La liga de los pelirrojos · IV
~7 min · 1343 palabras
Al principio no fue más que una chispa lívida sobre el suelo de piedra. Luego se alargó hasta transformarse en una línea amarilla y entonces, sin previo aviso ni ruido alguno, pareció abrirse una hendidura y asomó una mano, una mano blanca, casi femenina, que tanteó en torno al centro del pequeño espacio iluminado. Durante un minuto o más, la mano, con sus dedos temblorosos, permaneció proyectada sobre el pavimento. Luego se retiró con la misma brusquedad con que había aparecido, y todo volvió a quedar a oscuras salvo la solitaria chispa que delataba una juntura entre las losas.
Su desaparición, no obstante, fue solo momentánea. Con un crujido sordo, una de las losas anchas y blancas se ladeó sobre un costado y dejó un hueco cuadrado y abierto por el que manó a raudales la luz de una linterna. Por el borde asomó un rostro juvenil y de facciones finas que miró con viveza en derredor; y luego, apoyando una mano a cada lado del orificio, alzó el cuerpo hasta la altura de los hombros y de la cintura, hasta apoyar una rodilla en el reborde. Un instante después se hallaba de pie junto a la abertura y tiraba hacia arriba de un compañero, ágil y menudo como él, de rostro pálido y una mata de pelo de un rojo encendido.
—Todo está despejado —susurró—. ¿Tienes el cincel y las sacas? ¡Cielo santo! ¡Salta, Archie, salta, que yo cargaré con las culpas!
Sherlock Holmes había saltado de su escondite y aferrado al intruso por el cuello. El otro se zambulló por el hueco y oí el ruido de tela desgarrada cuando Jones le atenazó los faldones. La luz brilló sobre el cañón de un revólver, pero la fusta de caza de Holmes cayó con fuerza sobre la muñeca del hombre y el arma tintineó sobre el suelo de piedra.
—Es inútil, John Clay —dijo Holmes con voz pausada—. No tiene escapatoria posible.
—Ya lo veo —respondió el otro con la mayor sangre fría—. Supongo que mi camarada estará a salvo, aunque veo que le ha arrancado los faldones de la levita.
—Hay tres agentes esperándole a la puerta —dijo Holmes.
—¡Vaya, hombre! Por lo visto lo ha dispuesto usted todo a la perfección. No me queda sino felicitarle.
—Y yo a usted —respondió Holmes—. Su estratagema de los pelirrojos fue sumamente original y eficaz.
—Pronto volverá a ver a su camarada —intervino Jones—. Es más rápido que yo colándose por las madrigueras. Extienda las manos mientras le coloco las pulseras.
—Le ruego que no me toque con sus manos mugrientas —observó nuestro prisionero al tiempo que las esposas chasqueaban sobre sus muñecas—. Tal vez ignore que llevo sangre real en las venas. Tenga también la delicadeza, cuando se dirija a mí, de decir siempre «señor» y «por favor».
—Muy bien —dijo Jones con una mirada burlona y una risita entre dientes—. ¿Tendría la bondad, señor, de marchar escaleras arriba, donde podamos tomar un coche que conduzca a Su Alteza hasta la comisaría?
—Eso está mejor —dijo John Clay con serenidad. Hizo una amplia reverencia a los tres y se marchó con paso tranquilo bajo la custodia del detective.
—La verdad, señor Holmes —dijo el señor Merryweather mientras los seguíamos fuera del sótano—, no sé cómo el banco podrá agradecerle o recompensarle este servicio. No cabe duda de que ha descubierto y desbaratado de la forma más rotunda uno de los intentos de robo bancario más resueltos que jamás hayan llegado a mi conocimiento.
—Tenía una o dos cuentas menudas que ajustar con el señor John Clay —dijo Holmes—. He incurrido en algunos pequeños gastos en este asunto, que confiaré en que el banco me reintegre; pero, aparte de eso, me doy por ampliamente recompensado con haber vivido una experiencia en muchos sentidos única y por haber escuchado la singularísima historia de la Liga de los Pelirrojos.
—Como ve, Watson —me explicó en las primeras horas de la madrugada, mientras nos tomábamos un vaso de whisky con soda en Baker Street—, resultaba del todo evidente desde el primer momento que el único objetivo posible de ese negocio tan extravagante del anuncio de la Liga y de la copia de la Enciclopedia tenía que ser quitar de en medio durante varias horas al día a este prestamista no demasiado despierto. Fue un procedimiento curioso de conseguirlo, pero en verdad resultaría difícil idear otro mejor. El método le fue sugerido sin duda a la ingeniosa mente de Clay por el color del pelo de su cómplice. Las cuatro libras semanales constituían un cebo irresistible, y ¿qué representaban para ellos, que se jugaban miles de libras? Pusieron el anuncio, un granuja alquiló la oficina provisional, el otro compinche incitó al hombre a solicitar la plaza y juntos lograron asegurarse su ausencia todas las mañanas de la semana. Desde el instante en que oí decir que el ayudante había entrado a trabajar por medio sueldo, vi claro que tenía algún motivo de peso para colocarse allí.
—¿Pero cómo pudo adivinar cuál era ese motivo?
—De haber habido mujeres en la casa, habría sospechado una vulgar intriga galante. Aquello, empero, quedaba descartado. El negocio del hombre era modesto y nada había en la casa que justificase preparativos tan elaborados ni semejante desembolso de dinero. Debía tratarse, por ende, de algo situado fuera de la vivienda. ¿Qué podía ser? Pensé en la afición del ayudante por la fotografía y en su manía de desaparecer en el sótano. ¡El sótano! Ahí radicaba el extremo del enredado ovillo. Luego hice averiguaciones sobre este misterioso ayudante y descubrí que me las había con uno de los criminales más fríos y audaces de Londres. Estaba haciendo algo en el sótano... algo que requería muchas horas al día a lo largo de meses enteros. ¿Qué podía ser, insisto? No se me ocurrió otra cosa sino que estaba perforando un túnel hacia algún edificio contiguo.
—Hasta ahí había llegado cuando fuimos a inspeccionar el escenario de los hechos. Le sorprendí a usted golpeando el pavimento con mi bastón: pretendía averiguar si el sótano se prolongaba hacia delante o hacia atrás. Hacia delante no era. Luego toqué la campanilla y, tal como esperaba, abrió el ayudante. Ya habíamos tenido algunas refriegas, pero jamás nos habíamos visto las caras. Apenas le miré el rostro: eran sus rodillas lo que deseaba ver. Usted mismo debió de advertir lo rozadas, arrugadas y manchadas que estaban. Daban testimonio elocuente de aquellas horas de cavar galerías subterráneas. El único punto que restaba por dilucidar era hacia dónde cavaban. Doblé la esquina, vi que el City and Suburban Bank lindaba con el establecimiento de nuestro amigo y comprendí que el problema estaba resuelto. Cuando usted se fue a casa tras el concierto, acudí a Scotland Yard y a visitar al presidente del consejo del banco, con el resultado que acaba de presenciar.
—¿Y cómo supo que darían el golpe esta misma noche? —pregunté.
—Pues bien: cuando clausuraron las oficinas de la Liga, fue señal inequívoca de que ya no les importaba la presencia del señor Jabez Wilson; en otras palabras, de que habían concluido el túnel. Pero resultaba esencial que lo utilizaran sin demora, pues corrían el riesgo de ser descubiertos o de que el tesoro fuera trasladado. El sábado les convenía mejor que ningún otro día de la semana, pues les concedía dos jornadas completas para ponerse a salvo. Por todas estas razones esperaba que acudiesen esta noche.
—Ha razonado usted de forma admirable —exclamé con sincera admiración—. Es una cadena tan larga y, sin embargo, cada eslabón suena enteramente a verdad.
—Me libró del tedio —respondió él, bostezando—. ¡Ay de mí! Ya siento cómo vuelve a cerrarse sobre mí. Mi vida transcurre en un constante esfuerzo por escapar a los lugares comunes de la existencia cotidiana. Estos pequeños enigmas me ayudan a conseguirlo.
—Y es usted un benefactor de la humanidad —dije yo.
Holmes se encogió de hombros. —Bueno, después de todo tal vez sirva para algo —comentó—. «L’homme c’est rien—l’œuvre c’est tout», como escribió Gustave Flaubert a George Sand.
Fin del Episodio 9 · de 47
La liga de los pelirrojos · IV
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