Las aventuras de Sherlock Holmes·Episodio 41

La diadema de berilos · II

~13 min · 2531 palabras

Tenía a menudo un modo disparatado de hablar, de suerte que no concedí mayor importancia a sus palabras. Me siguió a mi cuarto, no obstante, esa misma noche con semblante sumamente grave.

—«Mira, papá —dijo con los ojos bajos—: ¿puedes prestarme doscientas libras?».

—«¡No, no puedo! —respondí con aspereza—. He sido con mucho harto generoso contigo en asuntos de dinero».

—«Has sido muy bueno —dijo él—; pero necesito ese dinero sin falta o jamás podré volver a asomar la cara por el club».

—«¡Y muy bien hecho que estaría!», exclamé.

—«Sí, pero no querrás que salga de allí como un hombre deshonrado: no soportaría la vergüenza. Tendré que conseguir los fondos como sea, y si tú te niegas a facilitármelos tendré que probar otros medios».

—Me enfurecí sobremanera, pues era la tercera petición que me hacía en el mes. «¡No sacarás un solo penique de mí!», grité; ante lo cual él se inclinó cortésmente y salió de la habitación sin añadir una sola palabra.

—Cuando se marchó abrí el secreter, me cercioré de que mi tesoro estaba a buen recaudo y volví a cerrar con llave. Luego me dispuse a recorrer la casa para comprobar que todo estaba seguro: cometido que suelo confiar a Mary pero que esa noche juzgué oportuno realizar en persona. Al descender las escaleras vi a la misma Mary junto a la ventana lateral del vestíbulo, que cerraba y aseguraba al acercarme yo.

—«Dime, papá —dijo ella, con expresión un tanto desasosegada me pareció—: ¿le diste permiso a Lucy, la criada, para salir esta noche?».

—«Desde luego que no».

—«Acaba de entrar por la puerta trasera. No me cabe duda de que solo ha ido a la cancela lateral a ver a alguien, pero me parece que resulta poco prudente y convendría impedirlo».

—«Hablarás con ella por la mañana, o lo haré yo si lo prefieres. ¿Estás segura de que todo está cerrado?».

—«Enteramente segura, papá».

—«Entonces, buenas noches». La besé y subí de nuevo a mi dormitorio, quedándome dormido enseguida.

—Procuro referirle cuanto pueda guardar relación con el caso, señor Holmes; pero le ruego que me interrogue sobre cualquier punto que no le quede claro.

—Al contrario: su relato resulta singularmente lúcido.

—Llego a un pasaje de mi narración en el que desearía serlo de modo especial. No tengo el sueño muy pesado y la inquietud que albergaba tendía sin duda a hacérmelo más ligero todavía. Hacia las dos de la madrugada me despertó un ruido en el interior de la casa: había cesado antes de que estuviese despierto del todo, pero me dejó la impresión de que una ventana se había cerrado con sigilo en alguna parte. Me quedé a la escucha con el oído en tensión. De pronto, para mi horror, escuché el rumor inequívoco de unos pasos que se deslizaban cautelosamente por la estancia contigua. Salté de la cama palpitante de terror y asomé la cabeza por la puerta de mi tocador.

—«¡Arthur! —chillé—. ¡Miserable! ¡Ladrón! ¿Cómo te atreves a tocar esa diadema?».

—La luz del gas estaba a media llama, tal como la había dejado, y mi desdichado hijo, en mangas de camisa y pantalones, permanecía junto a la llama sosteniendo la joya entre las manos: parecía estar forzándola o doblándola con todas sus fuerzas. Al oír mi grito la dejó caer de sus manos y se puso lívido como un cadáver. La recogí del suelo y la examiné: faltaba una de las esquinas de oro, con tres de los berilos.

—«¡Canalla! —grité fuera de mí de rabia—. ¡La has destrozado! ¡Me has deshonrado para siempre! ¿Dónde están las gemas que has robado?».

—«¡Robado!», exclamó.

—«¡Sí, ladrón!», rugí, zarandeándole por el hombro.

—«No falta ninguna: no puede faltar ninguna», dijo él.

—«Faltan tres: y tú sabes muy bien dónde están. ¿Tendré que llamarte embustero además de ladrón? ¿No te vi intentando arrancar otro trozo?».

—«Bastantes insultos me has dirigido ya —dijo él—: no los toleraré por más tiempo. No diré una sola palabra más sobre este asunto, puesto que has preferido afrentarme. Me marcharé de tu casa por la mañana y me abriré camino en el mundo por mí mismo».

—«¡Saldrás de ella en manos de la policía! —chillé enloquecido de cólera y dolor—. Haré que se llegue hasta el fondo de este negocio».

—«Nada averiguarás por mi boca —respondió él con un apasionamiento que jamás habría sospechado en su naturaleza—. Si prefieres llamar a la policía, que la policía descubra cuanto pueda».

—Para entonces la casa entera estaba en pie, pues yo había alzado la voz en mi furia. Mary fue la primera en irrumpir en mi estancia, y ante la vista de la diadema rota y del rostro de Arthur lo comprendió todo y, con un grito desgarrador, cayó desmayada al suelo. Envié a la sirvienta en busca de la policía y puse la investigación en sus manos de inmediato. Al personarse el inspector con un guardia, Arthur, que permanecía ceñudo con los brazos cruzados, me preguntó si me proponía acusarle formalmente de robo. Le respondí que había dejado de ser un asunto privado para convertirse en público, puesto que la joya arruinada era propiedad nacional: estaba resuelto a que la justicia siguiera su curso inexorable.

—«Al menos —dijo él— no harás que me arresten en el acto: redundaría en tu ventaja tanto como en la mía que se me permitiese ausentarme de la casa por cinco minutos».

—«Para que escapes o tal vez para que ocultes lo robado», respondí yo. Y entonces, percatándome de la terrible situación en que me hallaba, le supliqué que recordase que no solo mi honor sino el de alguien infinitamente superior a mí estaba en juego y que amenazaba con desatar un escándalo que conmovería al reino entero: podía evitarlo todo si tan solo me confesaba qué había hecho con las tres piedras faltantes.

—«Más vale que des la cara —le dije—: has sido sorprendido en el acto y ninguna confesión podría agravar tu culpa. Si reparas el daño en cuanto esté en tu mano diciéndonos dónde se hallan los berilos, todo te será perdonado y olvidado».

—«Guarda tu perdón para quien te lo pida», respondió, apartándose de mí con desdén. Vi que estaba demasiado endurecido para que mis palabras surtieran mella alguna: solo restaba un camino. Llamé al inspector y se lo entregué detenido. Se practicó al instante un minucioso registro no solo de su persona sino de su habitación y de cada rincón de la casa donde pudiese haber ocultado las piedras; pero no apareció el menor rastro de ellas, ni el desdichado muchacho despegó los labios a pesar de nuestros ruegos y conminaciones. Esta mañana fue conducido a una celda y yo, tras cumplimentar las diligencias oficiales, he acudido volando a usted para implorarle que ponga su talento en desentrañar el misterio. La policía confiesa abiertamente que no saca nada en limpio por ahora. Puede incurrir en cuantos gastos juzgue necesarios: he ofrecido ya una recompensa de mil libras. ¡Dios mío, qué voy a hacer! He perdido mi honra, mis joyas y a mi hijo en una sola noche. ¡Ay de mí! ¿Qué voy a hacer?

Se llevó las manos a la cabeza y comenzó a mecerse adelante y atrás, gimiendo como un niño cuyo dolor sobrepasa toda palabra.

Sherlock Holmes permaneció silencioso durante algunos minutos, con el ceño fruncido y la vista clavada en las ascuas de la chimenea.

—¿Reciben ustedes muchas visitas? —preguntó.

—Ninguna, salvo mi socio con su familia y de cuando en cuando algún amigo de Arthur. Sir George Burnwell ha venido varias veces últimamente: nadie más, creo.

—¿Frecuentan la vida social?

—Arthur sí; Mary y yo nos quedamos en casa: a ninguno de los dos nos atrae.

—Eso resulta poco habitual en una joven.

—Es de temperamento retraído. Además no es tan joven: cuenta veinticuatro años.

—Este percance, según refiere, parece haber supuesto un rudo golpe para ella también.

—¡Espantoso! Se halla aún más afectada que yo mismo.

—¿Ninguno de los dos alberga la menor duda sobre la culpabilidad de su hijo?

—¿Cómo íbamos a albergarla si le vi con mis propios ojos con la diadema en las manos?

—Apenas considero eso una prueba concluyente. ¿El resto de la joya presentaba algún desperfecto?

—Sí: estaba torcida.

—¿No se le ocurre pensar que tal vez intentase enderezarla?

—¡Dios le bendiga! Hace cuanto puede por él y por mí; pero es empeño excesivo: ¿qué hacía allí a deshora, para empezar? Si su propósito era inocente, ¿por qué no lo declaró?

—Precisamente. Y si era culpable, ¿por qué no fraguó una patraña? Su silencio me parece un arma de doble filo. Hay varios puntos sumamente singulares en el caso. ¿Qué opinó la policía del ruido que le despertó de su sueño?

—Estimaron que pudo deberse a que Arthur cerró la puerta de su dormitorio.

—¡Bonita explicación! Como si un hombre que se dispone a cometer una felonía fuese a dar un portazo capaz de despertar a la casa entera. ¿Y qué dijeron de la desaparición de las gemas?

—Continúan tanteando el entarimado y registrando los muebles con la esperanza de encontrarlas.

—¿Se les ha ocurrido buscar fuera de la casa?

—Sí: han desplegado un celo extraordinario. El jardín entero ha sido registrado palmo a palmo.

—Ahora bien, mi querido señor —dijo Holmes—: ¿no le resulta evidente que este asunto cala mucho más hondo de lo que usted o la policía se inclinaron a suponer en un principio? A ustedes se les antojaba un caso simple; a mí me parece sumamente complejo. Considere lo que entraña su teoría: supone que su hijo bajó de su cama, fue arrostrando un gran peligro a su vestidor, abrió su secreter, extrajo la diadema, quebró a viva fuerza un pequeño fragmento, se ausentó a algún otro paraje, ocultó tres gemas de las treinta y nueve con tal pericia que nadie logra dar con ellas, y luego regresó con las treinta y seis restantes al aposento donde se exponía al mayor peligro de ser sorprendido. Le pregunto ahora: ¿es sostenible semejante hipótesis?

—Pero ¿qué otra cabe imaginar? —exclamó el banquero con ademán desesperado—. Si sus móviles eran inocentes, ¿por qué no los expone?

—Nuestra misión consiste en averiguarlo —respondió Holmes—. De modo que ahora, señor Holder, si le parece bien nos pondremos en camino hacia Streatham y dedicaremos una hora a examinar los detalles más de cerca.

Mi amigo insistió en que les acompañase en su expedición, a lo cual accedí gustoso, pues mi curiosidad y simpatía estaban vivamente excitadas por el relato que acabábamos de escuchar. Confieso que la culpabilidad del hijo del banquero me parecía tan palmaria como a su desdichado padre; pero con todo tenía tal fe en el juicio de Holmes que sentía que debían existir fundados motivos para la esperanza en tanto él no se mostrase satisfecho con la explicación corriente. Apenas pronunció palabra durante todo el trayecto hacia el suburbio meridional: permaneció con la barbilla hundida en el pecho y el sombrero calado hasta los ojos, absorto en hondísimas cavilaciones. Nuestro cliente pareció cobrar nuevos ánimos ante el débil rayo de esperanza que se le brindaba e incluso trabó conmigo una plática deshilvanada sobre sus asuntos comerciales. Un corto viaje en tren y una caminata más corta todavía nos dejaron en Fairbank, la modesta residencia del encumbrado financiero.

Fairbank era una espaciosa mansión cuadrada de piedra blanca, situada a corta distancia del camino. Un doble paseo de carruajes, flanqueado por un césped nevado, descendía hasta dos grandes cancelas de hierro que cerraban la entrada. A la derecha se extendía una pequeña arboleda que conducía a un estrecho sendero entre dos pulcros setos que corría desde la carretera hasta la puerta de la cocina, constituyendo el acceso de proveedores. A la izquierda discurría un callejón que conducía a las caballerizas, no hallándose dentro de la finca propiamente dicha al ser una vía pública, aunque poco transitada. Holmes nos dejó aguardando a la puerta y rodeó despacio la casa entera, por la fachada, por el camino de servicio y luego rodeando por el jardín trasero hacia el callejón de las caballerizas. Tanto tardó que el señor Holder y yo entramos en el comedor y aguardamos junto al fuego a que regresase. Permanecíamos sentados en silencio cuando se abrió la puerta e hizo su entrada una joven: era de estatura algo superior a la mediana, esbelta, de ojos y cabellos oscuros que parecían aún más negros en contraste con la palidez absoluta de su piel. No creo haber visto jamás una lividez tan cadavérica en el rostro de una mujer: sus labios carecían igualmente de color, si bien sus ojos estaban enrojecidos por el llanto. Al entrar silenciosamente en la habitación me causó una sensación de desconsuelo aún mayor que la del banquero por la mañana, y resultaba tanto más llamativa por tratarse a todas luces de una mujer de enérgico temple, con un formidable dominio de sí misma. Sin reparar en mi presencia fue derecha a su tío y le pasó la mano por la cabeza con dulce caricia filial.

—Has dado orden de que pongan en libertad a Arthur, ¿verdad, papá? —preguntó ella.

—No, no, hija mía: el asunto debe esclarecerse hasta el fondo.

—Pero estoy tan segura de que es inocente... Ya sabes lo que es el instinto de una mujer: sé que no ha hecho nada malo y te arrepentirás de haber obrado con tanta dureza.

—¿Por qué calla, entonces, si es inocente?

—¿Quién sabe? Quizá de pura indignación por que sospecharas de él.

—¿Cómo no iba a sospechar de él si le vi con mis propios ojos con la diadema en las manos?

—¡Oh, pero si solo la había tomado para mirarla! ¡Oh, hazme caso, créeme que es inocente! Da el asunto por zanjado y no hables más de ello: ¡resulta espantoso pensar en nuestro querido Arthur en la cárcel!

—Jamás lo daré por zanjado hasta que aparezcan las joyas: ¡jamás, Mary! Tu cariño por Arthur te ciega ante las horribles consecuencias que esto acarrea para mí. Lejos de silenciar el asunto, he traído a un caballero de Londres para que investigue más a fondo.

—¿A este caballero? —preguntó ella, volviéndose hacia mí.

—No: a su amigo. Deseaba que le dejásemos a solas: anda ahora por el callejón de las caballerizas.

—¿El callejón de las caballerizas? —Enarcó sus oscuras cejas—. ¿Qué puede esperar encontrar allí? ¡Ah! Este es, supongo. Confío, caballero, en que logre demostrar lo que tengo la certidumbre de que es la verdad: que mi primo Arthur es inocente de este delito.

—Comparto plenamente su parecer y confío con usted en que logremos demostrarlo —respondió Holmes, dirigiéndose al felpudo para sacudirse la nieve del calzado—. Creo tener el honor de dirigirme a la señorita Mary Holder. ¿Me permite hacerle una o dos preguntas?

—Haga cuantas guste, caballero, si pueden servir para aclarar este horroroso percance.

—¿No oyó usted nada anoche?

—Nada, hasta que mi tío aquí presente comenzó a alzar la voz: lo oí y bajé enseguida.

—Cerró usted las ventanas y puertas la noche anterior: ¿aseguró todas las ventanas?

—Sí.

—¿Estaban todas aseguradas esta mañana?

—Sí.

—Tiene una criada que tiene novio: ¿creo que comentó a su tío anoche que había salido a verle?

Fin del Episodio 41 · de 47

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