Las aventuras de Sherlock Holmes·Episodio 42

La diadema de berilos · III

~13 min · 2587 palabras

Sí: y ella fue la criada que sirvió en el salón y pudo haber escuchado los comentarios de mi tío sobre la diadema.

—Ya veo: infiere que pudo salir a contárselo a su enamorado y que ambos planearon el robo.

—Pero ¿de qué sirven todas estas conjeturas vagas —exclamó el banquero con impaciencia— cuando les he dicho que vi a Arthur con la diadema en las manos?

—Espere un poco, señor Holder: ya volveremos sobre ello. Con respecto a esa muchacha, señorita Holder: ¿la vio regresar por la puerta de la cocina, presumo?

—Sí: cuando bajé a comprobar si la puerta estaba cerrada por la noche me la encontré deslizándose al interior. Divisé al hombre también en la penumbra.

—¿Le conoce?

—¡Oh, sí! Es el verdulero que nos trae las hortalizas: se llama Francis Prosper.

—Estaba de pie —dijo Holmes— a la izquierda de la puerta; es decir, más allá en el sendero de lo necesario para alcanzar el acceso.

—Sí, en efecto.

—¿Y es un hombre que tiene una pierna de madera?

Algo semejante al espanto brilló en los expresivos ojos negros de la joven. —¡Vaya! Es usted como un brujo —dijo ella—. ¿Cómo sabe eso? —Sonrió, pero no hubo sonrisa de correspondencia en el rostro afilado e impaciente de Holmes.

—Me complacería mucho subir al piso alto ahora —dijo él—. Probablemente desearé inspeccionar el exterior de la casa de nuevo: tal vez fuera mejor que eche un vistazo a las ventanas de la planta baja antes de subir.

Recorrió rápidamente de una ventana a otra, deteniéndose tan solo ante la grande que daba desde el vestíbulo al callejón de las caballerizas. La abrió y examinó minuciosamente el alféizar con su potente lente de aumento. —Ahora subiremos —dijo al fin.

El tocador del banquero era una pequeña estancia sobriamente amueblada, con una alfombra gris, un amplio secreter y un espejo de cuerpo entero. Holmes se dirigió primero al secreter y examinó la cerradura con detenimiento.

—¿Qué llave se utilizó para abrirlo? —preguntó.

—La que mi propio hijo indicó: la del armario del desván.

—¿La tiene aquí?

—Ahí está, sobre el tocador.

Sherlock Holmes la tomó y abrió el secreter.

—Es una cerradura silenciosa —dijo—. No es de extrañar que no le despertara. Este estuche contiene la diadema, presumo: debemos echarle una ojeada. —Abrió el estuche y, extrayendo la joya, la depositó sobre la mesa. Era un ejemplar magnífico del arte de la joyería, y las treinta y seis piedras eran las más bellas que jamás hubiera contemplado. En uno de los costados de la corona se apreciaba una fractura, donde una esquina que engarzaba tres gemas había sido arrancada violentamente.

—Y ahora, señor Holder —dijo Holmes—, aquí tiene la esquina que se corresponde con la que tan desdichadamente se ha perdido. ¿Tendría la amabilidad de partirla?

El banquero retrocedió horrorizado. —¡Ni soñaría en intentarlo! —exclamó.

—Entonces lo haré yo. —Holmes aplicó de pronto todas sus fuerzas sobre el metal, pero sin resultado alguno—. Siento que cede ligeramente —dijo—; pero, aun teniendo una fuerza excepcional en los dedos, me costaría Dios y ayuda quebrarla: un hombre ordinario jamás lo lograría. Ahora bien: ¿qué cree que sucedería si la rompiese, señor Holder? Produciría un chasquido parecido al disparo de una pistola. ¿Me asegura que todo esto ocurrió a pocos pasos de su lecho y que no escuchó absolutamente nada?

—No sé qué pensar: todo son tinieblas para mí.

—Pero tal vez se haga la luz a medida que avancemos. ¿Qué opina usted, señorita Holder?

—Confieso que comparto la perplejidad de mi tío.

—¿Su hijo llevaba zapatos o zapatillas cuando le sorprendió?

—No llevaba nada puesto salvo los pantalones y la camisa.

—Gracias. Nos ha favorecido ciertamente una suerte extraordinaria en esta investigación, y será exclusivamente culpa nuestra si no logramos esclarecer el misterio. Con su permiso, señor Holder, proseguiré ahora mis pesquisas en el exterior.

Salió a solas, a petición propia, pues explicó que cualquier huella innecesaria entorpecería su labor. Durante una hora o más estuvo afanado afuera, regresando al cabo con los pies pesados de nieve y sus facciones tan indescifrables como de costumbre.

—Creo haber visto ya cuanto había que ver, señor Holder —dijo—: le seré más útil regresando a mis habitaciones.

—Pero las joyas, señor Holmes: ¿dónde están?

—No puedo decírselo.

El banquero se retorció las manos. —¡Jamás volveré a verlas! —gimió—. ¿Y mi hijo? ¿Me da esperanzas?

—Mi opinión no ha variado en lo más mínimo.

—Entonces, por caridad de Dios, ¿qué suceso tenebroso se representó en mi casa anoche?

—Si tiene la bondad de acudir a mis habitaciones de Baker Street mañana por la mañana entre nueve y diez, me complacerá en extremo hacer cuanto esté en mi mano por aclarárselo. Entiendo que me concede carta blanca para actuar en su nombre, siempre que recupere las piedras, y que no fija límite a la suma que deba desembolsar.

—Daría mi fortuna entera por recobrarlas.

—Muy bien: me ocuparé del asunto de aquí a entonces. Adiós; es muy posible que tenga que regresar por estos contornos antes de la caída de la tarde.

Me resultaba evidente que mi compañero tenía ya formado su criterio sobre el caso, si bien cuáles fuesen sus conclusiones escapaba a mi imaginación. Varias veces durante nuestro viaje de regreso intenté sondearle al respecto, pero siempre desvió la plática hacia otros temas hasta que me di por vencido. No eran aún las tres cuando nos hallamos de nuevo en nuestras habitaciones: subió a su cuarto a toda prisa y bajó pocos minutos después ataviado como un vagabundo vulgar. Con el cuello alzado, la levita raída y grasienta, una corbata encarnada y botas estropeadas, componía un perfecto ejemplar de su clase.

—Creo que esto servirá —dijo mirándose al espejo sobre la chimenea—. Solo desearía que pudiese venir conmigo, Watson; pero me temo que no conviene. Tal vez vaya tras una pista firme o tal vez persiga un fuego fatuo, pero muy pronto sabré a qué atenerme: confío en estar de regreso en pocas horas. —Cortó una loncha de carne de la pieza fría del aparador, la metió entre dos rebanadas de pan y, guardándose aquel tosco refrigerio en el bolsillo, emprendió su expedición.

Acababa de terminar mi merienda cuando regresó, con visible buen humor, balanceando en la mano una vieja bota de elásticos: la arrojó a un rincón y se sirvió una taza de té.

—Solo subí al pasar —dijo—: me marcho enseguida.

—¿Adónde?

—Al otro extremo del West End: tal vez tarde un buen rato en volver. No me espere levantado si se me hace tarde.

—¿Cómo van las cosas?

—Bueno: regulares, regulares; no hay motivo de queja. He estado en Streatham desde que nos vimos, pero no me acerqué a la casa. Es un problemilla delicioso y no me lo habría perdido por nada. Sin embargo, no debo quedarme aquí de charla: tengo que despojarme de estos andrajos y recobrar mi respetabilidad habitual.

Advertí por sus maneras que abrigaba motivos más sólidos de satisfacción de lo que sus palabras daban a entender: sus ojos brillaban y asomaba un toque de color a sus mejillas cetrinas. Subió la escalera presuroso y pocos minutos después escuché el portazo del vestíbulo anunciándome que reanudaba su agradable cacería.

Aguardé hasta medianoche, pero no hubo señal de su regreso, de suerte que me retiré a mi aposento: no era cosa rara que permaneciese ausente días y noches enteras cuando seguía una pista caliente, de modo que su tardanza no me causó sorpresa alguna. Ignoro a qué hora regresó; pero cuando bajé a desayunar por la mañana allí estaba él, con una taza de café en una mano y el periódico en la otra, fresco y despejado como una rosa.

—Me perdonará que haya empezado sin usted, Watson —dijo—; pero recordará que nuestro cliente tiene una cita bastante temprana esta mañana.

—¡Vaya! Pasan de las nueve ya —respondí—. No me extrañaría que fuese él: me pareció oír la campanilla.

Era en efecto nuestro amigo el banquero. Me impresionó el cambio que se había operado en su persona: su rostro, de suyo macizo y ancho, aparecía demacrado y hundido, mientras sus cabellos me parecieron notablemente más canos. Entró con una lasitud y abatimiento aún más dolorosos que su cólera de la víspera, y se desplomó pesadamente en el sillón que le acerqué.

—No sé qué habré hecho para merecer tan dura prueba —dijo—. Hace solo dos días era un hombre feliz y próspero, sin una sola preocupación en el mundo; ahora me veo abocado a una vejez solitaria y deshonrada: una desgracia sigue pisándole los talones a la otra. Mi sobrina Mary me ha abandonado.

—¿Le ha abandonado?

—Sí: su cama estaba intacta esta mañana, su cuarto desierto y una nota dirigida a mí descansaba sobre la mesa del vestíbulo. Le dije anoche, con tristeza y sin acritud, que de haberse casado con mi hijo tal vez todo le habría ido bien a él: quizá fue una ligereza de mi parte hablarle así. A ese reproche alude en estas líneas:

«MI QUERIDÍSIMO TÍO: Siento que he acarreado la desgracia sobre tu casa y que si hubiese obrado de otro modo esta terrible catástrofe jamás habría acaecido. Con este pensamiento en el alma me es imposible volver a ser feliz bajo tu techo y siento que debo abandonarte para siempre. No te aflijas por mi porvenir, pues está asegurado; y sobre todo no intentes buscarme, pues sería fatiga baldía y un mal favor que me harías. En vida y en muerte, tu amante,

—MARY».

—¿Qué puede querer decir con esa carta, señor Holmes? ¿Cree que presagia un suicidio?

—No, no: nada de eso; es tal vez la mejor solución posible. Confío, señor Holder, en que se halle usted próximo al término de sus tribulaciones.

—¡Ah! ¿Eso dice? ¡Sabe algo, señor Holmes! ¡Ha averiguado algo! ¿Dónde están las gemas?

—¿No juzgaría desmedida una suma de mil libras por cada una de ellas?

—Pagaría diez mil.

—Sería innecesario: tres mil bastarán para zanjar el asunto. Y hay una pequeña recompensa, me figuro. ¿Lleva consigo su talonario de cheques? Aquí tiene una pluma: extiéndalo mejor por cuatro mil libras.

Con semblante aturdido el banquero extendió el cheque requerido. Holmes se acercó a su escritorio, extrajo un pequeño fragmento triangular de oro con tres gemas incrustadas y lo depositó sobre la mesa.

Con un chillido de alborozo nuestro cliente se abalanzó sobre él.

—¡La tiene! —jadeó—. ¡Estoy salvado! ¡Estoy salvado!

La reacción de júbilo fue tan apasionada como lo fuera su desconsuelo, y estrechó las gemas recuperadas contra su pecho.

—Hay otra deuda pendiente que tiene que saldar, señor Holder —dijo Sherlock Holmes con severidad.

—¡Una deuda! —Tomó la pluma—. Diga la cifra y la pagaré.

—No: la deuda no es conmigo. Le debe una cumplida y humilde disculpa a ese noble muchacho, su hijo, que se ha conducido en este trance como me enorgullecería que lo hiciese mi propio hijo si llegara a tenerlo alguna vez.

—¿Conque no fue Arthur quien las robó?

—Se lo dije ayer y se lo repito hoy: no fue él.

—¿Está seguro de ello? Entonces corramos a su lado de inmediato para comunicarle que la verdad ha resplandecido.

—Él lo sabe ya: cuando hube aclarado el misterio mantuve una entrevista con él y, al ver que rehusaba contarme lo ocurrido, se lo expuse yo mismo, ante lo cual tuvo que admitir que yo estaba en lo cierto y añadir los pocos detalles que aún no tenía enteramente claros. Sus noticias de esta mañana, con todo, bien pueden desatarle la lengua.

—¡Por amor de Dios, dígame entonces en qué consiste este extraordinario misterio!

—Así lo haré y le mostraré los pasos mediante los cuales llegué a resolverlo. Y permítame decirle en primer término lo que más me cuesta expresar y a usted escuchar: mediaba un entendimiento entre sir George Burnwell y su sobrina Mary. Han huido juntos.

—¿Mi Mary? ¡Imposible!

—Es por desgracia más que posible: es un hecho seguro. Ni usted ni su hijo conocían el verdadero carácter de ese individuo cuando le abrieron las puertas de su hogar: es uno de los hombres más peligrosos de Inglaterra: un tahúr arruinado, un bellaco consumado, un hombre sin corazón ni conciencia. Su sobrina nada sabía de semejante ralea: cuando le susurró sus juramentos de amor, como había hecho a un centenar antes que a ella, la infeliz se lisonjeó de ser la única que había tocado su corazón. Solo el diablo sabe lo que le dijo, pero al menos se convirtió en su dócil instrumento y acostumbraba a verse con él casi todas las noches.

—¡No puedo ni quiero creerlo! —exclamó el banquero con el rostro lívido.

—Le diré entonces lo que aconteció en su casa anoche: su sobrina, cuando creyó que usted se había retirado a descansar, bajó cautelosamente y habló con su amante a través de la ventana que da al callejón de las caballerizas. Las huellas de sus pisadas habían atravesado la nieve de puro tiempo que permaneció allí plantado. Ella le habló de la diadema: la codicia criminal de oro se encendió en él ante la noticia y doblegó la voluntad de la muchacha. No dudo de que ella le amase a usted; pero hay mujeres en las que el amor a un hombre extingue todo otro afecto, y ella debió de ser una de ellas. Apenas había escuchado sus instrucciones cuando le vio a usted descender las escaleras, ante lo cual cerró la ventana precipitadamente y le contó la patraña de la escapada de la criada con su pretendiente de la pata de palo, lo cual era enteramente cierto.

—Su hijo Arthur se acostó tras su conversación con usted, pero durmió mal debido al desasosiego por sus deudas del club. En mitad de la noche escuchó unos pasos sigilosos ante su puerta: se levantó y, al asomarse, quedó estupefacto al ver a su prima deslizarse cautelosamente por el pasillo hasta desaparecer en su vestidor. Petrificado de asombro, el muchacho se vistió a escape y aguardó en la oscuridad para comprobar qué significaba tan extraña conducta. Muy pronto ella reapareció y a la luz de la lámpara del pasillo su hijo divisó la valiosa diadema en sus manos: bajó las escaleras y él, estremecido de horror, corrió y se ocultó tras la cortina junto a su puerta, desde donde dominaba cuanto ocurría abajo en el vestíbulo. La vio abrir la ventana sigilosamente, entregar la diadema a alguien que aguardaba en la sombra y, tras cerrarla de nuevo, subir apresuradamente a su cuarto, pasando junto a donde él permanecía oculto tras el cortinaje.

—Mientras ella estuvo presente nada pudo hacer sin delatar ignominiosamente a la mujer que amaba; pero en cuanto desapareció comprendió la abrumadora desgracia que aquello entrañaba para usted y la perentoria necesidad de enmendarlo: bajó corriendo, tal como estaba, descalzo, abrió la ventana, saltó a la nieve y corrió por el callejón donde divisaba una figura oscura a la luz de la luna. Sir George Burnwell intentó escapar, pero Arthur le dio alcance y se trabó un forcejeo entre ambos, tirando su muchacho de un lado de la diadema y su rival del otro. En la refriega su hijo le propinó un puñetazo que le abrió una brecha sobre la ceja; de pronto algo crujió con violencia y su hijo, viéndose con la corona en las manos, regresó a toda prisa, cerró la ventana, subió a su cuarto y acababa de advertir que la joya se había torcido en la lucha e intentaba enderezarla cuando usted hizo su repentina aparición.

Fin del Episodio 42 · de 47

La diadema de berilos · III

Siguiente Episodio 43~7 minLa diadema de berilos · IV“—Usted entonces desató su indignación colmándole de insultos en un trance en que él sentía haber merecido su más cálido agradecimiento.”Seguir leyendo
Comparte esta experiencia literaria

¿Te cautivó este episodio?

Invita a otros lectores o comparte una tarjeta de cita estética con tus reflexiones.