El aristócrata solterón · II
~11 min · 2226 palabras
Buenas tardes, lord St. Simon —dijo Holmes, levantándose e inclinándose cortésmente—. Tenga la bondad de tomar asiento en esa butaca de mimbre. Este es mi amigo y colega el doctor Watson. Acérquese un poco al fuego y hablaremos del asunto con calma.
—Un asunto sumamente penoso para mí, como bien podrá figurarse, señor Holmes: me siento herido en lo más vivo. Tengo entendido que ha llevado ya varios casos delicados de esta índole, caballero, si bien presumo que difícilmente pertenecerían a la misma clase social.
—No: voy descendiendo.
—Le ruego me disculpe.
—Mi último cliente en lances análogos fue un monarca.
—¡Ah, de veras! No tenía la menor idea. ¿Y qué rey fue?
—El rey de Escandinavia.
—¡Cómo! ¿Había perdido a su esposa?
—Comprenderá —dijo Holmes con suave cortesía— que hago extensivo a los asuntos de mis demás clientes el mismo riguroso secreto que le prometo a usted en el suyo.
—¡Por supuesto! ¡Muy justo, muy justo! Le ruego que me perdone. En cuanto a mi propio caso, estoy presto a facilitarle cualquier dato que pueda servirle para formarse un juicio cabal.
—Muchas gracias. Conozco ya cuanto ha aparecido en la prensa pública, nada más. Presumo que puedo tenerlo por exacto: este artículo, por ejemplo, relativo a la desaparición de la novia.
Lord St. Simon le echó una ojeada. —Sí: es exacto, hasta donde alcanza.
—Pero reclama no pocos complementos antes de que nadie pueda emitir un dictamen. Creo que allegaré los hechos más derechamente interrogándole a usted.
—Tenga la bondad de hacerlo.
—¿Cuándo conoció por vez primera a la señorita Hatty Doran?
—En San Francisco, hace un año.
—¿Viajaba usted por los Estados Unidos?
—Sí.
—¿Se comprometieron entonces?
—No.
—Pero ¿mantenían un trato amistoso?
—Me divertía su compañía y ella advertía que me divertía.
—¿Su padre es sumamente acaudalado?
—Pasa por ser el hombre más rico de toda la costa del Pacífico.
—¿Y cómo amasó su fortuna?
—En la minería. No tenía un céntimo hace pocos años; luego dio con una veta de oro, invirtió el dinero y prosperó a pasos agigantados.
—Y ahora, ¿cuál es su propia impresión sobre el carácter de la joven... de su esposa?
El noble volteó sus quevedos con mayor celeridad y clavó la vista en el fuego. —Verá usted, señor Holmes: mi esposa contaba veinte años antes de que su padre se hiciese rico. Durante todo ese tiempo campó a sus anchas en campamentos mineros y vagó por bosques y montañas, de suerte que su educación provino de la Naturaleza más que de maestros de escuela. Es lo que en Inglaterra llamamos una muchacha revoltosa y hombruna, de naturaleza vigorosa, libre y montaraz, sin apego a ninguna clase de convencionalismos. Es impetuosa: volcánica, estuve a punto de decir. Rápida en resolverse y resuelta en llevar a cabo sus determinaciones. Por otra parte, no le habría otorgado el apellido que tengo el honor de llevar —carraspeó con gravedad majestuosa— de no haberla juzgado en el fondo una mujer noble: la creo capaz de sacrificios heroicos y persuadido estoy de que cualquier bajeza le repugnaría.
—¿Tiene algún retrato de ella?
—Traje este conmigo. —Abrió un guardapelo y nos mostró el rostro de una mujer de deslumbrante hermosura: no era una fotografía sino una miniatura en marfil, y el pintor había realzado con destreza el negro lustroso de su cabellera, sus grandes ojos oscuros y la primorosa perfección de sus labios. Holmes la contempló largo rato con honda fijeza; luego cerró el relicario y se lo devolvió a lord St. Simon.
—La señorita vino a Londres, pues, y reanudaron su trato.
—Sí: su padre la trajo para esta última temporada londinense. Me encontré con ella en varias ocasiones, me comprometí formalmente y ahora hemos contraído matrimonio.
—Aportaba una dote cuantiosa, según tengo entendido.
—Una dote estimable: no mayor de lo que acostumbra estilarse en mi familia.
—Y esta dote queda en su poder, por supuesto, dado que el casamiento es un hecho consumado.
—En verdad no he practicado indagación alguna sobre el particular.
—Muy natural que no lo haya hecho. ¿Vio a la señorita Doran la víspera del enlace?
—Sí.
—¿Se hallaba de buen humor?
—Inmejorable: no hacía más que charlar sobre lo que haríamos en nuestra vida futura.
—¡Vaya! Eso es sumamente interesante. ¿Y la mañana de la boda?
—Estaba radiante como un sol: al menos hasta después de la ceremonia.
—¿Y advirtió algún cambio en ella entonces?
—Bueno: a decir verdad, vi entonces por vez primera indicios de que su genio era un tanto áspero. El incidente, con todo, resultó demasiado nimio para referirlo y no puede guardar relación alguna con el caso.
—Refiéralo de todos modos, se lo ruego.
—¡Oh, es una chiquillada! Se le cayó el ramo de novia al encaminarnos hacia la sacristía: pasaba en aquel instante junto al primer banco y fue a caer dentro. Hubo un momento de dilación, pero el caballero que ocupaba el banco se lo devolvió y el ramo no pareció haber sufrido menoscabo alguno. Y, sin embargo, cuando le hablé de ello me respondió con brusquedad; y en el carruaje, de regreso a casa, pareció desasosegada de modo absurdo por aquella insignificancia.
—¡Vaya! Dice que había un caballero en el banco: ¿concurrió público particular al templo, entonces?
—¡Oh, sí! Resulta imposible impedirle el paso cuando las puertas de la iglesia están abiertas.
—Ese caballero, ¿no era amigo de su esposa?
—No, no: le llamo caballero por mera cortesía, pero era un individuo de aspecto enteramente vulgar. Apenas me fijé en su catadura. Pero creo que nos apartamos no poco del meollo del asunto.
—Lady St. Simon regresó del templo, pues, con un ánimo menos risueño que aquel con que acudió. ¿Qué hizo al llegar de vuelta a casa de su padre?
—La vi conversando con su doncella.
—¿Y quién es su doncella?
—Se llama Alice: es norteamericana y vino de California con ella.
—¿Una criada de confianza?
—Demasiado de confianza, me temo: se me antojaba que su señora le consentía excesivas libertades. Claro que en América miran estas cosas de modo diferente.
—¿Cuánto tiempo habló con esta tal Alice?
—¡Oh, unos pocos minutos! Yo tenía otras cosas en que pensar.
—¿No escuchó lo que se decían?
—Lady St. Simon mencionó algo sobre «usurpar una concesión minera»: acostumbraba a utilizar modismos semejantes. No tengo la más remota idea de qué quiso decir.
—El argot americano resulta sumamente expresivo a veces. ¿Y qué hizo su esposa cuando terminó de hablar con su doncella?
—Entró en el comedor.
—¿Del brazo de usted?
—No, sola: era sumamente independiente en pequeñeces de esa clase. Luego, tras haber permanecido sentados cosa de diez minutos, se levantó apresuradamente, masculló unas palabras de disculpa y abandonó el salón. No volvió a aparecer.
—Pero esta doncella, Alice, según entiendo, declara que subió a su cuarto, cubrió su vestido de novia con un abrigo largo, se puso un sombrero y salió a la calle.
—Exactamente. Y luego fue vista encaminándose hacia Hyde Park en compañía de Flora Millar, la mujer que se halla actualmente detenida y que había provocado aquel escándalo en casa del señor Doran aquella misma mañana.
—¡Ah, sí! Me gustaría conocer algunos detalles sobre esta muchacha y sus relaciones con ella.
Lord St. Simon se encogió de hombros y enarcó las cejas. —Estuvimos en relaciones amistosas durante algunos años... podría decir que en relaciones muy amistosas. Trabajaba en el Allegro. No me porté con tacañería con ella y ningún motivo fundado de queja tenía contra mí; pero ya sabe cómo son las mujeres, señor Holmes. Flora era una muchacha cariñosa, pero sumamente apasionada y ciega de apego hacia mí. Me dirigió cartas espantosas al enterarse de mi próximo casamiento; y a decir verdad, la razón de que celebrase la boda en tanta reserva fue el temor de que provocase un escándalo en el templo. Se presentó a la puerta del señor Doran justo al regresar nosotros e intentó abrirse paso a la fuerza, profiriendo insultos denigrantes contra mi esposa y aun profiriendo amenazas; pero yo había previsto semejante contingencia y tenía apostados allí a dos agentes de paisano que no tardaron en ponerla de patitas en la calle. Se apaciguó al ver que de nada servía armar un altercado.
—¿Oyó su esposa todo esto?
—No, gracias a Dios: no oyó nada.
—¿Y fue vista paseando con esa misma mujer después?
—Sí: eso es lo que el señor Lestrade de Scotland Yard considera tan alarmante. Se cree que Flora embaucó a mi esposa para hacerla salir y le tendió alguna trampa espantosa.
—Bueno: es una suposición admisible.
—¿Lo cree usted también?
—No he dicho que sea probable. Pero ¿usted mismo la considera verosímil?
—No creo que Flora fuese capaz de hacer daño a una mosca.
—Con todo, los celos transforman de modo extraño los caracteres. Y dígame: ¿cuál es su propia teoría sobre lo ocurrido?
—Bueno, la verdad es que vine en busca de una teoría, no a proponerla: le he expuesto todos los hechos. Puesto que me lo pregunta, sin embargo, diré que se me ha ocurrido como posible que la agitación del acontecimiento, la convicción de haber dado un salto social tan prodigioso, provocase un leve trastorno nervioso en mi esposa.
—En una palabra: ¿que sufriera una repentina enajenación mental?
—Bueno, en verdad, considerando que ha vuelto la espalda —no diré a mi persona, sino a tanto por lo que muchos han suspirado en vano—, difícilmente alcanzo a explicármelo de otro modo.
—Ciertamente esa es también una hipótesis concebible —dijo Holmes sonriendo—. Y ahora, lord St. Simon, creo disponer de casi todos mis elementos de juicio. ¿Me permite preguntarle si se hallaba sentado a la mesa del banquete de modo que alcanzase a ver por la ventana?
—Podíamos divisar el otro lado de la calzada y el parque.
—Muy bien. Entonces no creo que precise entretenerle por más tiempo: me pondré en comunicación con usted.
—Si tuviese la fortuna de resolver este enigma... —dijo nuestro cliente poniéndose en pie.
—Ya lo he resuelto.
—¿Cómo? ¿Qué ha dicho?
—Digo que ya lo tengo resuelto.
—¿Dónde se halla mi esposa, entonces?
—Ese es un detalle que le facilitaré muy en breve.
Lord St. Simon movió la cabeza con escepticismo. —Mucho me temo que haga falta una cabeza más lúcida que la suya o la mía —observó; y haciendo una reverencia ceremoniosa a la antigua usanza, se marchó.
—Es sumamente bondadoso por parte de lord St. Simon honrar a mi cabeza poniéndola al nivel de la suya —dijo Sherlock Holmes, echándose a reír—. Creo que me tomaré un whisky con sifón y me fumaré un cigarro tras este interrogatorio. Tenía ya formadas mis conclusiones antes de que nuestro cliente pusiera los pies en la estancia.
—¡Mi querido Holmes!
—Tengo notas de varios casos semejantes, aunque ninguno, como ya le señalé, tan fulminante. Todo mi interrogatorio no ha servido sino para mudar mis conjeturas en certidumbres: las pruebas indiciarias resultan a veces sumamente elocuentes, como cuando uno descubre una trucha dentro de la leche, valga el símil de Thoreau.
—Pero si he oído exactamente lo mismo que usted.
—Sin el conocimiento de los precedentes que a mí tan provechoso me resulta, empero: hubo un caso idéntico en Aberdeen hace algunos años, y otro de muy parecidas características en Múnich al año siguiente de la guerra franco-prusiana. Es uno de esos lances... pero ¡vaya, si es Lestrade! ¡Buenas tardes, Lestrade! Encontrará un vaso de repuesto sobre el aparador y cigarros en la tabaquera.
El detective oficial venía embutido en un chaquetón marinero y corbata ancha que le conferían un aire decididamente náutico, trayendo una bolsa de lona negra en la mano. Con un seco saludo tomó asiento y encendió el cigarro que se le ofrecía.
—¿Qué novedad hay, entonces? —preguntó Holmes con una chispa en la mirada—. Parece descontento.
—Y me siento descontento: es este maldito asunto del casamiento de St. Simon. No consigo sacarle pies ni cabeza al negocio.
—¡De veras! Me sorprende usted.
—¿Quién ha visto jamás semejante embrollo? Todas las pistas parecen escurrírseme de entre los dedos: me he pasado el día entero afanado en él.
—Y muy mojado parece haberle dejado —dijo Holmes, posando la mano en la manga del chaquetón.
—Sí: he estado rastreando el lago de la Serpentine con redes.
—¡En nombre del cielo, ¿para qué?!
—En busca del cadáver de lady St. Simon.
Sherlock Holmes se echó hacia atrás en su sillón y soltó una sonora carcajada.
—¿Ha rastreado también el pilón de la fuente de Trafalgar Square? —preguntó.
—¿Por qué? ¿Qué quiere decir?
—Porque tiene tantas probabilidades de encontrar a la dama en uno como en otro.
Lestrade lanzó una mirada furibunda a mi compañero. —Supongo que usted lo sabrá todo sobre el caso —gruñó.
—Bueno: acabo de enterarme de los hechos, pero mi juicio está enteramente formado.
—¡Ah, conque sí! ¿Cree entonces que la Serpentine no pinta nada en el asunto?
—Lo creo sumamente inverosímil.
—Entonces quizá tenga la bondad de explicarme cómo es que hemos encontrado esto en sus aguas. —Abrió la bolsa de lona al hablar y arrojó sobre el suelo un vestido de novia de seda adamascada, un par de zapatos de raso blanco y una corona y velo nupciales, todo descolorido y empapado en agua—. Ahí lo tiene —dijo, depositando una flamante alianza de oro en la cúspide del montón—. Ahí tiene un buen hueso que roer, maestro Holmes.
Fin del Episodio 37 · de 47
El aristócrata solterón · II
¿Te cautivó este episodio?
Invita a otros lectores o comparte una tarjeta de cita estética con tus reflexiones.