El misterio de Copper Beeches · II
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Bueno: se me antoja que solo cabe una explicación posible: el señor Rucastle parecía un hombre bondadoso y afable. ¿No es concebible que su esposa sufra de enajenación mental, que él desee guardar el secreto para evitar que la internen en un manicomio y que contemporice con sus manías para prevenir un ataque de furia?
—Esa es una explicación admisible: de hecho, a juzgar por los datos disponibles es la más probable. Pero en cualquier caso no parece una familia muy recomendable para una señorita.
—¡Pero el dinero, señor Holmes! ¡El sueldo!
—Bueno: ciertamente la retribución es espléndida... demasiado espléndida: eso es precisamente lo que me inquieta. ¿Por qué razón le van a pagar ciento veinte libras al año cuando podrían escoger a placer por cuarenta? Forzosamente debe existir un motivo de peso detrás.
—Pensé que si le ponía al corriente de las circunstancias comprendería la situación más adelante si llegaba a necesitar su auxilio: me sentiría con muchos más ánimos sabiendo que cuento con su respaldo a mis espaldas.
—¡Oh! Puede marcharse con esa absoluta certeza: le aseguro que su problemilla promete ser el más interesante que se me ha presentado en meses. Hay algo netamente original en varios de sus pormenores. Si llegase a hallarse en duda o en peligro...
—¡Peligro! ¿Qué peligro vislumbra?
Holmes sacudió la cabeza con gravedad. —Dejaría de ser peligro si pudiésemos definirlo —dijo—. Pero a cualquier hora del día o de la noche un telegrama me hará acudir en su ayuda.
—Eso me basta. —Se levantó resueltamente de la butaca con toda la inquietud borrada del rostro—. Iré a Hampshire con el ánimo enteramente tranquilo: escribiré al señor Rucastle en el acto, sacrificaré mi pobre cabellera esta noche y partiré hacia Winchester mañana. —Con unas pocas palabras de gratitud hacia Holmes nos dio las buenas noches y se marchó apresuradamente.
—Al menos —dije yo al escuchar sus pasos firmes y rápidos bajando la escalera— parece una joven muy capaz de valerse por sí misma.
—Y falta le hará —dijo Holmes con gravedad—. Mucho me engaño si no recibimos noticias suyas antes de que transcurran muchos días.
No tardó en cumplirse el vaticinio de mi amigo. Pasó una quincena durante la cual con frecuencia se me iba el pensamiento hacia ella, preguntándome en qué insólito extravío de la experiencia humana se habría adentrado aquella mujer solitaria. El sueldo desusado, las extrañas condiciones, los deberes livianos: todo apuntaba a algo anormal, aunque si se trataba de una manía inocente o de una trama tenebrosa, y si aquel hombre era un filántropo o un desalmado, sobrepasaba enteramente mis facultades de adivinación. En cuanto a Holmes, advertí que con frecuencia permanecía sentado durante media hora seguida con el ceño fruncido y aire abstraído; pero apartaba el asunto con un manotazo en cuanto se lo mencionaba. «¡Datos, datos, datos! —exclamaba con impaciencia—. ¡No puedo cocer ladrillos sin arcilla!». Y con todo siempre remataba murmurando que jamás consentiría que una hermana suya aceptara semejante colocación.
El telegrama que al fin recibimos llegó una noche a deshora, justo cuando yo me disponía a acostarme y Holmes se enfrascaba en una de esas investigaciones químicas nocturnas a las que solía entregarse, en las que le dejaba inclinado sobre una retorta y un tubo de ensayo por la noche y le encontraba en la mismísima postura al bajar a desayunar por la mañana. Abrió el sobre amarillo y, tras recorrer el mensaje de una ojeada, me lo arrojó.
—Consulte los trenes en la guía Bradshaw —dijo, volviendo a sus experimentos químicos.
El llamamiento era perentorio y breve:
«Tenga la bondad de acudir al hotel Cisne Negro en Winchester mañana a mediodía. Venga sin falta: no sé qué hacer.
—HUNTER».
—¿Vendrá conmigo? —preguntó Holmes alzando la vista.
—Me gustaría mucho.
—Busque el horario, pues.
—Sale un tren a las nueve y media —dije repasando mi Bradshaw—. Llega a Winchester a las once y media.
—Servirá a las mil maravillas. Entonces será mejor que posponga mi análisis de las acetonas, pues tal vez necesitemos encontrarnos en plenitud de facultades por la mañana.
A las once del día siguiente nos hallábamos bien encaminados hacia la antigua capital de Inglaterra. Holmes había permanecido sumergido en los periódicos de la mañana durante todo el trayecto; pero al cruzar la linde de Hampshire los arrojó a un lado y comenzó a contemplar el paisaje. Era un día primaveral espléndido: un cielo azul pálido moteado de nubecillas blancas algodonosas que navegaban de oeste a este; el sol brillaba con fuerza y reinaba un frescor tonificante en el ambiente que estimulaba las energías. Por toda la campiña, hasta las onduladas colinas de los contornos de Aldershot, los tejados rojos y grises de las alquerías asomaban entre el verde tierno del nuevo follaje.
—¿No es fresco y hermoso? —exclamé con todo el entusiasmo de un hombre recién salido de las nieblas de Baker Street.
Pero Holmes sacudió la cabeza con ademán fúnebre.
—¿Sabe usted, Watson —dijo—, que constituye una de las maldiciones de una mente como la mía el contemplar cuanto me rodea en relación exclusiva con mi especialidad? Usted mira estas casas dispersas y le deslumbra su belleza; yo las miro y el único pensamiento que me asalta es la certidumbre de su aislamiento y de la impunidad con que el delito puede cometerse allí.
—¡Santo Dios! —exclamé—. ¿Quién iba a asociar el crimen con estas apacibles y venerables alquerías?
—A mí me infunden siempre cierto horror. Es mi íntima convicción, Watson, fundada en la experiencia, que los callejones más abyectos e inmundos de Londres no ofrecen un historial más siniestro de iniquidades que esta risueña y apacible campiña.
—¡Me horroriza usted!
—Pero la razón salta a la vista: la presión de la opinión pública puede lograr en la ciudad lo que la ley no alcanza a cumplir. No existe rincón tan miserable donde el alarido de un chiquillo torturado o el golpe sordo de un borracho no susciten la indignación y la alarma de los convecinos; y la maquinaria de la justicia se halla tan próxima que una sola queja basta para ponerla en movimiento, no mediando más que un paso entre el delito y el banquillo de los acusados. Pero contemple estas viviendas solitarias, perdidas en medio de sus tierras, habitadas en su mayoría por gentes ignorantes que apenas conocen la ley: piense en los refinamientos de diabólica crueldad, en las perversidades ocultas que pueden perpetrarse año tras año en tales parajes sin que nadie llegue a sospecharlo. Si esta dama que reclama nuestro auxilio hubiese ido a residir a Winchester, jamás habría temido por ella: son esas cinco millas de despoblado las que entrañan el peligro. Con todo, resulta evidente que no se halla amenazada en su integridad física.
—No: si puede acudir a Winchester a vernos es que puede escapar.
—Exactamente: conserva su libertad.
—¿Qué puede ocurrir, entonces? ¿No vislumbra ninguna explicación?
—He concebido siete hipótesis distintas, cada una de las cuales encaja con los hechos hasta donde los conocemos; pero cuál de ellas sea la acertada solo podrá determinarse a la luz de los nuevos datos que sin duda nos aguardan. Bien: ahí asoma la torre de la catedral y muy pronto sabremos cuanto la señorita Hunter tenga que decirnos.
El Cisne Negro es una posada de renombre en High Street, a poca distancia de la estación, y allí encontramos a la joven aguardándonos: había contratado un gabinete reservado y nuestro almuerzo humeaba sobre la mesa.
—¡Cuánto me alegro de que hayan venido! —dijo con fervor—. Es tan generoso por su parte... pero en verdad no sé qué hacer: sus consejos me resultarán de incalculable valor.
—Refiéranos cuanto le haya acontecido.
—Así lo haré, y debo darme prisa, pues prometí al señor Rucastle regresar antes de las tres: obtuve su permiso para venir al pueblo esta mañana, si bien él apenas sospecha con qué objeto.
—Exponga todo en su debido orden —dijo Holmes estirando sus largas y huesudas piernas hacia el fuego y disponiéndose a escuchar.
—En primer lugar debo decir que no he sido objeto de malos tratos por parte del señor y la señora Rucastle: es de justicia reconocerlo. Pero no logro comprenderlos y su trato me llena de inquietud.
—¿Qué es lo que no comprende?
—Los móviles de su conducta. Pero se lo referiré tal como aconteció: al llegar a la estación el señor Rucastle me recibió en persona y me condujo en su carruaje hasta The Copper Beeches. La finca está admirablemente situada, tal como me aseguró, pero la mansión no es hermosa en sí: es un caserón cuadrado, encalado, pero cubierto de manchas y regueros de humedad causados por el mal tiempo. La rodean amplios terrenos: arboledas en tres de sus costados y en el cuarto una pradera que desciende en declive hacia la carretera de Southampton, la cual describe una curva a unas cien yardas de la puerta principal. Esta pradera delantera pertenece a la casa, pero los bosques de los alrededores forman parte de los cotos de lord Southerton: una mata de hayas cobrizas situada justo enfrente de la portada ha dado su nombre a la propiedad.
—Fui conducida por mi patrón, que se mostró tan afable como de costumbre, y esa noche me presentó a su esposa y al niño. Nada había de verdad, señor Holmes, en la conjetura que nos pareció probable en sus habitaciones de Baker Street: la señora Rucastle no está loca. Me encontré con una mujer silenciosa y pálida, mucho más joven que su marido: no tendrá más de treinta años, calculo yo, mientras él difícilmente bajará de los cuarenta y cinco. Por sus pláticas he colegido que llevan casados unos siete años, que él era viudo y que su única descendencia del primer matrimonio era la hija que marchó a Filadelfia: el señor Rucastle me confesó en privado que la razón de que partiese fue una aversión insuperable hacia su madrastra. No teniendo la hija menos de veinte años, me figuro que su posición debía de resultar harto incómoda junto a la joven esposa de su padre.
—La señora Rucastle se me antojó una mujer desvaída tanto de espíritu como de facciones: no me causó ni buena ni mala impresión: era una nulidad. Se advertía con facilidad que profesaba una devoción ciega tanto a su marido como a su hijito: sus ojos grises y claros revoloteaban de continuo del uno al otro, atenta a cualquier antojo para adelantarse a él. Él se mostraba bondadoso con ella también a su manera brusca y ruidosa, y en conjunto parecían un matrimonio bien avenido. Y, sin embargo, aquella mujer abrigaba algún secreto pesar: a menudo se quedaba abstraída en hondas cavilaciones con la expresión más melancólica del mundo. Más de una vez la he sorprendido en lágrimas: he pensado a veces que era el carácter de su hijo lo que pesaba sobre su ánimo, pues jamás he conocido una criatura más malcriada y de tan perversa índole: es menudo para su edad, con una cabeza desproporcionadamente grande. Su existencia entera parece transcurrir en una alternancia entre accesos de furor salvaje e intervalos de hosco resentimiento: infligir tormento a cualquier ser más débil que él constituye su única idea de diversión, y despliega un talento asombroso para cazar ratones, avecillas e insectos. Pero prefiero no hablar de esa criatura, señor Holmes: poco tiene que ver con mi relato.
—Agradezco todos los detalles —observó mi amigo—, parezcan o no pertinentes a su juicio.
—Procuraré no omitir nada de importancia: lo único enojoso de la casa que me llamó la atención desde el primer momento fue la catadura y el proceder de los criados. Solo hay dos: un hombre y su mujer. Toller, que así se llama él, es un hombre rudo y zafio, de cabello y patillas entrecanos y con un hedor perpetuo a aguardiente: dos veces desde que estoy en la casa le he visto completamente borracho y, con todo, el señor Rucastle no pareció prestarle atención. Su mujer es una mujerona muy alta y membruda, de rostro avinagrado, tan silenciosa como la señora Rucastle y mucho menos tratable. Forman una pareja sumamente antipática; pero por fortuna paso casi todo el tiempo en el cuarto de los niños y en mi aposento, contiguos el uno al otro en una esquina del edificio.
—Durante los dos primeros días tras mi llegada a The Copper Beeches mi vida transcurrió con gran sosiego; al tercero, la señora Rucastle bajó justo tras el desayuno y susurró algo al oído de su esposo.
—«¡Ah, sí! —dijo él volviéndose hacia mí—. Le estamos vivamente reconocidos, señorita Hunter, por haberse amoldado a nuestros caprichos hasta el punto de cortarse el pelo: le aseguro que no ha menoscabado en un ápice su agraciada apariencia. Veremos ahora cómo le sienta el traje azul eléctrico: lo encontrará extendido sobre la cama de su habitación y si tuviese la bondad de ponérselo le quedaríamos sumamente obligados».
—El vestido que me aguardaba era de un peculiarísimo tono azul: de un paño excelente, una especie de seda gruesa, pero con señales inequívocas de haber sido usado antes: no me habría sentado mejor de haberme tomado las medidas. Tanto el señor como la señora Rucastle expresaron un alborozo tan desmedido al verme que me pareció exagerado en su vehemencia. Me aguardaban en el salón de recibir, que es una pieza muy amplia que recorre toda la fachada de la casa, con tres grandes ventanales que llegan hasta el suelo. Habían colocado una silla junto a la ventana central, de espaldas a la luz: allí me pidieron que me sentara y entonces el señor Rucastle, paseando arriba y abajo al otro extremo de la estancia, comenzó a referirme una sarta de chistes e historietas cómicas como jamás había escuchado. No pueden figurarse cuán gracioso resultaba: me reí hasta no poder más. La señora Rucastle, en cambio, carente por completo de sentido del humor, ni siquiera sonrió: permaneció con las manos en el regazo y una expresión triste y preocupada en el rostro. Al cabo de una hora o cosa así el señor Rucastle advirtió de pronto que era hora de comenzar las faenas del día y que podía mudarme de ropa e ir a cuidar al pequeño Edward.
—Dos días más tarde se repitió exactamente la misma comedia en idénticas circunstancias: de nuevo me mudé de ropa, de nuevo me senté en la ventana y de nuevo me reí a mandíbula batiente con las anécdotas jocosas de las que mi patrón poseía un repertorio inagotable que refería con gracejo inimitable. Luego me puso en la mano una novela encuadernada en amarillo y, ladeando un poco mi silla para que mi sombra no tapase la página, me rogó que leyese en voz alta para él. Leí durante cosa de diez minutos, empezando en mitad de un capítulo, y de pronto, a mitad de una frase, me ordenó interrumpir la lectura y mudarme de ropa.
—Fácilmente pueden figurarse, señor Holmes, cuán viva curiosidad me asaltó sobre el significado que podía tener aquella extraordinaria pantomima. Advertí que ponían sumo cuidado en que jamás diese la cara a la ventana, de suerte que me consumía el deseo de atisbar lo que ocurría a mis espaldas. Al principio se me antojó imposible, pero no tardé en discurrir una estratagema: mi espejito de mano se me había quebrado, así que me asaltó una idea feliz y oculté un fragmento de cristal en mi pañuelo. En la ocasión siguiente, en mitad de mis risas, me llevé el pañuelo a los ojos y con un poco de maña alcancé a divisar cuanto había a mis espaldas. Confieso que quedé defraudada: no había nada; al menos esa fue mi primera impresión. A la segunda ojeada, sin embargo, advertí que había un hombre apostado en la carretera de Southampton: un individuo menudo, con barba y traje gris, que parecía mirar atentamente en mi dirección. La carretera es una vía transitada y suele haber transeúntes; este hombre, empero, permanecía apoyado en la barandilla que bordea nuestra pradera y miraba fijamente hacia arriba. Bajé el pañuelo y miré a la señora Rucastle para encontrarme con sus ojos clavados en mí con una mirada penetrante: no dijo nada, pero estoy convencida de que adivinó que tenía un espejo en la mano y había visto lo que había a mi espalda. Se levantó al punto.
Fin del Episodio 45 · de 47
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