Las aventuras de Sherlock Holmes·Episodio 43

La diadema de berilos · IV

~7 min · 1324 palabras

—¿Es posible? —jadeó el banquero.

—Usted entonces desató su indignación colmándole de insultos en un trance en que él sentía haber merecido su más cálido agradecimiento. No podía aclarar la verdad de los hechos sin delatar a quien ciertamente merecía escasa consideración por su parte: adoptó, no obstante, la postura más hidalga y guardó el secreto de la muchacha.

—¡Y por esa razón chilló ella y cayó desmayada al ver la diadema! —exclamó el señor Holder—. ¡Dios del cielo, qué necio y ciego he sido! ¡Y su petición de ausentarse cinco minutos de la casa! El pobre muchacho deseaba comprobar si el trozo que faltaba había quedado en el escenario de la refriega. ¡Cuán cruelmente le he juzgado!

—Al llegar a la finca —continuó Holmes— di una vuelta muy minuciosa en torno a ella para comprobar si existía alguna huella en la nieve que pudiese guiarme. Sabía que no había nevado desde la tarde anterior y que la fuerte helada nocturna conservaba fielmente las pisadas. Recorrí el sendero de proveedores, pero lo hallé pisoteado y confuso. Justo más allá, empero, al otro extremo de la puerta de la cocina, una mujer había permanecido hablando con un hombre cuyas marcas redondas a un lado delataban que tenía una pierna de madera. Pude comprobar incluso que habían sido interrumpidos, pues la mujer había corrido velozmente hacia la puerta, como atestiguaban las huellas profundas de las punteras y leves de los talones, mientras el hombre de la pata de palo había aguardado unos instantes antes de marcharse. Supuse en aquel momento que se trataba de la doncella y de su cortejante, de quienes ya me había hablado usted, y las pesquisas confirmaron que así era. Recorrí el jardín sin hallar más que pisadas caprichosas, que atribuí a la policía; pero al desembocar en el callejón de las caballerizas una historia prolija y compleja quedó escrita en la nieve ante mis ojos.

—Había una doble hilera de huellas de un hombre calzado con botas y una segunda doble hilera que advertí con regocijo que pertenecía a un hombre descalzo. Quedé convencido en el acto por su relato de que este último era su hijo. El primero había caminado en ambas direcciones; pero el segundo había corrido a toda velocidad, y como sus pisadas pisaban en algunos puntos sobre la huella de la bota resultaba evidente que había pasado después. Las seguí y comprobé que conducían a la ventana del vestíbulo, donde el hombre de las botas había desgastado la nieve mientras aguardaba. Me dirigí entonces hacia el otro extremo, unas cien yardas más abajo en el callejón: divisé el paraje donde el hombre calzado había girado en redondo, donde la nieve aparecía removida como por efecto de un forcejeo y, finalmente, donde varias gotas de sangre habían caído para certificarme que no andaba descaminado. El hombre de las botas había huido luego callejón abajo y una nueva mancha de sangre demostró que era él quien había resultado herido. Al alcanzar la carretera principal en el extremo opuesto encontré que el pavimento había sido limpiado, terminando allí aquella pista.

—Al penetrar en la mansión, empero, examiné con la lupa el alféizar y el marco de la ventana del vestíbulo, según recordará, y advertí al punto que alguien había salido por ella: alcancé a distinguir la silueta de un empeine donde el pie mojado se había posado al regresar al interior. Comencé entonces a formarme un juicio cabal de lo ocurrido: un hombre aguardaba tras la ventana; alguien le entregó las joyas; la escena fue presenciada por su hijo; este persiguió al ladrón; forcejeó con él; ambos tiraron de la diadema a un tiempo, causando con su esfuerzo aunado unos desperfectos que ninguno de los dos por separado habría podido infligir; su hijo regresó con el botín principal pero dejó un fragmento en poder de su oponente. Hasta ahí el cuadro resultaba nítido. La incógnita estribaba ahora en averiguar quién era el individuo y quién le había entregado la joya.

—Es una vieja máxima mía que cuando se ha eliminado lo imposible, lo que queda, por inverosímil que parezca, debe de ser la verdad. Ahora bien: yo sabía que no había sido usted quien la sacó, de suerte que solo restaban su sobrina y las criadas. Pero de tratarse de las doncellas, ¿por qué razón habría de consentir su hijo que le inculpasen en su lugar? No mediaba motivo admisible. Al amar a su prima, en cambio, existía una explicación palmaria de que guardase su secreto: tanto más cuanto que el secreto entrañaba una infamia. Al recordar que usted la había sorprendido junto a aquella ventana y cómo se desmayó al contemplar la corona mutilada, mi sospecha se convirtió en certidumbre.

—¿Y quién podía ser su cómplice? Un enamorado evidentemente, pues ¿quién otro habría podido pesar más en su ánimo que el amor y la gratitud que le profesaba a usted? Sabía que salían poco y que su círculo de amistades era sumamente reducido; pero entre ellas figuraba sir George Burnwell: ya había oído hablar de él como de un hombre de funesta reputación entre las mujeres. Forzosamente él debía calzar aquellas botas y retener las gemas faltantes. Aun sabiendo que Arthur le había descubierto, bien podía lisonjearse de hallarse a salvo, pues el muchacho no podía abrir la boca sin comprometer a su propia familia.

—Su propio buen sentido le sugerirá qué disposiciones adopté a continuación: me personé bajo la apariencia de un pordiosero en casa de sir George, trabé conversación con su ayuda de cámara, supe que su señor se había hecho una brecha en la frente la noche precedente y, finalmente, al precio de seis chelines, me cercioré de todo comprando un par de sus botas viejas. Con ellas viajé a Streatham y comprobé que encajaban milimétricamente en las huellas.

—Vi a un andrajoso en el callejón ayer al atardecer —dijo el señor Holder.

—Exactamente: era yo. Sabiendo que tenía a mi hombre regresé a casa y me mudé de ropa. Debía desempeñar un papel sumamente delicado entonces, pues comprendí que había que evitar un proceso judicial para eludir el escándalo, y sabía que un bribón tan astuto comprendería que nuestras manos estaban atadas. Fui a verle: al principio, como es natural, lo negó todo; pero cuando le expuse punto por punto cuanto había ocurrido intentó bravear y descolgó una porra de la pared. Conocía a mi hombre, empero, y le encañoné con mi revólver a la cabeza antes de que pudiera descargar el golpe: se volvió entonces algo más razonable. Le ofrecí pagarle un precio por las piedras que retenía: mil libras por pieza. Aquello arrancó los primeros visos de aflicción que mostró: «¡Maldita sea! —exclamó—: ¡las he soltado a seiscientas por las tres!». No tardé en conseguir las señas del perista que las tenía, bajo promesa de que no habría diligencias policiales contra él: marché a escape en su busca y tras no poco regateo obtuve nuestras gemas a mil libras cada una. Luego visité a su hijo, le anuncié que todo estaba en orden y me metí en la cama hacia las dos de la madrugada, tras lo que puedo calificar de una jornada verdaderamente agotadora.

—Una jornada que ha librado a Inglaterra de un mayúsculo escándalo nacional —dijo el banquero poniéndose en pie—. Caballero: no encuentro palabras con que expresarle mi gratitud, pero no me hallará ingrato por cuanto ha hecho: su talento ha sobrepasado ciertamente cuanto de él había escuchado. Y ahora debo volar al lado de mi querido muchacho para pedirle perdón por la injusticia que he cometido con él. En cuanto a lo que me dice de la pobre Mary, me parte el alma: ni siquiera su ingenio alcanzará a revelarme dónde se encuentra ahora.

—Creo que podemos dar por seguro —respondió Holmes— que se halla dondequiera que esté sir George Burnwell. Y es igualmente seguro que, fueren cuales fuesen sus culpas, muy pronto recibirán un castigo más que sobrado.

Fin del Episodio 43 · de 47

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