea.
—Sarasate toca esta tarde en el St. James’s Hall —comentó—. ¿Qué le parece, Watson? ¿Podrían sus pacientes prescindir de usted durante unas horas?
—No tengo nada urgente que atender hoy. Mi clientela nunca es demasiado absorbente.
—En tal caso, póngase el sombrero y venga conmigo. Pasaremos primero por la City y podremos tomar algo por el camino. Observo que en el programa abunda la música alemana, que se acomoda mucho mejor a mis gustos que la italiana o la francesa. Es introspectiva, y yo tengo necesidad de introspección. ¡En marcha!
Viajamos en el ferrocarril subterráneo hasta Aldersgate; y una breve caminata nos condujo a Saxe-Coburg Square, escenario de la singular historia que habíamos escuchado por la mañana. Era una plazuela deslucida, pequeña y de una respetabilidad venida a menos, donde cuatro hileras de lúgubres casas de ladrillo de dos plantas se asomaban a un pequeño cercado enverjado, en el que un césped invadido de malas hierbas y unos cuantos matorrales de laurel marchito libraban dura batalla contra una atmósfera enrarecida y cargada de humo. Tres bolas doradas y un letrero marrón con la leyenda «JABEZ WILSON» en letras blancas, en una casa de la esquina, señalaban el establecimiento donde nuestro pelirrojo cliente ejercía su comercio. Sherlock Holmes se detuvo ante ella con la cabeza ladeada y lo examinó todo con atención, con los ojos brillándole vivamente entre los párpados entrecerrados. Luego subió despacio por la calle y volvió a bajar hasta la esquina, sin dejar de mirar fijamente las casas. Por último regresó a la casa de empeños y, tras golpear vigorosamente el pavimento con el bastón dos o tres veces, subió a la puerta y llamó. Abrió al instante un mozo avispado y afeitado que le invitó a pasar.
Fin del Episodio 7 · de 47
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