Las aventuras de Sherlock Holmes·Episodio 36

El aristócrata solterón · I

~11 min · 2195 palabras

El enlace matrimonial de lord St. Simon y su insólito desenlace han dejado de ser hace tiempo objeto de comentario en los encumbrados círculos en que se mueve el desventurado novio. Nuevos escándalos lo han eclipsado y sus detalles más picantes han apartado la atención de los desocupados de este drama acaecido hace ya cuatro años. Dado que tengo motivos fundados para creer, empero, que la totalidad de los hechos jamás ha sido revelada al gran público, y habiendo tenido mi amigo Sherlock Holmes una intervención capital en el esclarecimiento del misterio, considero que ninguna semblanza suya estaría completa sin un breve bosquejo de este singularísimo episodio.

Ocurrió unas pocas semanas antes de mi propio matrimonio, durante los días en que aún compartía habitaciones con Holmes en Baker Street, cuando regresó de un paseo vespertino y encontró una carta sobre la mesa aguardándole. Yo había permanecido en casa todo el día, pues el tiempo había virado bruscamente a la lluvia con fuertes vientos otoñales, y la bala de mosquete afgano que me traje incrustada en uno de mis miembros como recuerdo de mi campaña latía con sorda insistencia. Con el tronco en una butaca y las piernas apoyadas en otra me había rodeado de un mar de periódicos hasta que al fin, saturado de las noticias de la jornada, los arrojé a un lado y permanecí ocioso, contemplando el enorme escudo de armas y el monograma impresos en el sobre que reposaba sobre la mesa y preguntándome perezosamente quién sería el aristocrático corresponsal de mi amigo.

—He aquí una misiva de lo más distinguida —observé al verle entrar—. Sus cartas de esta mañana procedían, si mal no recuerdo, de un pescadero y de un aduanero de muelle.

—Sí: mi correspondencia disfruta ciertamente del encanto de la variedad —respondió él, sonriendo—; y las más humildes suelen resultar las más interesantes. Esta tiene visos de ser una de esas enojosas invitaciones sociales que conminan a un hombre a aburrirse o a mentir.

Rompió el lacre y recorrió el contenido de una ojeada.

—¡Vaya, hombre! Puede que resulte de algún interés después de todo.

—¿No es de carácter social, entonces?

—No: netamente profesional.

—¿Y de un cliente de alcurnia?

—De uno de los más encumbrados de Inglaterra.

—Mi querido amigo: le felicito de corazón.

—Le aseguro, Watson, sin pizca de afectación, que la posición social de mi cliente me importa infinitamente menos que el interés de su causa. Cabe esperar, no obstante, que este nuevo enigma no carezca tampoco de incentivo. Ha estado usted leyendo con asiduidad la prensa últimamente, ¿verdad?

—Eso parece —respondí con una sonrisa compungida, señalando el rimero de periódicos del rincón—. No he tenido otra cosa que hacer.

—Es una suerte, pues tal vez pueda ponerme al corriente: yo no leo más que los sucesos criminales y la sección de anuncios personales. Esta última resulta siempre instructiva. Pero si ha seguido de cerca la actualidad habrá leído acerca de lord St. Simon y de su boda, supongo.

—¡Oh, sí! Con vivísimo interés.

—Eso está bien. La carta que sostengo en la mano es de lord St. Simon. Se la leeré y a cambio usted repasará esos pliegos y me facilitará cuanto guarde relación con el asunto. Dice así:

«MI ESTIMADO SEÑOR SHERLOCK HOLMES: Lord Backwater me asegura que puedo depositar una confianza ilimitada en su criterio y discreción. He resuelto, por consiguiente, acudir a visitarle y consultarle acerca del penosísimo suceso que ha ensombrecido mi enlace matrimonial. El señor Lestrade, de Scotland Yard, interviene ya en las diligencias; pero me garantiza que no halla inconveniente alguno en su colaboración e incluso estima que podría resultar de gran provecho. Me personaré a las cuatro de la tarde; y en caso de que tuviese algún otro compromiso a esa hora, confío en que tenga la amabilidad de posponerlo, dado que el asunto reviste una importancia capital. De usted atentamente,

—ROBERT ST. SIMON».

—Viene fechada en Grosvenor Mansions, escrita con pluma de ave y el noble lord ha tenido la desgracia de mancharse de tinta la yema de su dedo meñique derecho —observó Holmes mientras doblaba la misiva.

—Dice a las cuatro. Son las tres ahora: estará aquí dentro de una hora.

—Entonces dispongo del tiempo justo, con su concurso, para poner en claro la cuestión. Revuelva esos papeles y ordene los recortes cronológicamente, mientras yo le echo una ojeada a los antecedentes de nuestro cliente. —Escogió un volumen encuadernado en rojo de una hilera de libros de consulta que flanqueaban la chimenea—. Aquí lo tenemos —dijo, sentándose y alisándolo sobre las rodillas—: «Lord Robert Walsingham de Vere St. Simon, segundo hijo del duque de Balmoral». ¡Hum! «Armas: de azur, tres abrojos en jefe sobre faja de sable. Nacido en 1846». Cuenta cuarenta y un años de edad: madurito para casarse. Fue subsecretario de Colonias en una administración anterior. El duque, su padre, desempeñó en su día la secretaría de Asuntos Exteriores. Descienden de sangre Plantagenet por línea directa y de los Tudor por vía materna. ¡Ajá! Bueno: nada muy instructivo hay en todo esto. Creo que debo recurrir a usted, Watson, en busca de algo más enjundioso.

—Apenas tropezaré con dificultad para dar con lo que busca —dije yo—, pues los hechos son muy recientes y el asunto me pareció extraordinario en grado sumo. Temí mencionárselo, no obstante, sabiendo que traía entre manos otra investigación y que detesta las interferencias ajenas.

—¡Ah! Alude al asuntillo del furgón de muebles de Grosvenor Square. Eso ha quedado enteramente resuelto, aunque en verdad fue evidente desde el principio. Tenga la bondad de comunicarme el producto de su selección periodística.

—Aquí tiene la primera noticia que encuentro: figura en la sección de ecos de sociedad del Morning Post y data, según ve, de hace varias semanas: «Ha quedado concertado el enlace —reza—, y si el rumor no miente se celebrará muy en breve, entre lord Robert St. Simon, segundo hijo del duque de Balmoral, y la señorita Hatty Doran, hija única de don Aloysius Doran, hacendado de San Francisco, California, Estados Unidos». Eso es todo.

—Breve y al grano —observó Holmes, estirando sus largas y delgadas piernas hacia el fuego.

—Hubo un suelto que ampliaba la noticia en uno de los semanarios aristocráticos de esa misma semana. ¡Ah, aquí está!: «Muy pronto habrá que reclamar medidas de protección en el mercado matrimonial, pues el actual librecambismo parece perjudicar de forma alarmante a nuestro producto nacional. Una a una, las riendas de las ilustres casas de la Gran Bretaña van pasando a manos de nuestras bellas primas del otro lado del Atlántico. Una valiosa adición se ha sumado esta última semana a la lista de trofeos arrebatados por estas encantadoras invasoras: lord St. Simon, que se había mostrado inmune durante más de veinte años a las flechas del rapaz alado, ha anunciado formalmente su próximo matrimonio con la señorita Hatty Doran, la fascinante hija de un millonario californiano. La señorita Doran, cuya airosa silueta y llamativa hermosura suscitaron general admiración en las fiestas de Westbury House, es hija única y se rumorea insistentemente que su dote superará con creces las seis cifras, con halagüeñas perspectivas de futuro. Siendo un secreto a voces que el duque de Balmoral se ha visto en la necesidad de enajenar sus colecciones de pintura en los últimos años, y careciendo lord St. Simon de hacienda propia salvo la pequeña propiedad de Birchmoor, resulta evidente que la heredera californiana no es la única beneficiaria de una alianza que le permitirá dar el fácil y trillado salto de dama republicana a noble par de Inglaterra».

—¿Alguna otra cosa? —preguntó Holmes, bostezando.

—¡Oh, sí, mucho más! Luego figura otra gacetilla en el Morning Post anunciando que la boda se celebraría en la más estricta intimidad en St. George de Hanover Square, que solo concurriría media docena de amigos íntimos y que el cortejo regresaría a la mansión amueblada que don Aloysius Doran ha alquilado en Lancaster Gate. Dos días después —esto es, el miércoles último— aparece el breve parte de que el casamiento se había consumado y que los novios pasarían la luna de miel en la residencia de campo de lord Backwater, cerca de Petersfield. Esas son todas las reseñas publicadas con anterioridad a la desaparición de la novia.

—¿Con anterioridad a qué? —preguntó Holmes dando un respingo.

—A la evaporación de la dama.

—¿Y cuándo se esfumó, si puede saberse?

—En el banquete nupcial.

—¡Vaya, hombre! Esto resulta más interesante de lo que prometía: dramático en verdad.

—Sí: me pareció algo enteramente fuera de lo común.

—Suelen esfumarse antes de la ceremonia y en ocasiones durante el viaje de novios; pero no recuerdo nada tan fulminante como esto. Tenga la bondad de facilitarme los detalles.

—Le advierto que son sumamente incompletos.

—Quizá consigamos que lo sean un poco menos.

—Tales como son aparecen expuestos en un artículo de un diario de ayer por la mañana, que paso a leerle. Lleva por título: «Singular suceso en una boda aristocrática»:

«La familia de lord Robert St. Simon se ha visto sumida en la mayor consternación por los extraños y dolorosos episodios acaecidos con motivo de su casamiento. La ceremonia, de la que dimos sucinta cuenta en nuestra edición de ayer, tuvo lugar la mañana precedente; pero solo ahora ha sido posible confirmar los insistentes rumores que venían circulando. A despecho de los esfuerzos de sus allegados por silenciar lo ocurrido, la atención pública ha cobrado tal magnitud que de nada serviría aparentar ignorancia ante lo que ya constituye la comidilla general.

»El oficio religioso, celebrado en St. George de Hanover Square, revistió carácter sumamente reservado, no hallándose presentes más que el padre de la novia, don Aloysius Doran, la duquesa de Balmoral, lord Backwater, lord Eustace y lady Clara St. Simon (hermanos menores del novio) y lady Alicia Whittington. El cortejo se trasladó seguidamente a la residencia de don Aloysius Doran en Lancaster Gate, donde se hallaba dispuesto el almuerzo. Al parecer se produjo un pequeño alboroto provocado por una mujer cuyo nombre no ha trascendido, la cual intentó forzar la entrada tras el cortejo nupcial alegando que le asistían derechos sobre lord St. Simon. Solo tras un enojoso y prolongado forcejeo logró ser expulsada por el mayordomo y los lacayos. La novia, que por fortuna había penetrado en la vivienda antes del bochornoso incidente, se sentó a la mesa con los demás invitados cuando manifestó una súbita indisposición y se retiró a sus habitaciones. Habiendo suscitado extrañeza su tardanza, su padre subió en su busca, enterándose por la doncella de que solo había permanecido en la estancia un instante para coger un abrigo largo y un sombrero y bajar a escape hacia el pasillo. Uno de los criados declaró haber visto salir a una dama así ataviada, si bien rehusó creer que fuese su señora por figurarse que permanecía entre los comensales. Al cerciorarse de la fuga de su hija, el señor Doran y el novio dieron cuenta inmediata a la policía y se practican activas pesquisas que probablemente arrojarán rápida luz sobre este singularísimo suceso. Hasta bien entrada la noche, sin embargo, nada se sabía sobre el paradero de la dama. Circulan rumores de crimen y se asegura que la policía ha ordenado el arresto de la mujer causante del primer alboroto, bajo la presunción de que, por celos o por cualquier otro móvil, pueda hallarse implicada en la misteriosa desaparición de la novia».

—¿Y eso es todo?

—Solo un breve suelto en otro periódico matutino, pero encierra su miga.

—¿Y dice...?

—Que la señorita Flora Millar, la causante del alboroto, ha sido formalmente detenida. Al parecer fue en su día bailarina en el Allegro y conocía al novio desde hacía algunos años. No hay más detalles y el caso queda enteramente en sus manos: al menos tal como lo ha recogido la prensa.

—Y parece constituir un caso de extraordinario interés: no me lo perdería por nada de este mundo. Pero suena la campanilla, Watson, y como el reloj marca unos minutos después de las cuatro, no me cabe duda de que se trata de nuestro aristocrático cliente. Ni sueñe con marcharse, Watson: prefiero con mucho tener un testigo, siquiera sea para refrescar mi propia memoria.

«Lord Robert St. Simon» —anunció nuestro botones, abriendo la puerta de par en par. Entró un caballero de semblante agradable y distinguido, pálido y de nariz aguileña, con cierto rictus de petulancia en los labios y con la mirada firme y franca del hombre a quien siempre cupo la grata suerte de mandar y de ser obedecido. Su porte era ágil y, con todo, su aspecto general transmitía una engañosa impresión de vejez, pues caminaba con una leve inclinación hacia delante y doblando ligeramente las rodillas al andar. Su cabello, al quitarse el sombrero de alas muy curvadas, clareaba en la coronilla y peinaba canas en las sienes. En cuanto a su indumentaria, rayaba en la coquetería: cuello alto almidonado, levita negra, chaleco blanco, guantes amarillos, botines de charol y polainas claras. Avanzó despacio hacia el centro de la estancia, volviendo la cabeza a izquierda y derecha y volteando con la mano derecha el cordoncillo de sus quevedos de oro.

Fin del Episodio 36 · de 47

El aristócrata solterón · I

Siguiente Episodio 37~11 minEl aristócrata solterón · II“—Buenas tardes, lord St. Simon —dijo Holmes, levantándose e inclinándose cortésmente.”Seguir leyendo
Comparte esta experiencia literaria

¿Te cautivó este episodio?

Invita a otros lectores o comparte una tarjeta de cita estética con tus reflexiones.