La liga de los pelirrojos · I
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Un día de otoño del año pasado fui a visitar a mi amigo el señor Sherlock Holmes y lo encontré enfrascado en animada conversación con un caballero anciano, sumamente corpulento, de rostro rubicundo y pelo de un rojo encendido. Pidiendo disculpas por mi intromisión, me disponía a retirarme cuando Holmes me hizo entrar bruscamente en la habitación de un tirón y cerró la puerta a mis espaldas.
—No podía usted haber llegado en mejor momento, mi querido Watson —dijo cordialmente.
—Temía que estuviera ocupado.
—Lo estoy. Y mucho.
—En tal caso puedo esperar en la habitación contigua.
—De ningún modo. Este caballero, el señor Wilson, ha sido mi compañero y colaborador en muchos de mis casos más afortunados, y no me cabe duda de que me resultará de la mayor utilidad en el suyo.
El grueso caballero se incorporó a medias de su asiento e hizo una inclinación de cabeza a modo de saludo, lanzándome una rápida mirada inquisitiva desde sus ojillos rodeados de grasa.
—Pruebe el canapé —dijo Holmes, dejándose caer de nuevo en su sillón y uniendo las yemas de los dedos, como acostumbraba a hacer en sus momentos de reflexión judicial—. Sé bien, mi querido Watson, que comparte usted mi afición por todo lo extravagante y apartado de las convenciones y de la monótona rutina de la vida cotidiana. Bien ha demostrado su gusto por ello con el entusiasmo que le ha impulsado a poner por escrito y, si me perdona la expresión, a embellecer un tanto no pocas de mis modestas aventuras.
—Sus casos han revestido siempre el mayor interés para mí —observé.
—Recordará usted que comenté el otro día, justo antes de que nos adentráramos en el sencillo problema planteado por la señorita Mary Sutherland, que para efectos insólitos y combinaciones extraordinarias debemos acudir a la vida misma, que resulta siempre mucho más audaz que cualquier esfuerzo de la imaginación.
—Una afirmación sobre la que me tomé la libertad de manifestar mis dudas.
—Así lo hizo, doctor; pero aun así no tendrá más remedio que plegarse a mi criterio, pues de lo contrario seguiré acumulando hecho sobre hecho hasta que su razón claudique ante ellos y me reconozca la razón. Pues bien, el señor Jabez Wilson ha tenido la amabilidad de visitarme esta mañana y de iniciar un relato que promete ser uno de los más singulares que haya escuchado en mucho tiempo. Ya me ha oído decir que las cosas más extrañas y únicas están asociadas con frecuencia, no a los grandes delitos, sino a los menores, y en ocasiones incluso a aquellos casos en que cabe dudar de si se ha cometido en verdad algún delito propiamente dicho. Por lo que he oído hasta ahora, me es imposible asegurar si el presente caso constituye un delito o no; pero el curso de los acontecimientos figura sin duda entre los más singulares a los que jamás haya prestado oído. Tal vez, señor Wilson, tenga usted la gran bondad de recomenzar su narración. Se lo pido no solo porque mi amigo el doctor Watson no ha escuchado la primera parte, sino también porque la peculiar naturaleza de la historia me hace desear conocer de sus propios labios hasta el último detalle. Por regla general, en cuanto percibo una leve indicación de la marcha de los sucesos, soy capaz de orientarme gracias a los millares de casos análogos que acuden a mi memoria. En la presente ocasión me veo forzado a admitir que los hechos son, a mi leal entender, enteramente únicos.
El corpulento cliente hinchó el pecho con cierta muestra de orgullo y extrajo un periódico sucio y arrugado del bolsillo interior de su gabán. Mientras recorría con la vista la columna de anuncios, con la cabeza inclinada hacia delante y el periódico extendido sobre las rodillas, examiné con atención al individuo y me esforcé, a la manera de mi compañero, en descifrar los indicios que pudieran brindar su indumentaria o su aspecto general.
No saqué gran cosa, empero, de mi inspección. Nuestro visitante presentaba todas las trazas de un comerciante británico corriente y moliente: obeso, pomposo y premioso. Llevaba unos pantalones grises a cuadros de pastor bastante holgados, una levita negra no demasiado limpia y desabrochada por delante, y un chaleco pardo del que colgaba una pesada leontina de latón con un trozo de metal cuadrangular y perforado a guisa de adorno. Sobre una silla, junto a él, descansaban una chistera rozada y un sobretodo marrón descolorido, con cuello de terciopelo ajado. En resumidas cuentas, por más que mirase, nada había de notable en aquel hombre, salvo su cabellera de un rojo llameante y una expresión de vivo disgusto y despecho en sus facciones.
La mirada penetrante de Sherlock Holmes captó de inmediato mi ocupación, y movió la cabeza con una sonrisa al advertir mis miradas perplejas. —Aparte de los hechos evidentes de que en algún tiempo se dedicó al trabajo manual, de que toma rapé, de que es francmasón, de que ha estado en China y de que ha escrito mucho últimamente, nada más alcanzo a deducir.
El señor Jabez Wilson se enderezó en su silla de golpe, con el índice sobre el periódico y los ojos clavados en mi compañero.
—¿Cómo demonios ha podido saber todo eso, señor Holmes? —preguntó—. ¿Cómo supo, por ejemplo, que me dediqué al trabajo manual? Es una verdad como un templo, pues empecé como carpintero de ribera.
—Por sus manos, mi querido señor. Su mano derecha es un número mayor que la izquierda. Ha trabajado con ella y sus músculos están más desarrollados.
—Bueno, ¿y lo del rapé y la masonería?
—No insultaré su inteligencia explicándole cómo he leído eso, máxime cuando, infringiendo un tanto las estrictas reglas de su orden, luce usted un alfiler de corbata con el arco y el compás.
—¡Ah, claro! Me había olvidado de eso. ¿Y lo de haber escrito?
—¿Qué otra cosa puede indicar ese puño derecho tan reluciente a lo largo de cinco pulgadas y el izquierdo con esa rozadura lisa junto al codo, donde apoya el brazo sobre el pupitre?
—Bien, ¿pero lo de China?
—El pez que lleva tatuado justo encima de la muñeca derecha solo pudo grabarse en China. He realizado un modesto estudio sobre las marcas del tatuaje y hasta he contribuido a la literatura sobre el tema. Esa costumbre de teñir las escamas de los peces de un delicado color rosado es exclusiva de China. Si a ello añado que veo una moneda china colgando de su cadena de reloj, el asunto resulta aún más sencillo.
El señor Jabez Wilson soltó una pesada carcajada. —¡Vaya por Dios! —dijo—. Al principio pensé que había hecho algo asombroso, pero veo que después de todo no tenía misterio alguno.
—Empiezo a pensar, Watson —dijo Holmes—, que cometo un error al dar explicaciones. «Omne ignotum pro magnifico», ya sabe; y mi pobre reputación, tal cual es, zozobrará si soy tan ingenuo. ¿No encuentra el anuncio, señor Wilson?
—Sí, ya lo tengo —respondió, plantando su grueso y enrojecido dedo a mitad de la columna—. Aquí está. Con esto empezó todo. Léalo usted mismo, caballero.
Tomé el periódico de sus manos y leí lo siguiente:
«A LA LIGA DE LOS PELIRROJOS: En virtud del legado testamentario del difunto Ezekiah Hopkins, de Lebanon, Pensilvania (Estados Unidos), queda abierta otra vacante que da derecho a un miembro de la Liga a un sueldo de 4 libras esterlinas semanales por servicios puramente nominales. Son elegibles todos los varones de pelo rojo, en pleno uso de sus facultades físicas y mentales y mayores de veintiún años. Preséntense en persona el lunes, a las once en punto, a Duncan Ross, en las oficinas de la Liga, Pope’s Court, 7, Fleet Street».
—¿Qué demonios significa esto? —exclamé tras leer dos veces el insólito comunicado.
Holmes soltó una risita y se revolvió en su sillón, según su costumbre cuando estaba de buen humor. —Se sale un poco de lo trillado, ¿verdad? —dijo—. Y ahora, señor Wilson, arranque desde el principio y cuéntenos todo sobre usted, sobre su casa y sobre los efectos que este anuncio tuvo en su fortuna. Tome nota primero, doctor, del diario y de la fecha.
—Es The Morning Chronicle del 27 de abril de 1890. Hace justo dos meses.
—Muy bien. ¿Y ahora, señor Wilson?
—Pues bien, es justo como le venía diciendo, señor Sherlock Holmes —dijo Jabez Wilson, secándose la frente con el pañuelo—; tengo un modesto negocio de préstamos sobre prendas en Coburg Square, cerca de la City. No es un gran establecimiento y en los últimos años apenas me ha dado para malvivir. En otro tiempo podía mantener a dos ayudantes, pero ahora solo tengo a uno; y me costaría mucho pagarle si no fuera porque se avino a trabajar por medio sueldo con tal de aprender el oficio.
—¿Cómo se llama ese servicial muchacho? —preguntó Sherlock Holmes.
—Se llama Vincent Spaulding, y tampoco es tan muchacho. Difícil es calcular su edad. No desearía un ayudante más despabilado, señor Holmes; y bien sé que podría colocarse en mejor sitio y ganar el doble de lo que yo puedo pagarle. Pero, al fin y al cabo, si él está satisfecho, ¿para qué voy a meterle pájaros en la cabeza?
—¿Para qué, en efecto? Parece usted muy afortunado al contar con un empleado que trabaja por debajo del precio corriente del mercado. No es una experiencia habitual entre los patronos de nuestros días. No sé si su empleado no resulta tan singular como su anuncio.
—¡Oh, también tiene sus defectos! —dijo el señor Wilson—. Jamás se vio hombre semejante para la fotografía. Andar disparando la máquina fotográfica cuando debería estar cultivando el entendimiento, y luego zambullirse en el sótano como un conejo en su madriguera para revelar las placas. Ese es su defecto principal; pero, bien mirado, es un buen trabajador. No tiene vicios.
—¿Sigue aún con usted, supongo?
—Sí, señor. Él y una muchacha de catorce años que hace la comida sencilla y mantiene limpio el local; eso es todo cuanto tengo en casa, pues soy viudo y nunca tuve descendencia. Llevamos una vida muy retirada, señor, los tres juntos; y tenemos un techo bajo el que cobijarnos y pagamos nuestras deudas, aunque no hagamos otra cosa.
—Lo primero que nos sacó de nuestras casillas fue ese anuncio. Spaulding bajó a la trastienda hace hoy justamente ocho semanas, con ese mismo periódico en la mano, y dice:
—«¡Ojalá el cielo hubiera querido hacerme pelirrojo, señor Wilson!».
—«¿Y eso por qué?», le pregunto.
—«Pues porque hay otra vacante en la Liga de los Pelirrojos —dice—. Vale una pequeña fortuna para el hombre que la consiga, y tengo entendido que hay más vacantes que hombres, de modo que los administradores no saben qué hacer con el dinero. Si mi pelo quisiera cambiar de color, ahí tendría un buen nido preparado para instalarme».
—«Pero ¿de qué se trata entonces?», pregunté yo. Verá usted, señor Holmes, soy un hombre muy casero, y como mi negocio venía a mí en vez de tener que salir yo a buscarlo, a menudo me pasaba semanas enteras sin poner un pie fuera del felpudo. De ese modo apenas me enteraba de lo que ocurría fuera y siempre me alegraba recibir alguna novedad.
—«¿Es que jamás ha oído hablar de la Liga de los Pelirrojos?», me preguntó con los ojos desorbitados.
—«Jamás».
—«Pues bien me asombra, porque usted mismo reúne las condiciones para optar a una de las vacantes».
—«¿Y cuánto valen?», pregunté.
—«¡Oh, apenas un par de cientos de libras al año; pero el trabajo es ligero y apenas interfiere con las demás ocupaciones de uno!».
—Pues bien, ya comprenderán que aquello me hizo aguzar las orejas, pues el negocio no ha marchado demasiado boyante en estos últimos años y un par de cientos de libras suplementarias me habrían venido de perlas.
—«Cuéntemelo todo», le dije.
—«Verá —dijo él, mostrándome el anuncio—, ya puede ver por sí mismo que la Liga ofrece una plaza vacante y ahí tiene las señas a las que debe dirigirse para pedir informes. Por lo que he podido averiguar, la Liga fue fundada por un millonario estadounidense, Ezekiah Hopkins, que era hombre de costumbres muy raras. Él mismo era pelirrojo y sentía una gran devoción por todos los hombres pelirrojos; así que, al morir, se descubrió que había dejado su inmensa fortuna en manos de albaceas con instrucciones de destinar las rentas a proporcionar empleos cómodos a quienes tuvieran el pelo de ese color. Por lo que he oído, pagan espléndidamente y dan poquísimo que hacer».
—«Pero —dije yo—, habrá millones de pelirrojos que se presenten».
—«No tantos como pudiera figurarse —respondió él—. Verá, en realidad se limita a londinenses y a hombres ya adultos. Este americano había salido de Londres siendo joven y quería hacerle un favor a su vieja ciudad natal. Además, he oído decir que es inútil presentarse si uno tiene el pelo rubio rojizo, o castaño cobrizo, o cualquier tono que no sea un rojo vivo, encendido y llameante. Ahora bien, si a usted le apeteciera solicitarlo, señor Wilson, no tendría más que entrar allí; aunque tal vez no valga la pena molestarse por un par de centenares de libras».
—Pues bien, es un hecho, caballeros, como ustedes mismos pueden comprobar, que mi pelo es de un tono muy encendido y denso, de modo que me pareció que, si había alguna competencia en el asunto, yo tenía tantas probabilidades de éxito como cualquier otro hombre que hubiera conocido en mi vida. Vincent Spaulding parecía saber tanto del tema que pensé que podría serme de utilidad, de modo que le ordené echar el cierre por ese día y acompañarme de inmediato. Él se mostró encantado de disfrutar de un día de fiesta, así que cerramos el negocio y nos pusimos en marcha rumbo a las señas que indicaba el anuncio.
—No espero volver a presenciar un espectáculo semejante en mi vida, señor Holmes. Del norte, del sur, del este y del oeste, todo hombre que tuviese un reflejo rojizo en el pelo había acudido a la City para responder a la convocatoria. Fleet Street estaba abarrotada de pelirrojos y Pope’s Court parecía la carretilla de naranjas de un verdulero ambulante. No habría creído que existieran tantos en el país entero como los que se dieron cita allí por obra de aquel simple anuncio. Los había de todas las tonalidades imaginables: paja, limón, naranja, ladrillo, perro perdiguero irlandés, hígado, arcilla; pero, tal como Spaulding había advertido, no eran muchos los que lucían ese auténtico tinte llameante e intenso. Al ver a tanta gente aguardando, me habría dado por vencido; pero Spaulding no quiso ni oír hablar de ello. No sé cómo se las ingenió, pero empujó, forcejeó y se abrió paso a codazos hasta meterme entre la multitud y dejarme al pie mismo de la escalera que conducía a la oficina. Una doble corriente circulaba por los peldaños: unos subían esperanzados y otros bajaban compungidos; pero nos abrimos camino lo mejor que pudimos y pronto nos hallamos dentro del despacho.
—Su experiencia ha sido sumamente entretenida —comentó Holmes cuando su cliente hizo una pausa y refrescó la memoria con una generosa toma de rapé—. Tenga la bondad de continuar con su interesantísimo relato.
Fin del Episodio 6 · de 47
La liga de los pelirrojos · I
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