El misterio de Copper Beeches · III
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Jephro —dijo ella—: hay un impertinente apostado en la carretera que no quita los ojos de la señorita Hunter».
—«¿Un conocido suyo, señorita Hunter?», preguntó él.
—«No: no conozco a nadie en estos contornos».
—«¡Caramba! ¡Qué insolencia más intolerable! Tenga la amabilidad de volverse y hacerle una seña para que se marche».
—«Seguramente sería mejor no hacerle el menor caso».
—«No, no: si no lo hace se pasará aquí los días merodeando. Vuélvase, por favor, y despídale con un ademán así».
—Hice cuanto me ordenó y en ese mismísimo instante la señora Rucastle bajó la persiana. De eso hace ya una semana y desde entonces no he vuelto a sentarme junto a la ventana, ni he lucido el vestido azul, ni he visto de nuevo al hombre de la carretera.
—Continúe, se lo ruego —dijo Holmes—. Su relato promete ser de sumo interés.
—Se le antojará un tanto inconexo, me temo, y tal vez parezca mediar escasa trabazón entre los diversos lances que voy a referir. El mismísimo primer día de mi llegada a The Copper Beeches el señor Rucastle me condujo a un pequeño cobertizo situado cerca de la puerta de la cocina: al acercarnos escuché el recio entrechocar de una cadena y el rumor de una alimaña de gran tamaño moviéndose en el interior.
—«¡Mire por aquí! —dijo el señor Rucastle, señalándome una rendija entre dos tablas—. ¿No es una preciosidad?».
—Miré a través de la hendidura y divisé dos ojos llameantes y una silueta imprecisa agazapada en la oscuridad.
—«No se asuste —dijo mi patrón, riéndose del respingo que yo había dado—. Es solo Carlo, mi mastín: lo llamo mío, pero en rigor el viejo Toller, mi cochero, es el único hombre capaz de entenderse con él. Solo le damos de comer una vez al día, y no demasiado, de modo que siempre está que muerde. Toller lo suelta todas las noches, y ¡Dios se apiade del intruso en quien clave sus colmillos! Por lo que más quiera en el mundo no traspase jamás el umbral por la noche bajo ningún pretexto, pues le costaría la vida».
—La advertencia no era baladí, pues dos noches después miré por casualidad por la ventana de mi dormitorio hacia las dos de la madrugada. Hacía una hermosa noche de luna y el prado frente a la mansión relucía plateado, casi tan claro como a pleno día: contemplaba embebida la apacible belleza del paisaje cuando advertí que algo se movía bajo la sombra de las hayas cobrizas. Al entrar en el haz de luz de la luna divisé lo que era: un perro gigantesco, corpulento como un ternero, de pelaje leonado, belfos caídos, hocico negro y huesudos miembros descomunales. Cruzó lentamente la pradera y se desvaneció en las sombras del extremo opuesto: aquel espantoso centinela me heló la sangre en las venas como no habría podido hacerlo ningún salteador de caminos.
—Y ahora tengo que referirles una experiencia sumamente extraña. Como saben, me corté el pelo en Londres y lo guardé en una gruesa trenza en el fondo de mi baúl. Una noche, tras haber acostado al niño, me entretuve examinando el mobiliario de mi aposento y colocando mis pertenencias. Había en la habitación una vieja cómoda con los dos cajones superiores abiertos y vacíos y el inferior cerrado con llave. Habiendo llenado los dos primeros con mi lencería y quedándome aún ropa por guardar, me molestó no poder hacer uso del tercero: se me ocurrió que tal vez estuviese echada la llave por simple descuido, de suerte que saqué mi manojo de llaves y probé a abrirlo. La mismísima primera llave encajó a la perfección y abrí el cajón: contenía una sola cosa, pero estoy segura de que jamás adivinarán qué era: ¡era mi propia trenza de cabello!
—La tomé en mis manos y la examiné: tenía el mismísimo tono peculiar e idéntico grosor. Pero entonces la imposibilidad física de la cosa me abrumó por completo: ¿cómo podía hallarse mi cabello encerrado en aquel cajón? Con manos temblorosas abrí mi baúl, saqué cuanto había dentro y extraje del fondo mi propia trenza: coloqué las dos madejas una junto a la otra y les aseguro que eran rigurosamente idénticas. ¿No resulta extraordinario? Por más vueltas que le di no alcancé a comprender qué podía significar aquello: devolví el extraño mechón al cajón y no dije una sola palabra a los Rucastle, pues sentí que me había puesto en falta al forzar un cajón que ellos habían cerrado.
—Soy observadora por naturaleza, como habrá podido advertir, señor Holmes, y no tardé en trazarme en la mente un plano bastante fiel de la casa entera. Había un ala, empero, que parecía hallarse enteramente deshabitada: una puerta situada frente a la que conduce a las habitaciones de los Toller daba acceso a este pabellón, pero permanecía invariablemente cerrada con llave. Un día, sin embargo, mientras subía las escaleras, me tropecé con el señor Rucastle saliendo por esa misma puerta con las llaves en la mano y con una expresión en el rostro que le transformaba en un ser enteramente distinto del hombre orondo y jovial a quien estaba acostumbrada: tenía las mejillas encendidas, la frente surcada de arrugas de cólera y las venas de las sienes hinchadas por la furia. Echó la llave y pasó a mi lado presuroso sin decir palabra ni mirarme.
—Aquello excitó vivamente mi curiosidad, de modo que al salir a pasear por la finca con el pequeño me acerqué al lado desde donde se divisan las ventanas de esa parte del caserón: había cuatro alineadas, tres de ellas sencillamente cubiertas de mugre y la cuarta con las persianas clavadas: estaban a todas luces desiertas. Mientras paseaba arriba y abajo contemplándolas de reojo, el señor Rucastle se acercó a mí, mostrándose tan risueño y festivo como de costumbre.
—«¡Ah! —dijo él—. No me tenga por desatento si pasé a su lado sin hablarle, mi querida señorita: andaba absorto en preocupaciones de negocios».
—Le aseguré que no me sentía ofendida. «A propósito —añadí—: parece que tienen ustedes una hermosa ala de habitaciones libres ahí arriba, y una de ellas tiene los postigos cerrados».
—Pareció sorprendido y un tanto alarmado ante mi comentario.
—«La fotografía es una de mis aficiones predilectas —dijo él—: he instalado allí mi cuarto oscuro. Pero ¡santo cielo!, ¡qué señorita tan observadora nos ha caído en suerte! ¿Quién lo hubiera creído? ¿Quién lo hubiera imaginado jamás?». Hablaba en tono jocoso, pero no había burla en sus ojos al mirarme: leí recelo e indignación en su mirada, pero nada de risa.
—Pues bien, señor Holmes: desde el instante en que comprendí que existía un secreto en aquellas habitaciones que se me vedaba conocer, me consumía el anhelo de explorarlas: no era mera curiosidad, aunque tengo mi buena dosis de ella; era más bien un sentimiento del deber: la íntima corazonada de que algún bien podría resultar si penetraba en aquel lugar. Se habla del instinto femenino: quizá fuese el instinto el que me inspiró aquel presentimiento. En cualquier caso allí estaba, y permanecí ojo avizor aguardando cualquier ocasión de franquear la puerta prohibida.
—Esa ocasión se presentó ayer mismo. Debo advertirle que, además del señor Rucastle, tanto Toller como su mujer tienen ocupaciones en aquellas estancias desiertas, y una vez vi a Toller acarrear un gran saco de lona negra a través de la puerta. Últimamente ha bebido en demasía y ayer por la tarde estaba completamente ebrio; y cuando subí la escalera me encontré la llave puesta en la cerradura: no me cabe la menor duda de que la había olvidado allí. El señor y la señora Rucastle estaban abajo y el niño con ellos, de modo que disfrutaba de una oportunidad magnífica: giré la llave con sigilo, empujé la puerta y me deslicé al interior.
—Se abría ante mí un estrecho pasillo sin empapelar ni alfombrar que torcía en ángulo recto al fondo: al doblar ese recodo había tres puertas alineadas, la primera y la tercera abiertas de par en par. Conducían a dos habitaciones vacías, polvorientas y desoladas, con dos ventanas en una y una en la otra, tan mugrientas que la luz del atardecer apenas se filtraba a través de los cristales. La puerta del centro estaba cerrada y atravesada por fuera por una de las anchas barras de hierro de una cama, sujeta a una anilla de la pared con un candado en un extremo y atada con una cuerda gruesa en el otro: la puerta misma estaba también cerrada con llave y la llave no estaba allí. Aquella puerta atrincherada correspondía a las claras con la ventana de los postigos clavados y, sin embargo, por la rendija inferior se advertía que la pieza no estaba a oscuras: mediaba una claraboya en el techo que dejaba pasar la luz desde arriba. Mientras permanecía en el pasillo contemplando aquella puerta siniestra y preguntándome qué enigma ocultaría, escuché de improviso el rumor de unos pasos en el interior del aposento y vi una sombra desplazarse adelante y atrás ante la tenue rendija iluminada bajo la puerta. Un terror ciego e insensato se apoderó de mí ante aquella visión, señor Holmes: mis nervios crispados flaquearon de golpe y eché a correr despavorida, como si una mano espantosa me persiguiese tirando de la falda de mi vestido. Me precipité por el pasillo, crucé la puerta y caí en los mismísimos brazos del señor Rucastle, que aguardaba afuera.
—«Conque era usted —dijo él sonriendo—. Me figuré que así sería al ver la puerta abierta».
—«¡Ay, me he llevado un susto mayúsculo!», jadeé yo.
—«¡Mi querida señorita, mi querida señorita! —no pueden figurarse cuán melosos y zalameros eran sus modales—: ¿y qué es lo que la ha asustado tanto, mi querida señorita?».
—Pero su voz sonaba excesivamente cariñosa: exageraba el tono y me puse inmediatamente en guardia.
—«Cometí la ligereza de entrar en el pabellón vacío —respondí yo—; pero resulta tan lúgubre y desolado con esa penumbra que me entró miedo y salí huyendo. ¡Hay un silencio tan sepulcral ahí dentro!».
—«¿Solo eso?», dijo él escrutándome fijamente.
—«Pues claro: ¿qué otra cosa se figuraba?», pregunté.
—«¿Por qué cree que mantengo cerrada esa puerta?».
—«No lo sé, en verdad».
—«Para que no entren quienes no tienen nada que hacer allí: ¿lo comprende?». Seguía sonriendo con la más afable de las expresiones.
—«De haber sabido que...».
—«Pues bien: ya lo sabe ahora. Y si vuelve a poner el pie sobre ese umbral una sola vez más —y aquí su sonrisa se trocó de golpe en una mueca de furia salvaje, clavándome una mirada diabólica—: ¡la arrojaré al mastín!».
—Quedé tan aterrada que no sé lo que hice: supongo que pasé corriendo a su lado y me refugié en mi habitación. No recuerdo nada más hasta encontrarme tendida sobre la cama temblando de pies a cabeza. Entonces me acordé de usted, señor Holmes: no podía permanecer allí un día más sin consejo: sentía horror de la casa, del patrón, de la señora, de los criados y hasta del chiquillo: todos me resultaban odiosos. Si lograba que usted viniese todo se arreglaría: habría podido escapar, ciertamente; pero mi curiosidad era casi tan intensa como mis temores. Tomé una pronta resolución: le enviaría un telegrama. Me puse sombrero y capa, bajé a la estafeta de correos que dista media milla de la casa y regresé sintiéndome mucho más tranquila. Al acercarme me asaltó la duda angustiosa de que el mastín anduviese suelto; pero recordé que Toller se había embriagado hasta perder el sentido esa tarde y sabía que era el único en la casa capaz de manejar a la fiera o con valor para desatarla. Entré sana y salva y permanecí desvelada media noche de pura alegría al pensar que me reuniría con ustedes: no tuve dificultad en conseguir permiso para venir a Winchester esta mañana, pero debo regresar antes de las tres, pues los señores van de visita fuera y estarán ausentes toda la tarde, de suerte que debo cuidar del niño. Ya conocen mis aventuras, señor Holmes: me alegrará en extremo que me aclare qué significa todo esto y sobre todo qué debo hacer.
Holmes y yo habíamos escuchado fascinados aquel extraordinario relato: mi amigo se levantó y recorrió la estancia arriba y abajo con las manos en los bolsillos y una expresión de suma gravedad en las facciones.
—¿Sigue Toller borracho? —preguntó.
—Sí: oí a su mujer decirle a la señora Rucastle que era imposible sacar partido de él.
—Eso está bien. ¿Y los Rucastle salen fuera esta noche?
—Sí.
—¿Hay una bodega con una buena cerradura?
—Sí: la bodega de los vinos.
—Me parece que ha procedido usted en todo este lance con un temple y una sensatez admirables, señorita Hunter. ¿Cree que sería capaz de una última proeza? No se lo pediría si no la juzgase una mujer enteramente excepcional.
—Lo intentaré: ¿de qué se trata?
—Estaremos en The Copper Beeches a las siete en punto, mi amigo y yo: los patrones habrán salido para entonces y Toller estará impedido, confiemos. Solo resta la señora Toller, que podría dar la alarma: si lograse enviarla a la bodega con algún pretexto y echar la llave tras de ella, nos facilitaría enormemente las cosas.
—Así lo haré.
—¡Excelente! Entonces examinaremos el asunto a fondo. Solo cabe una explicación admisible, naturalmente: la han traído a usted para suplantar a alguien, y la verdadera persona se halla cautiva en ese aposento: eso es evidente. En cuanto a quién sea la prisionera, no me cabe duda de que se trata de la hija, la señorita Alice Rucastle, si mal no recuerdo, de quien dijeron que había marchado a América. Fue elegida usted por su semejanza en estatura, figura y color de cabello: a ella se lo cortaron, con toda probabilidad a raíz de alguna grave dolencia que hubo de superar, y por consiguiente el de usted tuvo que sacrificarse también. Por una curiosa casualidad dio usted con sus trenzas. El hombre de la carretera era sin duda un allegado suyo —tal vez su prometido— y al verla a usted con las ropas de la joven y tan parecida a ella, se persuadió por sus risas y luego por sus aspavientos de que la señorita Rucastle era enteramente feliz y no deseaba sus atenciones. El mastín se suelta de noche para impedir que intente comunicarse con ella: todo eso resulta bastante claro. El punto más alarmante del caso reside en la índole del niño.
—¿Qué diablos tiene que ver eso con el misterio? —exclamé yo.
—Mi querido Watson: usted como médico deduce constantemente las tendencias de un niño estudiando a sus progenitores; ¿no comprende que la inversa es igualmente válida? A menudo he obtenido mi primera impresión certera del temple de los padres observando a sus vástagos: el temperamento de ese chiquillo es anormalmente perverso, cruel por puro deleite en la crueldad, y tanto si lo hereda de su risueño progenitor, como sospecho, o de su madre, augura funestos presagios para la pobre muchacha en su poder.
—¡Estoy convencida de que tiene razón, señor Holmes! —exclamó nuestra cliente—. Mil recuerdos acuden a mi memoria confirmándome que ha dado en el clavo: ¡no perdamos un instante en acudir en auxilio de esa pobre criatura!
—Debemos ser cautos, pues tratamos con un individuo sumamente astuto: nada podemos hacer antes de las siete. A esa hora estaremos con usted y no tardaremos en resolver el enigma.
Fuimos fieles a nuestra palabra, pues daban las siete cuando llegamos a The Copper Beeches tras dejar nuestro carruaje en una posada del camino: la arboleda de hayas cobrizas con sus hojas oscuras brillando como bronce bruñido a la luz del poniente bastaba para señalar la finca, aun cuando la señorita Hunter no nos hubiese aguardado sonriente al umbral.
Fin del Episodio 46 · de 47
El misterio de Copper Beeches · III
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