Las aventuras de Sherlock Holmes·Episodio 44

El misterio de Copper Beeches · I

~13 min · 2609 palabras

Para quien ama el arte por el arte mismo —observó Sherlock Holmes arrojando a un lado el pliego de anuncios del Daily Telegraph—, con frecuencia es en sus manifestaciones más humildes e insignificantes donde se obtiene el deleite más intenso. Me resulta grato comprobar, Watson, que ha captado usted esta verdad hasta el punto de que en esas pequeñas crónicas de nuestras andanzas que ha tenido la bondad de redactar y, debo añadir, en ocasiones de embellecer, ha concedido preeminencia no tanto a las sonadas causas célebres y a los sensacionales procesos judiciales en los que he tomado parte, sino más bien a aquellos incidentes que, aun siendo triviales en sí mismos, han brindado ocasión para ejercitar esas facultades de deducción y síntesis lógica que he convertido en mi privativa especialidad.

—Y, con todo —dije yo, sonriendo—, no acierto a considerarme enteramente libre del reproche de sensacionalismo que se ha formulado contra mis relatos.

—Ha errado usted, tal vez —observó él, tomando un ascua viva con las tenacillas para encender su larga pipa de madera de cerezo, la cual solía sustituir a la de arcilla cuando se hallaba en disposición disputadora más que meditativa—; ha errado usted tal vez al intentar infundir colorido y vida a cada una de sus exposiciones en lugar de limitarse a consignar con severidad el razonamiento riguroso de la causa al efecto, que constituye en verdad el único rasgo notable de la empresa.

—Se me antoja que le he hecho cumplida justicia en el asunto —observé con cierta frialdad, pues me repelía la vanidad que más de una vez había advertido como rasgo sobresaliente en el singular carácter de mi amigo.

—No: no es egoísmo ni engreimiento —dijo él, respondiendo a mis pensamientos más que a mis palabras, como tenía por costumbre—. Si exijo plena justicia para mi arte es porque se trata de algo impersonal: algo superior a mi propia persona. El delito es vulgar; la lógica es rara. Es, por tanto, en la lógica más que en el delito donde debería usted recrearse. Ha degradado lo que debió ser un curso de lecciones científicas reduciéndolo a una sarta de cuentos novelescos.

Era una fría mañana de principios de primavera y permanecíamos sentados tras el desayuno a ambos lados de un alegre fuego en nuestra vieja estancia de Baker Street. Una espesa niebla rodaba entre las hileras de casas pardo-oscuras, y las ventanas de enfrente se recortaban como borrones negros e informes a través de los pesados torbellinos amarillentos. El gas ardía y relucía sobre el mantel blanco y los destellos de la loza y el metal, pues la mesa no había sido levantada aún. Sherlock Holmes había guardado silencio durante toda la mañana, sumergiéndose sin descanso en las columnas de anuncios de una serie de periódicos hasta que al fin, habiendo abandonado aparentemente sus pesquisas, reapareció de no muy buen temple para reprenderme por mis deficiencias literarias.

—Al mismo tiempo —observó tras una pausa en la que permaneció chupando de su larga pipa y contemplando las ascuas—, apenas cabe tacharle a usted de sensacionalismo, pues de entre esos casos por los que tan bondadosamente se ha interesado, una buena proporción no trata de delitos en el sentido legal de la palabra. El asuntillo en que intenté prestar ayuda al rey de Bohemia, la singular experiencia de la señorita Mary Sutherland, el problema del hombre del labio retorcido y el lance del aristócrata solterón fueron todos ellos asuntos que cayeron fuera del alcance de la ley penal. Pero al rehuir lo sensacional, me temo que haya rozado usted lo trivial.

—El desenlace pudo serlo, tal vez —respondí yo—; pero los métodos sostengo que fueron novedosos y de vivo interés.

—¡Bah, mi querido amigo! ¿Qué le importan al público, a ese gran público ciego que apenas distinguiría a un tejedor por los dientes o a un tipógrafo por el pulgar izquierdo, los finos matices del análisis y la deducción? Pero ciertamente, si peca usted de trivial no puedo culparle, pues la época de los grandes procesos ha tocado a su fin. El hombre, o al menos el hombre delincuente, ha perdido toda audacia y originalidad. En cuanto a mi modesto bufete, parece degenerar en una agencia para rescatar lápices perdidos y asesorar a señoritas de internado. Creo haber tocado fondo al fin, sin embargo: esta nota que recibí esta mañana marca mi punto cero, me figuro. ¡Léala! —Me arrojó una carta arrugada por encima de la mesa.

Venía fechada en Montague Place la noche precedente y rezaba así:

«ESTIMADO SEÑOR HOLMES: Me hallo vivamente deseosa de consultarle sobre la conveniencia de aceptar o rechazar un puesto que se me ha ofrecido como institutriz. Me personaré mañana a las diez y media si no le causa inconveniente. De usted atentamente,

—VIOLET HUNTER».

—¿Conoce a la señorita? —pregunté.

—No la conozco.

—Son ya las diez y media.

—Sí, y no me cabe duda de que ese es su campanilleo.

—Tal vez resulte de mayor interés de lo que se figura. Recuerde que el asunto del carbunclo azul, que al principio parecía un mero capricho, se transformó en una investigación de suma gravedad: bien pudiera suceder lo propio en este caso.

—Bueno: esperemos que así sea. Pero muy pronto saldremos de dudas, pues aquí llega, a menos que me equivoque de medio a medio, la persona en cuestión.

Al pronunciar estas palabras se abrió la puerta y una joven entró en la estancia: vestía con sencillez pero con suma pulcritud, de rostro despejado y vivaz, pecoso como un huevo de chorlito, y con los ademanes resueltos de una mujer acostumbrada a abrirse camino en la vida por su propio esfuerzo.

—Me perdonarán que les moleste, estoy segura —dijo cuando mi compañero se levantó a recibirla—; pero he vivido una experiencia tan insólita, y careciendo de padres o parientes de cualquier clase a quienes pedir consejo, pensé que tal vez tuviese la bondad de indicarme qué debo hacer.

—Tome asiento, señorita Hunter, se lo ruego. Me complacerá en extremo hacer cuanto esté en mi mano por servirle.

Advertí que Holmes quedó favorablemente impresionado por los modales y el aplomo de su nueva cliente: la escrutó con su mirada inquisitiva habitual y luego se arrellanó, entornando los párpados y juntando las yemas de los dedos, dispuesto a escuchar su relato.

—He sido institutriz durante cinco años —dijo ella— en la familia del coronel Spence Munro; pero hace dos meses el coronel fue destinado a Halifax, en Nueva Escocia, y se llevó a sus hijos a América, con lo que me quedé sin colocación. Puse anuncios y respondí a ofertas en los periódicos, pero sin éxito alguno. Al fin el poco dinero que tenía ahorrado comenzó a agotarse y no sabía a qué santo encomendarme.

—Existe en el West End una conocida agencia de colocaciones para institutrices llamada Westaway, y allí solía acudir cosa de una vez por semana para averiguar si había surgido algo a mi conveniencia. Westaway era el nombre del fundador del negocio, pero quien lo regenta en realidad es la señorita Stoper: se sienta en su pequeño despacho y las aspirantes aguardan en una antesala, pasando de una en una mientras ella consulta sus libros de registro.

—Pues bien: cuando acudí la semana pasada me hicieron pasar al despacho como de costumbre, pero encontré a la señorita Stoper acompañada: un caballero desmesuradamente grueso, de rostro sonriente y papada colosal que le caía en pliegues y más pliegues sobre el cuello, permanecía sentado a su lado con quevedos en la nariz, examinando con gran fijeza a las señoras que entraban. Al verme penetrar dio un verdadero respingo en su asiento y se volvió apresuradamente hacia la señorita Stoper.

—«¡Esta servirá perfectamente! —dijo él—. No podría pedir nada mejor: ¡magnífico, magnífico!». Se mostraba verdaderamente entusiasmado y se frotaba las manos del modo más campechano y jovial: tenía una presencia tan bonachona y oronda que constituía un auténtico placer mirarle.

—«¿Busca colocación, señorita?», preguntó.

—«Sí, señor».

—«¿Como institutriz?».

—«Sí, señor».

—«¿Y qué remuneración pide?».

—«Cobraba cuatro libras al mes en mi última casa con el coronel Spence Munro».

—«¡Oh, qué barbaridad! ¡Una explotación infame! —chilló él agitando sus manos regordetas como quien monta en cólera—. ¿Cómo puede nadie ofrecer una miseria semejante a una dama de tales prendas y atractivos?».

—«Mis prendas, señor, pueden ser menores de lo que imagina —respondí yo—: un poco de francés, un poco de alemán, música y dibujo...».

—«¡Bah, bah! —exclamó—. Todo eso carece de importancia: el meollo radica en si posee o no el porte y los modales de una dama distinguida. Ahí reside la cuestión en pocas palabras: si carece de ellos, no es apta para educar a un chiquillo que tal vez desempeñe algún día un papel preeminente en la historia de la nación; pero si los posee, ¿cómo podría ningún caballero pedirle que se rebaje a aceptar menos de tres cifras? Su sueldo conmigo, señora mía, comenzará en cien libras al año».

—Comprenderá, señor Holmes, que hallándome desprovista de recursos semejante oferta se me antojó casi demasiado hermosa para ser verdad. El caballero, advirtiendo tal vez la incredulidad pintada en mi rostro, abrió una cartera y extrajo un fajo de billetes.

—«Acostumbro asimismo —dijo él, sonriendo con tanta beatitud que sus ojos quedaron reducidos a dos rendijas brillantes entre las blancas arrugas de sus mejillas— a adelantar a mis jóvenes damas la mitad de su sueldo para que atiendan a los gastos de viaje y aderezo de vestuario».

—Me pareció que jamás había conocido a un hombre tan atento y generoso. Como estaba endeudada con mis proveedores, el anticipo me venía de perlas; y, con todo, mediaba algo tan fuera de lo corriente en todo el trato que deseaba informarme mejor antes de comprometerme en firme.

—«¿Puedo preguntar dónde reside usted, señor?», dije.

—«En Hampshire: una comarca rural encantadora. The Copper Beeches, a cinco millas más allá de Winchester. Es el paisaje más hermoso del mundo, mi querida señorita, y una deliciosa mansión solariega».

—«¿Y mis obligaciones, señor? Me gustaría saber en qué consistirán».

—«Un solo niño: un encanto de criatura de seis años de edad. ¡Oh, si le viera cazar cucarachas con una zapatilla! ¡Chas, chas, chas! ¡Tres de un golpe antes de parpadear!». Se echó hacia atrás en la silla y se rió hasta perder los ojos en las cuencas.

—Quedé un tanto perpleja ante semejante diversión infantil, pero la risa del padre me hizo pensar que tal vez bromeaba.

—«¿Mi única obligación, pues —inquirí—, será hacerme cargo de un solo niño?».

—«¡No, no! La única no, la única no, mi querida señorita —exclamó él—. Su deber consistirá, como su propio buen sentido le dictará sin duda, en obedecer los pequeños encargos que mi esposa tenga a bien darle, siempre que sean mandatos que una dama pueda acatar con decoro. No ve dificultad en ello, ¿eh?».

—«Me complacerá hacerme útil».

—«Exactamente. En materia de vestimenta, por ejemplo: somos gente caprichosa, ¿sabe?, caprichosa pero de buen corazón. Si se le pidiese lucir cualquier traje que le facilitásemos, no pondría reparo a nuestro pequeño capricho, ¿eh?».

—«No», respondí, harto extrañada ante sus palabras.

—«¿Ni a sentarse aquí o sentarse allá? Eso no la ofendería, ¿verdad?».

—«¡Oh, no!».

—«¿Ni a cortarse el pelo muy cortito antes de incorporarse a nuestra casa?».

—Apenas di crédito a mis oídos. Como puede observar, señor Holmes, mi cabellera es bastante abundante y de un tono castaño muy peculiar: ha sido tenida por artística. No podía ni soñar en sacrificarla de manera tan intempestiva.

—«Me temo que eso resulte enteramente imposible», dije. Él me había estado observando fijamente con sus ojillos y vi cruzar una sombra por su rostro al hablar yo.

—«Me temo que sea de todo punto indispensable —dijo él—: es un caprichito de mi esposa, y los caprichos de las damas, ya sabe usted, señora mía, reclaman consideración. ¿De modo que no se cortará el pelo?».

—«No, señor: francamente no podría», respondí con firmeza.

—«¡Ah, muy bien! Entonces eso zanja la cuestión: es una lástima, pues en los demás respectos habría encajado a las mil maravillas. En tal caso, señorita Stoper, será mejor que examine a algunas otras de sus candidatas».

—La directora de la agencia había permanecido todo este tiempo absorta en sus papeles sin decir una sola palabra; pero me lanzó ahora una mirada de tal descontento que no pude por menos de sospechar que había perdido una hermosa comisión por culpa de mi negativa.

—«¿Desea que conservemos su nombre en nuestros registros?», me preguntó.

—«Si es tan amable, señorita Stoper».

—«Bueno: en verdad se me antoja bastante inútil, puesto que rechaza ofertas tan ventajosas con semejante ligereza —dijo con acritud—. Difícilmente podrá esperar que nos esforcemos por encontrarle otra oportunidad análoga. Buenos días tenga, señorita Hunter». Golpeó una campanilla y el mozo me acompañó a la salida.

—Pues bien, señor Holmes: cuando regresé a mi alojamiento y encontré la despensa vacía y dos o tres facturas pendientes sobre la mesa, comencé a preguntarme si no habría cometido una soberana necedad. Al fin y al cabo, si aquellas gentes tenían manías extrañas y exigían obediencia en asuntos peregrinos, al menos estaban dispuestas a pagar generosamente por su excentricidad: muy pocas institutrices en Inglaterra perciben cien libras al año. Además, ¿de qué me servía el cabello? A muchas mujeres les favorece llevarlo corto y tal vez yo me contase entre ellas. Al día siguiente me inclinaba a creer que había errado el camino, y dos días después estaba segura de ello: casi había vencido mi orgullo para regresar a la agencia y preguntar si la vacante seguía en pie cuando recibí esta carta del mismísimo caballero. La traigo aquí y se la leeré:

«The Copper Beeches, cerca de Winchester.

»ESTIMADA SEÑORITA HUNTER: La señorita Stoper ha tenido la gentileza de facilitarme sus señas y le escribo desde aquí para preguntarle si ha reconsiderado su determinación. Mi esposa está vivamente deseosa de que venga, pues ha quedado sumamente cautivada por la descripción que le hice de su persona. Estamos dispuestos a ofrecerle treinta libras trimestrales, o ciento veinte al año, en compensación por cualquier pequeña molestia que nuestras manías puedan ocasionarle. No son muy gravosas, después de todo: mi esposa profesa predilección por un tono particular de azul eléctrico y le gustaría que vistiese semejante traje por las mañanas en el interior. No tendrá que incurrir en el gasto de comprarlo, no obstante, pues poseemos uno que perteneció a mi querida hija Alice (actualmente en Filadelfia), el cual le sentará, imagino, a las mil maravillas. En cuanto a sentarse aquí o allá, o distraerse del modo que le indiquemos, ninguna molestia habrá de causarle. Por lo que toca al cabello es una lástima, ciertamente, pues no pude dejar de admirar su belleza durante nuestra breve plática; pero me temo que deba mantenerme inflexible en este punto y solo confío en que el aumento de sueldo compense la pérdida. Sus obligaciones respecto al niño son sumamente livianas. Venga sin falta y saldré a recibirla con el carruaje a Winchester. Comuníqueme en qué tren llegará. De usted atentamente,

—JEPHRO RUCASTLE».

—Esa es la carta que acabo de recibir, señor Holmes, y mi decisión está tomada: la aceptaré. Pensé, no obstante, que antes de dar el paso definitivo me gustaría someter el asunto a su ilustrado criterio.

—Bueno, señorita Hunter: si su decisión está tomada, eso zanja la cuestión —dijo Holmes sonriendo.

—Pero ¿no me aconsejaría rechazarla?

—Confieso que no es la clase de empleo que me agradaría ver solicitar a una hermana mía.

—¿Qué significa todo esto, señor Holmes?

—¡Ah! Carezco de datos: no puedo decirlo. ¿Tal vez usted misma se ha formado alguna opinión?

Fin del Episodio 44 · de 47

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