El aristócrata solterón · III
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—¡Vaya, hombre! —dijo mi amigo, lanzando al aire anillas azuladas de humo—. ¿Las sacó de la Serpentine?
—No: fueron halladas flotando cerca de la orilla por un guarda del parque. Han sido identificadas como sus ropas, y se me antojó que si las prendas estaban allí, el cadáver no andaría muy lejos.
—Por idéntico y brillante razonamiento, el cuerpo de todo hombre debe encontrarse en las inmediaciones de su guardarropa. Y dígame: ¿qué esperaba conseguir con todo eso?
—Algún indicio que comprometa a Flora Millar en la desaparición.
—Mucho me temo que le resulte harto difícil.
—¿De veras lo cree usted? —exclamó Lestrade con cierta acritud—. Mucho me temo, Holmes, que no es usted muy práctico con sus deducciones y sus inferencias: ha cometido dos pifias garrafales en otros tantos minutos. Este vestido compromete ciertamente a la señorita Flora Millar.
—¿Y de qué modo?
—En el vestido hay un bolsillo; en el bolsillo, un tarjetero; en el tarjetero, una nota. Y aquí tiene la mismísima nota. —La estampó sobre la mesa ante él—. Escuche esto: «Me verás cuando todo esté a punto. Ven en el acto. F. H. M.». Pues bien: mi teoría desde el primer instante ha sido que lady St. Simon fue embaucada por Flora Millar y que esta, con la ayuda de cómplices sin duda, fue responsable de su desaparición. He aquí, firmada con sus iniciales, la mismísima esquela que con toda probabilidad le deslizaron disimuladamente en la mano a la puerta y que la atrajo a sus garras.
—Muy bien, Lestrade —dijo Holmes riendo—. Es usted verdaderamente formidable. Permítame verla. —Tomó el papel con aire displicente, pero su atención quedó clavada en el acto y profirió una leve exclamación de regocijo—. Esto es ciertamente importante —dijo.
—¡Ajá! ¿Lo encuentra importante?
—Extraordinariamente importante: le felicito de corazón.
Lestrade se puso en pie triunfante y se inclinó para mirar. —¡Pero bueno! —chilló—. ¡Si está mirando el lado que no es!
—Al contrario: este es el lado correcto.
—¿El lado correcto? ¡Está usted loco! La nota escrita a lápiz está aquí.
—Y aquí está lo que parece ser el fragmento de la cuenta de un hotel, que me interesa vivamente.
—No hay nada ahí: ya lo miré antes —dijo Lestrade—. «4 de octubre: habitación, 8 chelines; desayuno, 2 chelines y 6 peniques; cóctel, 1 chelín; almuerzo, 2 chelines y 6 peniques; copa de jerez, 8 peniques». No veo nada en eso.
—Muy probable es que no lo vea: resulta de suma importancia, no obstante. En cuanto a la nota, también es importante, o al menos lo son las iniciales; de modo que le felicito de nuevo.
—He perdido ya bastante tiempo —dijo Lestrade, levantándose—. Creo en el trabajo duro y no en arrellanarse junto al fuego devanando sutiles teorías. Buenos días, señor Holmes, y ya veremos quién llega primero al fondo del asunto. —Recogió las prendas, las metió en la bolsa y se dirigió a la puerta.
—Una sola advertencia, Lestrade —masculló Holmes con parsimonia antes de que su rival desapareciese—: le diré la verdadera solución del enigma: lady St. Simon es un mito. No existe ni ha existido jamás semejante persona.
Lestrade contempló con tristeza a mi compañero. Luego se volvió hacia mí, se tocó la frente tres veces con el dedo, sacudió la cabeza con aire fúnebre y se marchó apresuradamente.
Apenas había cerrado la puerta tras de sí cuando Holmes se levantó a ponerse el sobretodo. —Hay algo de razón en lo que dice ese hombre sobre el trabajo de campo —observó—; de modo que creo, Watson, que debo dejarle a solas con sus periódicos durante un rato.
Pasaban de las cinco cuando Sherlock Holmes me dejó solo; pero no tuve ocasión de aburrirme, pues antes de una hora llegó un mozo de confitería portando una caja grande y plana. La desempaquetó con auxilio de un muchacho que traía consigo y muy pronto, para mi mayúsculo asombro, una cena fría digna de un gastrónomo comenzó a disponerse sobre la humilde caoba de nuestra casa de huéspedes: un par de parejas de chochas frías, un faisán, un pastel de paté de foie gras y una selecta colección de botellas polvorientas y venerables. Habiendo dispuesto todas aquellas exquisiteces, mis dos visitantes se esfumaron como los genios de las Mil y una noches, sin más explicación que la de que todo había sido pagado de antemano y encargado para ese domicilio.
Poco antes de las nueve Sherlock Holmes entró a paso vivo en la habitación: su rostro mostraba una expresión grave, pero un brillo en sus ojos me indicó que no había quedado defraudado en sus conclusiones.
—Han servido la cena, pues —dijo, frotándose las manos.
—Parece esperar invitados: han puesto cinco cubiertos.
—Sí: me figuro que tendremos visitas —dijo—. Me extraña que lord St. Simon no haya llegado todavía. ¡Ajá! Me parece escuchar sus pasos en la escalera en este mismo momento.
Era en efecto nuestro visitante de la tarde quien entró presuroso, volteando los quevedos con mayor desasosiego que nunca y con una expresión de profunda contrariedad en sus aristocráticas facciones.
—¿Le llegó mi recado, entonces? —preguntó Holmes.
—Sí; y confieso que su contenido me sobresaltó sobremanera. ¿Tiene buenas pruebas de cuanto afirma?
—Las mejores posibles.
Lord St. Simon se desplomó en una butaca y se pasó la mano por la frente.
—¿Qué dirá el duque —murmuró— cuando sepa que un miembro de la familia se ha visto sometido a semejante humillación?
—Es el más puro de los azares: no puedo admitir que medie humillación alguna.
—¡Ah! Usted contempla estas cuestiones desde otro prisma.
—No veo que nadie tenga la culpa: difícilmente alcanzo a comprender cómo la dama pudo obrar de otro modo, si bien su abrupto proceder resulta sin duda lamentable. Al carecer de madre no tenía a nadie a quien pedir consejo en semejante encrucijada.
—Fue un ultraje, caballero: un ultraje público —dijo lord St. Simon, tamborileando con los dedos sobre la mesa.
—Debe disculpar a esta pobre muchacha, colocada en una coyuntura sin precedentes.
—No disculparé nada: me hallo sumamente irritado y he sido víctima de un trato infame.
—Creo haber oído una campanilla —dijo Holmes—. Sí: suenan pasos en el rellano. Si no logro persuadirle de que adopte un criterio indulgente, lord St. Simon, he traído aquí a una abogada defensora que tal vez tenga más fortuna. —Abrió la puerta y dio paso a una dama y a un caballero—. Lord St. Simon —dijo él—: permítame presentarle al señor y la señora Francis Hay Moulton. A la señora creo que la conoce ya.
A la vista de los recién llegados nuestro cliente se había puesto en pie como impulsado por un resorte y permanecía erguido, con los ojos clavados en el suelo y la mano hundida en el pecho de la levita: la viva estampa de la dignidad ultrajada. La dama había dado un paso al frente y le tendía la mano, pero él rehusaba alzar la vista. Quizá fuera lo mejor para su resolución, pues su rostro suplicante era difícil de resistir.
—Estás enfadado, Robert —dijo ella—. Supongo que tienes motivos sobrados para estarlo.
—Le ruego que no me pida disculpas —dijo lord St. Simon con amargura.
—¡Oh, sí! Sé que me he portado fatal contigo y que debí hablarte antes de marcharme; pero perdí la cabeza por completo, y desde el instante en que volví a ver a Frank no supe lo que hacía ni lo que decía: solo me asombra no haberme desplomado sin sentido allí mismo al pie del altar.
—¿Quizá prefiera, señora Moulton, que mi amigo y yo abandonemos la estancia mientras aclara el asunto?
—Si se me permite una opinión —observó el desconocido caballero—, hemos tenido ya demasiado secreto en este negocio. Por mi parte me gustaría que Europa y América enteras conozcan la verdad de las cosas. —Era un hombre menudo, recio y tostado por el sol, bien afeitado, de rostro afilado y ademanes resueltos.
—Entonces contaré nuestra historia en el acto —dijo la dama—. Frank y yo nos conocimos en 1884, en el campamento de McQuire, cerca de las Rocosas, donde mi padre explotaba una concesión minera. Frank y yo nos comprometimos; pero un buen día papá dio con una veta riquísima y se hizo millonario, mientras que la concesión del pobre Frank se agotó y quedó en la ruina. Cuanto más rico se volvía papá, más pobre resultaba Frank; de suerte que al final papá no quiso ni oír hablar de nuestro compromiso y me llevó consigo a San Francisco. Frank no se dio por vencido, empero: me siguió hasta allí y me vio sin que papá se enterara de nada. Habría montado en cólera de saberlo, de modo que lo arreglamos todo nosotros mismos: Frank dijo que marcharía a labrarse una fortuna también y que jamás regresaría a reclamarme hasta que tuviera tanto como papá. Yo le prometí aguardarle hasta el fin de los tiempos y me comprometí a no casarme con nadie más mientras él viviera. «¿Por qué no nos casamos ahora mismo, entonces? —dijo él—. Así estaré seguro de ti y no reclamaré ser tu esposo hasta mi regreso». Lo hablamos, pues, y él lo dispuso todo tan primorosamente, con un clérigo listo aguardándonos, que nos casamos allí mismo. Luego Frank partió a buscar fortuna y yo regresé con mi padre.
—Las siguientes noticias de Frank fueron que se hallaba en Montana; luego fue a prospectar a Arizona y después supe de él desde Nuevo México. Tras de aquello llegó una extensa reseña en los periódicos relatando cómo un campamento minero había sido arrasado por indios apaches, figurando el nombre de mi Frank entre los muertos. Caí redonda en un desmayo y estuve gravemente enferma durante meses: papá creyó que padecía tisis y me llevó a consultar a la mitad de los médicos de San Francisco. No llegó una sola noticia durante más de un año, de suerte que jamás dudé de que Frank estuviese realmente muerto. Entonces lord St. Simon visitó la ciudad, vinimos a Londres, se concertó el matrimonio y papá se mostró encantado; pero yo sentía en el fondo de mi corazón que ningún hombre sobre la tierra ocuparía jamás el lugar de mi pobre Frank.
—Con todo, si me hubiese casado con lord St. Simon, habría cumplido lealmente mis deberes para con él: no somos dueños de nuestros afectos, pero sí de nuestros actos. Fui al altar con el propósito de ser para él tan buena esposa como estuviese en mi mano; pero ya pueden figurarse lo que sentí cuando, al llegar ante el comulgatorio, miré hacia atrás y vi a Frank de pie mirándome desde el primer banco. Creí al principio que era su espectro; pero al mirar de nuevo allí seguía, con una mirada interrogante en los ojos como preguntándome si me alegraba o me dolía verle. Me asombra no haberme desmayado: todo me daba vueltas y las palabras del sacerdote sonaban como el zumbido de una abeja en mis oídos. No sabía qué hacer: ¿debía interrumpir la ceremonia y armar un escándalo en la iglesia? Le miré de nuevo y pareció adivinar mi pensamiento, pues se llevó el dedo a los labios imponiéndome silencio. Luego le vi garabatear en un trozo de papel y comprendí que me escribía una nota. Al pasar junto a su banco a la salida dejé caer mi ramo hacia él y me deslizó la nota en la mano al devolvérmelo: era una sola línea pidiéndome que me reuniese con él cuando me hiciese la señal. Naturalmente, no dudé ni un instante de que mi primer deber le correspondía a él y resolví hacer exactamente cuanto me ordenase.
—Al regresar a casa se lo conté a mi doncella, que le conocía de California y siempre había sido amiga suya. Le ordené que callara, que preparase un hatillo de ropa y me tuviera listo el abrigo. Sé que debí hablar con lord St. Simon, pero resultaba terriblemente duro hacerlo ante su madre y todos aquellos encumbrados personajes: resolví escaparme y dar explicaciones más tarde. No llevaba diez minutos a la mesa cuando divisé a Frank por la ventana al otro lado de la calle: me hizo una seña con la mano y echó a andar hacia el parque. Me escurrí afuera, me puse mis prendas y le seguí. Una mujer me salió al paso diciéndome no sé qué de lord St. Simon —por lo poco que escuché se me antojó que también él guardaba algún secretillo propio anterior a la boda—; pero me zafé de ella y alcancé a Frank enseguida. Subimos juntos a un coche y nos fuimos a unas habitaciones que había alquilado en Gordon Square: esa fue mi verdadera boda tras todos aquellos años de espera. Frank había caído prisionero de los apaches, había logrado escapar, llegó a San Francisco, supo que le había dado por muerto y que había viajado a Inglaterra, me siguió los pasos y dio conmigo al fin la mañana misma de mi segundo casamiento.
Fin del Episodio 38 · de 47
El aristócrata solterón · III
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